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Corredores en la esquina de San Francisco; Por Milagros Socorro

De izquierda a derecha: Santiago Ollarves “Kuiman”, José María Rivas, Remberto Bruzual, Víctor Borges (Puyita), José Manuel Velutini, Mario Esteves (Venado), Carlos Franklin y Juan Vallés (Pichin). Foto: Jaime Albánez. Archivo Fotografía Urbana

 

Divulgo las imágenes a través de las redes sociales como quien arroja al mar un mensaje en una botella. Muchas veces nadie responde. Es como si la foto no conectara con nadie, como si las personas allí retratadas no tuvieran quien las recuerde. En algunas ocasiones me dan información valiosísima acerca de las personas que aparecen allí, de la relación que había entre ellas o del fotógrafo que captó el momento. Pero, por lo general, tengo que esperar por las respuestas.

En esta ocasión fue diferente. Puse esta foto en Twitter y al día siguiente tenía un mensaje en mi buzón de correo. “Esa foto estaba en mi casa”, me dice la amable corresponsal. “El negativo se encuentra en manos de Carlos Oteyza, a quien nosotras, las hijas de Jaime Albánez, cedimos todo el archivo de mi papá”.

La copia en mis manos es del Archivo Fotografía Urbana y la amiga que me escribe es Teresa Albánez, la abogada especializada en Derecho Público, ex ministra de la Familia (segundo mandato de Pérez), que en 2012 presidió la Comisión Electoral de Primarias de la oposición. No es persona que se prodigue, por eso aprecio doblemente su gesto.

Y añade Teresa, la hija del fotógrafo Jaime Albánez, autor de esta foto: “El dandy tercero de derecha a izquierda, con sombrero de pajarita y zapatos de dos tonos, es Mario Estévez, apodado ‘El venado’ por su agilidad en los negocios. Estuvo casado con mi tía Isabel Barnola, hermana de mi mamá, Carmen Barnola”.

En el envés de la foto pone: “Grupo de corredores en la esquina de San Francisco. Caracas, 1940. De derecha a izquierda: Juan Vallés (Pichin), Carlos Franklin, Mario Esteves (el Venado), José Manuel Velutini, Víctor Borges (Puyita), Remberto Bruzual, José María Rivas y el popular Kuiman (ex boxeador e hípico) Santiago Ollarves”.

También aparece la firma de Albánez. De resto, sabemos muy poco. Da la impresión de que estos hombres salieron a la fachada de la Bolsa con el fin de posar para Albánez. El hecho es que, con la excepción de Juan Vallés y del caballero recostado en el poste, todos miran a la cámara. Se descarta que se trata de un disparo de sorpresa.

La luz parece de mediodía, de manera que es posible que se hayan congregado para ir a almorzar. Se les ve muy cómodos, no solo en su mutua compañía, sino en la calle, que aquí aparece como un espacio familiar y proclive al azar amable. Deslumbran las pulcras aceras de una ciudad provinciana, donde las vitrinas de las tiendas rebosan de mercadería.

La foto es de 1940. Estos corredores tienen larga tradición, puesto que la

la Bolsa de Valores de Caracas data de la Colonia. Fue fundada en 1805 en una casa que pertenecía a Bárbara Blanco, en la esquina de Sociedad, frente al convento de San Francisco.

La historia de la esquina de San Francisco fue muy bien narrada por Carmen Clemente Travieso, quien nos dice que allí “existió la Editorial y Librería de Rojas Hermanos (don Arístides y don José María), que después heredaron sus sobrinos, los célebres Carranza-Rojas, editores del Almanaque que tiene casi un centenar de años de vida”.

“Allí estuvo reunida –sigue la periodista –la célebre tertulia literaria y científica de don Rafael Villavivencio, el sabio Enrst, los hermanos Calcaño, don Felipe Tejera, Marco Antonio Saluzzo, el doctor Víctor Zerpa, el general Pedro Arismendi Brito y los Núñez de Cáceres, polígrafos y políglotas”.

“Más tarde apareció en la esquina el botiquín de San Francisco, de los españoles Juan y Antonio Armada, el cual se convirtió en el sitio de reunión de los hombres de negocios, cenáculos literarios y abrevadero de ‘parlamentarios mudos’, que iban allí a vociferar lo que se callaban en las cámaras”. La esquina de San Francisco, concluye Carmen Clemente Travieso, es conocida desde entonces como “La Bolsa de Caracas”.

Este grupo es, pues, uno de los muchos que por generaciones se dieron cita allí con sus sombreros y esa confianza en el porvenir que nos hace temblar por dentro.

 

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