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El otro grupo de poder que también puede conspirar contra Nicolás Maduro

 

Los ricos que crecieron al calor del régimen de Hugo Chávez necesitan flujo de divisas para mantener el estatus. El dato central es uno: Petróleos de Venezuela está a punto de entrar en cierre técnico. Los informes extraoficiales apuntan a que la producción diaria no sobrepasa los 1,3 millones de barriles diarios, con exportaciones netas de un millón de barriles, a lo cual hay que restar obligatoriamente los envíos a China y a las islas del Caribe. En verdad, de contado, Pdvsa solamente es capaz de generar flujo de caja con poco más de 400 mil barriles exportados, irónicamente, a los Estados Unidos.

Danny Leguízamo

Mientras Rafael Ramírez -expresidente de la estatal petrolera, hoy purgado por Nicolás Maduro y en el exilio- sigue revelando datos importantes sobre la situación real de la industria, el actual presidente, Manuel Quevedo, ha convocado una misa para pedir por la recuperación de la producción de crudo, al tiempo que Nicolás Maduro prefiere continuar encerrado en el discurso de la quimérica guerra económica que no compran ni en la base del Psuv, su propio partido, el cual está próximo a celebrar su IV Congreso, en medio de voces críticas como la de Jesús Faría que exigen rectificación del rumbo económico, con unificación y liberación del control de cambio incluidos; es decir, un “gran viraje” que de suyo admite el fracaso del modelo actual.

Y en medio de la crisis, Diosdado Cabello emerge como presidente de la “originaria” Asamblea Nacional Constituyente, órgano al cual, en teoría, debería subordinarse Nicolás Maduro. Se sabe que Cabello quiere la presidencia de la República. Se sabe que por pactos del poder, le correspondía ser candidato en 2018. Lo hemos reiterado en El Cooperante y lo ha ratificado la Fiscal Luisa Ortega Díaz, quien ya disparó un misil de larguísimo alcance al revelar -mejor dicho, confirmar- lo que era un secreto a voces: que Hugo Chávez no murió en marzo de 2013, sino en diciembre de 2012 y en Cuba, multiplicando de manera exponencial las dudas sobre la legalidad de origen de la presidencia de Maduro, cuyo grupo de poder conspiró para que fuera el personaje ungido por Chávez y no Cabello. O Ramírez.

Entonces resulta que a Cabello le piden rectificación del rumbo. Lo señalan como el escogido aquellas voces críticas que señalamos en el primer párrafo de esta nota. Los reflectores apuntan a su figura, muy mediática y siempre en el ojo del huracán. Por más que Cabello insista en la unidad, ya es tarea inútil ocultar su rivalidad por el control del poder con Maduro. También hay descontento en la Fuerza Armada. Y las protestas y huelgas en varias ciudades del país no cesan, con escasez crónica de efectivo, medicinas y una elevada hiperinflación. La tragedia es grande. ¿Podrá manejar el régimen la expansión de la crisis para los próximos seis meses? ¿Con qué métodos? ¿Con un plan al estilo Período Especial de Cuba? ¿Quién puede asegurar que no ocurra una explosión social? Y si ocurre: ¿Quién garantiza el rumbo que pudiera tomar el estallido?

Volvemos al punto de partida: la crisis y el descontento. La crisis es de tal magnitud, que hace prácticamente inviable la suspervivencia de la boliburguesía. Acabada Pdvsa, no habrá dólares frescos ni negocios a la vista. Y se sabe, a ningún grupo económico le conviene la debacle, pues con ella, se perderían todas las prebendas que han acumulado desde 1999.

Quizás, el otro enemigo de Maduro no está en la Fuerza Armada ni dentro de los muros del Palacio Federal Legislativo. De repente, es la propia boliburguesía la que pretenda atar cabos para procurar el desplazamiento de la cúpula madurista. Pero no para producir la ascensión de un opositor, sino para procurar la subsistencia con otro grupo del chavismo que sí quiera un viraje en lo sucesivo. Poder económico y poder político. Lo demás es historia.

 

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