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Jonatan Alzuru Aponte: Caracas, tripas y llanto

 

Caracas, noche insomne. De un país según Cabrujas; es la carretera que de niño transitaba para bañarme en Los Caracas con frailejones a medio andar a la orilla del Tisure; son dos veredas donde dejé el asma en un costado en el Festival 67.  Solía pasear por la perrera antes de comer naranjas en el Bosque Escolar donde crecían los pinos como aguaceros; allí, justo al lado, donde las carreras movían los sueños entre cervezas y rones aladas por caballos.  Caracas es Celia Cruz en el poliedro, los amigos invisibles, los que cantan y el que contaba historias aburridas que me aprendía de memoria para impresionar a los amigos. Es la comprensión precisa de unos zapatos roídos dibujados a diario por Don Pedro León quien bañó de humor a los delfines que solían trepar las enredaderas de Margarita. Caracas es la novia que no tuve, dos hijos y una marusa que se fue tras los ojos de aquella niña que solía sentarse en el pupitre, calladita y en silencio, marcando la vida con su apellido. Son los libros que quedaron huérfanos en aquel Fe y Alegría donde aprendí las primeras letras de la vida. Caracas es un túnel del Cementerio al Paraíso.  Es la noche de bares amenizados por Justo Brito y Juan Tabares, en el canto hermoso del viejo Máximo el compadre de mi padre y, también, para más señas, el tío que me enseñó que Séneca y Neruda eran importantes. No es el Central Park, sino el Parque Central de la inocencia, donde escuché un zumbido de quitiplá que me abrió la boca en pleno Centro del Silencio. Fue en el Santo Domingo donde los payasos Chachito, Tapirolo, Chepito y Traviesín se colgaron de las nubes para hacer reír a la tristeza; yo jugaba a los columpios en unas residencias donde todos éramos históricos, porque el terremoto marcaba nuestro inicio como comunidad, siempre eterna y diferente. Caracas es Tráfico y Guaire. Ríos, carros y poetas. Yo aquel año dormí con Halley, viendo un extraño pesebre como un laberinto equivocado tramado de luces indispuestas, a los pies del manto que a finales del siglo lavó el estiércol, los sueños y un fractal de belleza de la ciudad, como anunciando el sufrimiento del siguiente; del otro lado, se veían barcos asustados, era de noche y las estrellas poblaban los sonidos de la Colina con Yordano, Frank Quintero y el señor Chester; la Billos era de la vieja, pero qué sabroso era en diciembre. Las mejores hallacas las hace mi mamá, el viejo truco que aprendí para probarlas todas, como quien juega una y otra vez la lotería. No estudié en el Andrés Bello, porque el Pedro Emilio Coll era suficiente. De pronto cerré los ojos y estaba bajo los móviles de Calder quien se sentían sonrientes junto a La Cultura, La Ciencia y el Pastor de Nubes. Recuerdo el olor de Los Chaguaramos, las guacamayas y las Grandes Ligas. La carne mechada con queso amarillo y el jugo de mandarina, a las tres de la mañana, era una costumbre heredada. En esa inmensidad le gritaba al Oh Gran Sol, porque así me lo dijo la película, La Empresa Perdona un Momento de Locura y Sabana Grande Siempre es de Día. En aquella ciudad comprendí la vejez porque Adriano González León escribió un libro. Nunca supe jugar bien el ajedrez, pero el viejo Felipe Herrera me enseñó de tableros siendo un niño, por eso empecé a saltar la Rayuela que también es Caracas, porque el jazz y los bongós no tenían descanso ni en Coche ni en San Agustín del Sur. Caracas es un papagayo en el Parque del Este que extiende sus alforjas en los dientes de leche de mis alucinaciones.  Caracas es un reloj torcido en medio de una plaza que mira de reojo a los cuadros de Cabré que dejaron la trementina y el lienzo y se hicieron vida en aquel cerro. Yo la caminaba con mi mochila zanqueando obra tras obra en aquellos tiempos de teatros en las calles. Yo crecí creyendo que la democracia era un Caracas Magallanes, con romerías y pitos donde la juerga de una calle a otra se vestía de naranja y amarillo.  Después me enteré que la vaina era compleja y corrupción también había, las piedras y las bombas, los días jueves, era un ritual que divertía, casi tanto como las cátedras de los lunes, quizás por eso un señor decía que éramos una generación boba, tal vez porque el Ché era una carita para guindarse con sandalias de cuero y ropa ancha, paz, amor y marihuana como retazos de los sesenta. Caracas era una telenovela llena de mises, con la burla permanente de una Radio Rochela siguiente. Yo conocí el tango en Caracas, siendo un chamo, porque Pío Miranda me lo dijo, ese día me comí dos hallaquitas de maíz con chicharrón porque era importante aquello de la identidad. Caracas era una lengua como el Metro que se movía en otra ciudad y en otro tiempo, porque en el subterráneo parecía encenderse la modernidad que se truncaba en las calles y avenidas. Caracas es una mujer desnuda, una diosa, cabalgando a una danta en plena autopista. ¿Caracas? Está en mis tripas y en mi llanto.

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