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La bebida en Venezuela y su historia (III), por Miro Popic

 

No todo el que se rasca es porque le pica, al menos no en Venezuela. Nos estamos refiriendo a rasca como efecto de emborracharse, término aceptado por la Real Academia Española atribuido al hablar venezolano. Rosenblat dice que no es privativa de Venezuela y que es común a buena parte de Hispanoamérica, se encuentra incluso en las islas Canarias, en Galicia y Asturias, a donde debe haber llegado llevada por los indianos.

Probablemente la palabra borrachera y sus aproximaciones sea la de mayor riqueza expresiva en cualquier lengua. Además, está en constante evolución. Rosenblat se asombra de que en francés, en L’argot du milieu, de Lacassagne y Devaux, aparecen sesenta expresiones del francés popular para significar borracho, pero no menciona que en su libro Buenas y malas palabras, cita más de cien en el hablar venezolano. El Diccionario de venezolanismos la define como borrachera o embriaguez y entre las referencias más antiguas cita un poema aparecido en La abeja, del 28 de diciembre de 1858, donde se lee “O me iré por esas calles   / Tras de los cien mil rascados, / De chamarra, encasacados?… / Rasca es rasca, sin ver quién…”.

Si la riqueza verbal es una de las grandes virtudes de una lengua y de una colectividad, nosotros no nos quedamos malparados, escribe Ángel Rosenblat, y cita una larga lista de expresiones, muchas de ellas ya superadas en el tiempo y otras que permanecen en el recuerdo y el uso, relativas a las más diversas situaciones de todo tipo. Hay más de cincuenta publicaciones realizadas por investigadores del idioma que tocan el tema del licor y la embriaguez, desde las más académicas a las simplemente populares, empezando en 1859 con el Diccionario Indio-hispano de Miguel Carmona, aparecido en varias ediciones de El Monitor Industrial, de Caracas, hasta el imprescindible Diccionario histórico del Español en Venezuela, de Francisco Javier Pérez, editado por la Fundación Polar en 2011.

Imposible citar tanto material bien documentado, riguroso, y resulta difícil hacer una selección que abarque todas las variables. Uno se sorprende ante tanta imaginación, como aquella de “bebamos rápido, antes de que nos rasquemos”. Jocosas y burlonas, descriptivas y sentidas, ellas sirven para captar la chispa de un pueblo que las ha inventado o aceptado de otras regiones, convirtiéndolas en memoria colectiva perdurable más allá de modas y tendencias. Cuántas veces nosotros mismos hemos mencionado que fulano de tal “tiene una rasca del otro mundo” o lo hemos comparado diciendo que “está más rascado que …” cualquier cosa que nos parezca enorme. Quién no se ha reído ante aquel que le preguntan por su estado civil y raudamente responde: “rascado”. A lo que la esposa señala que su marido es una persona seria ya que “no se rasca más que los fines de semana y días de fiesta”. Mientras de otro se dice que “está rascao un día sí y otro también”, seguramente porque “empata la rasca del lunes con la del sábado”.

Todo el que se rasca es porque algo le pica y es en esta acción donde nuestro filólogo mayor Ángel Rosenblat comienza a desentrañar los orígenes del uso del término en relación con la ingesta de alcohol. Califica de enigmática la relación que hay entre la inocente afición a rascarse la piel con la aún más inocente de emborracharse. Cita el hecho de que en España se dice a veces del que está achispado pero sin llegar a la borrachera que “está algo picado”. De ahí que, según Rosenblat, “el paso de picarse a rascarse es muy fácil de explicar, por sustitución”, ya que se trata de términos que aparecen o actúan conjuntamente y aunque lo tradicional era picarse, con valor de ponerse alegre, fue sustituido por rascarse hace más de un siglo.

Llámese como se llame, donde quiera que sea, la verdad es que nadie se escapa al día siguiente de la consecuente resaca que solo en Venezuela se conoce como ratón. (Continuará).

 

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