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Rafael del Naranco: Un compañero de insomnio

 

Sobre la mesita de noche del tálamo en que duermo,  tengo dos obras de Joseph Roth: “Job” y “La marcha de Radetzky”. Cada una de ellas son excepcionales amigos de la noche de igual forma que “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar y “La piel” de Curzio Malaparte. No forman ellos indudablemente   los únicos libros del catre y, aún así, encarnan la figura de  unos cómplices fieles.

Para los hombres de mi generación, construidos de limaduras y abatido desasosiego, los de la  segunda posguerra mundial  europea, el estraperlo y los caminos tortuosos de la emigración, Roth era el personaje contador de historias en las cuales nos apoyábamos para sobrevivir, puesto que nadie debe poner en duda que este ruso nacido en Galitza, de padre austriaco y madre rusa, ha sido el autor de las más fascinantes historias de la literatura europea  del siglo pasado, el mismo que se perdió por los vericuetos de la infinitud del alcohol.

“Job” es un relato preñado de clímax desde la primera sílaba a la última. Su comienzo siempre nos ha parecido extraordinario debido a su sencillez y claridad,  al contar una historia de la misma forma en que lo pudiera haber hecho el viejo abuelo al calor de la lumbre, en una de esas interminables noches del invierno ruso. Comienza así:

“Hace muchos años vivía en Zuchnow un hombre llamado Mandel Singer. Era piadoso, temeroso de Dios y muy sencillo: un judío común, corriente,  que ejercía la modesta profesión de maestro. En su casa, que se reducía toda ella a una amplia cocina, enseñaba la Biblia a un grupo de niños. Lo hacía con verdadero celo, pero sin notables resultados. Antes que él, miles de hombres habían vivido y enseñado de la misma manera.”

Evoco ahora con las primeras luces de la madrugada y después de volver a cerrar, como en tantas otras ocasiones, esas páginas admirables, lo expresado por un amigo un día en Viena estando de paso hacia Belgrado. El acompañante de viaje, profesor de literatura europea del siglo XX en la universidad de Timisoara, Rumania, era un incondicional de Roth.

A él le parecía extraño que el escritor no estuviera en la lista de los libros de autores judíos que conmovieron al mundo, y con una sapiencia admirable nos recordó “El hombrecillo de los gansos” de Jacob Wassermann; “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, las sensibles páginas de Stefan Zweig; “La muerte de un viajante”, del enamoradizo Arthur Miller con esa expiración tan cercan que me ha taladrado tanto como la de Susan Sontag; “Oscuridad al mediodía”, el relato de las injusticias de Arthur Koestier tan admirables como el “Diario de Anna Frank”, y para no seguir haciendo la lista inmensa,  “El esclavo” de Isaac Bashevis Singer.

Es cierto lo  apuntado por  el amigo de Timisoara, y aún así, cada uno de nosotros busca en la literatura aquello que más le acerca uno mismo, siendo esa la causa  que hoy  halla vuelto a desahogarme de mis dudas, aprensiones y ardores interiores.

Debo confesarlo: ya he comenzado a escribir para la bruma de la remembranza escondida en la comisura de la piel envejecida.

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