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Efraín Valenzuela: Y desde entonces, allí Rafael

 

El recordatorio siempre convoca, emplaza, a veces increpa, pero como andas y desandas entre cantos de salves y clarinetes, tu siembra se arrojó entre el paisaje con los colores de los tiempos de entonces y los arpegios de ahora. El pueblo, sabio y paciente, celebra tus versos como un  juglar de la revuelta y un bardo trovador del compromiso.   Quimeras y fantasías significan la concreción de lo cotidianamente maravilloso. De esa manera, heredamos tu enseñanza que nos quedo en el costado de la existencia. La canción debe tener un solo perfil: la solidaridad con el ser humano, afirmabas con contundente combate.

Así dejaste ese saldo en el alma colectiva, repartida en pedazos de júbilo, victorioso de acordes por la vida, de pura armonía irreverente. Te pareces al colibrí del Maestro Pietro. Te expropiaste el polen popular. La Patria supo de tu musicalidad militante acorde con aquellas infinitas quimeras de entonces y de todos los tiempos. Loaste la lucha de esta gran humanidad doliente, cada día asaltando con afines precisos, de puntería certera al alma colectiva. La oniria de esa celebración, invocación permanente, no ha sabido extraviarse. Un traste de transito humano permanente se ha convertido en camino ineludible.

Ahora se cumplirían tu montón de batallas, tu montón de versos, diversos y profusos; tu montón de cantos y rimas desbordadas y canta y más y más canto porque tiene(s) la sonoridad del río, del viento. Rememorar tú siempre es también un asunto de acordes milenarios, armonías de equilibrio, hermano, equilibrio, breves e imperecederas elocuencias que saben de una piel que huele a caramelo. Quizás, Elí sería tu nombre de bautizo, pero el de Alí, el dictado de la inmensa acometida, fluvial, arbórea. En todas las batallas tus versos se hacen traste realengo, nota musical disipada, escaramuza de coros cotidianos y reyerta de rimas insolentes. Un perfecto equilibrio desordenado de canto y del tiempo, de transito permanente y combate caudal, se asoma a una madrugada disipada, que sabe transitar por una acera insolente, recorrer carreteras de agua trashumante, de autopista con algo de silencio. Tu guitarra, crisol del todavía perfecto,  aprendió a no sucumbir a la memoria; aprendió del disparo sereno de la estrofa disipada.  Un amor declarado a desparpajo limpio te hizo declamar Los Hijos Infinitos. Padre Cantor, hay algo en ti de primavera archivada. Pero no hay duda, camarada panita, esta nostalgia nuestra también tiene su alegre arrechera. Una rapsodia de tus poemas deambulan esquinas, escenarios y calles desprendidas del alma. Además de ser el militante de los sueños; eres también el militante de los conjuros.

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