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Rafael del Naranco: Pinos y enebros

 

Sentado sobre la playa de Malvarrosa en la costanera mediterránea de Valencia – en la que he dicho al lector venezolano en algunas columnas que moro más que vivo –  mientras el cercano lentisco, alguna pequeña encima y dos gavilanes  van volando hacia la Albufera a esconderse entre cañas y barro, se nos va la tarde.

Una brisa   suave mueve las ramas del pino carrasco, en esta  tierra  de pinares y palmitos.  También del duro  enebro.

Entre las dunas de El Saler, saltando sobre espesos juncales, nidos  de ánades, patos y cercetas de la laguna cercana, uno supo que las mujeres hermosas renacen en los últimos días de marzo y desaparecen,  cual baja niebla, a finales de agosto o en la primera semana de septiembre. ¿Y adónde van?

Nadie lo supo, pero igual que los patos de la laguna y los almendros en flor, regresan cada año con la primavera. Son los inexorables ciclos del amor, esos hádelos permanentemente cambiantes protegidos de Neptuno y escondidos por Minerva.

Jugábamos por ese tiempo a ser hombres fogosamente querendones, pero con  miedo de que todo fuera un sueño y se volviera ceniza. Y el mar, vigilante y cómplice de cada una de esas embestidas, nos miraba estoicamente por  detrás de  los cañaverales.

La poesía  no era a la sazón un arte en el sentido de la palabra, sino un ramalazo del alma, un hervir de la sangre, una forma de trasformar la saliva desde el fondo de las entrañas y amasar con ella palabras tan  potentes como la luz y las noches cerradas en lluvia.

Entremezclábamos  gritos sin miedo – éste llegaría después y nos destrozaría a zarpazos – para probarnos a nosotros mismos y sentir la sangre correr con la furia desbocada de  una catarata sin retorno. José Hierro el poeta de nuestros desahogos, nos lo predijo:

“No fue jamás mejor aquello. / Esto de ahora es doloroso; / pero el dolor nos hace hombres / y ya ninguno estamos solos. / Alto fue el precio que pagamos: / miseria y llanto en los ojos, / nuestros mejores años verdes / y nuestros sueños más hermosos.”

Y entre los arenales una copla, arrancada a Rafael de León, se hacía pena honda retumbada en  querencia furtiva:

“¿De dónde vienes tan tarde, /  dime, di, de dónde vienes? / ­ ¡Vengo de ver unos ojos  verdes, como el trigo verde!”.

Los dos poetas tenían sapiencia, pero cuando lo supinos ya era tarde. Habíamos  subido al último tranvía de Malvarrosa. Partía como el olvido, siempre en hora,  desde el casco viejo de Valencia, la ciudad de la flor de azahar, a la playa de las querencias furtivas.

Ella, a pie de rompientes olas, nos dejaba  frente a la inmensidad de ese lago que bañaba  las costas de Capri, Sicilia, Creta y los arenales de Trípoli  infinitamente desguarnecidos.

Y es que en esa carroza de hojalata sobre rieles, pintada de amarillo, nos sentíamos igual a peces en la profundidad del mare nostrum.

Luego, al volver años después de todo aquello, y sentado de nuevo frente a ese piélago de agua salada, nos damos cuenta que cuanto  más larga es la vida con más ahínco solemos encontrar entre nuestra piel vientos desconocidos; hay tantos como corrientes oceánicas. Algunos tienen nombres eternos: levante, alisio, bora, tramontana o mistral, y siempre moviéndose en  zonas de altas o bajas presiones atmosféricas.

Son esos céfiros, igual a nuestra alma, presencia viva de corrientes bruscas, remolinos o tormentas abrumadoras.

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