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Aurelio F. Concheso: Riesgo país dificulta las inversiones en Venezuela

 

Cuando algún día un gobierno venezolano tome las medidas de reforma monetaria requeridas para salir del foso en que la han sumido políticas económicas erradas, el país va a necesitar ingentes sumas de inversión y financiamiento para recuperar su aparato productivo.

Una parte, la menor, tal vez venga de préstamos multilaterales o “gobierno a gobierno”. Tanto esos préstamos privilegiados, como las aportadas por inversionistas nacionales o extranjeros de manera directa -o a través de fondos de inversión- solo vendrán si Venezuela mejora sustancialmente la percepción de “riesgo país” con el que ahora la ven.

En un mundo globalizado, los inversionistas tienen una gran cantidad de informaciones sobre a cuál basar sus decisiones. La primera medida es el riesgo país. Es decir, cuanto más seguro o riesgoso es invertir en el país X, en vez de su vecino país Y. Obviamente si el riesgo es mucho más elevado del que se les asigna a países con los que competimos, habrá poco chance de que las inversiones fluyan hacia acá. En esto no valen los lugares comunes, como “somos víctimas de la guerra económica”, “nos quieren robar la riqueza” o “las evaluadoras de riesgo son un brazo del Imperio”.

Una de las evaluadoras más prestigiosa, y cuya evaluación abarca el mayor número de países, es COFACE, ente de origen francés que evalúa y asegura los riesgos comerciales cuando alguien exporta y extiende crédito comercial a empresarios en un país recóndito. COFACE evalúa el riesgo de 160 países y clasifica el mismo desde A, con cuatro casillas, siguiendo por B, hasta el fondo del barril, riesgo E. ¿Dónde creen que se encuentra Venezuela en la evaluación de 2017?

Para ese año, en el Continente sólo había un país con riesgo A2; Estados Unidos, lo siguen con riesgo A3 Canadá y Chile, y acto seguido con A4 Colombia, Panamá, Perú y Uruguay. De ahí en adelante, en riesgo B están Argentina, Brasil, Costa Rica y República Dominicana. En C, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Trinidad.  Y en D, ya cerca del foso, Guyana, Haití y Surinam. ¿Los únicos en clasificación E?: adivinaron: Cuba y Venezuela.  Curiosamente, el hermano Evo, y demás beneficiarios de la magnánima política de subsidios petroleros, están mejor clasificados que los proveedores de eso reales perdidos.

A nivel mundial, no existe ningún país E ni en Europa, ni en la CSIS de la ex Unión Soviética. En Asia, solo hay dos, Afganistán y Timor. Esta última difícil de encontrar en cualquier mapa. En África, Continente al que antes se referían con sorna algunos opinadores de oficio nacionales cuando hablaban de “africanización”, solo están Burundi, Eritrea, Sudán, Mozambique y Zimbawe. Y en el medio Oriente, zona bélica por excelencia, Siria, Iraq, Irán y Yemen.

En total, tan sólo 13 de los 160 países, padecemos el estigma de estar en clasificación E.

La pregunta es: ¿cómo se sale del foso y se empieza a recuperar credibilidad? La respuesta sencilla salta a la vista: implementando políticas macroeconómicas sensatas y sostenibles, mientras se garantiza el Imperio de la Ley y la transparencia en la publicación de las cuentas públicas que todo inversionista espera de un país serio.

Ese objetivo debería ser un esfuerzo nacional, sin distingos de signo político, Pero, además, que incorpore no sólo al empresariado, sino también a los trabajadores y a los ciudadanos en general, para que internalicen lo vulnerables que somos al estancamiento, cuando nuestro vecino de tamaño relativo comparable, como es el caso de Colombia y de Perú, son vistos como riesgo A (4), mientras que nosotros estamos donde estamos.

Piense bien amigo lector y radioescucha: mientras esa situación se prolongue, ¿hacia dónde cree Usted que van a fluir las inversiones?

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