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Víctor Maldonado: Las garras de Ortega

 

La franquicia del socialismo del siglo XXI tiene entre sus ejecutores más crueles a Daniel Ortega. En un país asolado por la memoria tenebrosa de una guerra civil cuyos impactos todavía se sufren en el imaginario colectivo, el tener que soportar un gobierno dirigido por uno de sus protagonistas más conspicuos es parte de una amenaza siniestra que lamentablemente se está volviendo una inhumana realidad. El presidente de Nicaragua no tiene ningún pudor con el crimen, el asesinato, el exterminio de la disidencia y el quiebre de las instituciones republicanas. Él dirige una banda de mafiosos y políticos inescrupulosos que se han cebado en el poder que solo usan para enriquecerse.

Un asesinato político cada seis horas es el alevoso inventario que ha acumulado el régimen desde que sus ciudadanos salieron a la calle y decidieron protestar por el derrumbe de las condiciones económicas y el quiebre del pacto populista que por muchos años fue alentado gracias al flujo de recursos proveniente de Venezuela. En la rebatiña que saqueó a nuestro país más de 7.000 millones de dólares fueron entregados directamente a la cúpula gobernante para que los usara a conveniencia. Esos recursos que ahora les faltan a los venezolanos que mueren de hambre o de enfermedades controlables si tuvieran a mano la medicina y los equipos apropiados, fueron otorgados dentro de la gran conspiración que se organizó alrededor del socialismo del siglo XXI.

No se puede ocultar el comportamiento vil de algunas instituciones. En caso de los empresarios debería ser un caso de estudio sobre lo que no se debe hacer. Lo cierto es que se insertaron en la pugna por la renta distributiva mediante un pacto siniestro. Comenzaron a cultivar un vergonzoso “capitalismo de compinches” con el cual le concedieron a la experiencia socialista nicaragüense años de paz y silencio. Se dividieron las tareas e intercambiaron compromisos de impunidad. Acceso a dinero y negocios mientras no se metieran en política. Hay mucho que revisar en esa ética del empresariado latinoamericano que parece sufrir de una inquietante incapacidad para apreciar la realidad hasta que es demasiado tarde. Algo de esa sangre inocente está en sus manos.

Las garras de Ortega son afiladas como las de una bestia. No tiene remilgos en practicar el exterminio de sus adversarios, sean estos políticos disidentes o luchadores por la libertad y defensores de los derechos humanos. Recientemente tuve la oportunidad de encontrarme con una de sus víctimas. Me refiero a Félix Maradiaga, director del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas de Nicaragua, de orientación liberal. En el transcurso de un foro que compartimos en Costa Rica, y luego a lo largo de una conversación privada pude apreciar la saña con la que son tratados los ciudadanos que se rebelan. En su caso, a pesar del sólido discurso de no violencia, sus denuncias sobre lo inaceptable de los crímenes de estado y el acompañamiento valiente que ha practicado en tiempos de protesta cívica, lo han convertido en un objetivo del régimen. Su esposa y sus hijos tuvieron que salir del país. Su casa permanece rodeada de grupos paramilitares que exhiben armas, ganas de matar y mucha impunidad. Él mismo ha sido dos veces víctima de atentados, afortunadamente frustrados. Los ahorros personales ahora están disolviéndose en proporcionarse algo de justicia y de seguridad personal. Pero se resiste a irse. Está en Nicaragua dispuesto a correr la suerte de muchos de sus compatriotas que están sufriendo la calamidad de la represión.

El régimen de Daniel Ortega se vale de francotiradores que suben a edificios y casas colocadas en cimas para desde allí, cobardemente resguardados, masacrar a gente indefensa. Cuando los ciudadanos se niegan a colaborar, como fue el caso del pastor Oscar Velázquez Pavón, esos grupos fuertemente armados y dotados de la más absoluta arbitrariedad cometen crímenes atroces. En el caso al que nos referimos, el religioso y su familia fueron quemados dentro de su casa, incluidos tres niños. Desesperados intentaron escapar del incendio, sin embargo, las turbas apuntaban desde afuera con AK-47 disparando para que no se salieran, hasta que vieron la casa destruida por el fuego.

La barbarie no tiene límites. Y si algo ha demostrado la franquicia del socialismo del siglo XXI es que el salvajismo con el que maneja el conflicto social no tiene ni reglas del juego ni un ápice de humanidad. Félix Maradiaga es un ciudadano de la libertad, valiente y entregado a su destino. Porque no va a abandonar la causa, ni tampoco va a abandonar su país. Ortega tiene en él, y en tantos como él la frontera contra la que su proyecto insano se va a estrellar tarde o temprano.

Lo verdaderamente asombroso es que Félix es un ciudadano común. Un buen patriota, entregado a la causa de la libertad y la decencia política. Que no tiene otra aspiración que ver a su país estable, próspero y ajeno a la violencia de una tiranía. Un héroe discreto que, eso sí, anda resteado, y que no se va a dejar vencer. Coincidimos en la tragedia de tener que narrar la suerte y condición de dos países asolados por el mismo vendaval. Y también en el abrazo fecundo de la esperanza. Los malos tiempos no duran para siempre, y estoy seguro que la tiranía del sanguinario Ortega está en sus estertores finales.

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