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Los retratados de octubre

 

Hanna Arendt llama la atención sobre la necesidad de seguir la pista de las clarinadas que anuncian posibilidades de mudanza en la vida de los seres humanos. Dice que, como profesional, le ha interesado el análisis de “(…) nuevas experiencias que muestran la capacidad del individuo de crear algo nuevo en el seno de sus propias sociedades”. El movimiento de 18 de octubre de 1945 se puede examinar desde tal perspectiva, porque inaugura un desfile de fenómenos inéditos que protagoniza un conjunto de debutantes en la plaza, deseosos de hacer obras que nadie había llevado a cabo.

POR Elías Pino Iturrieta / Prodavinci

En el estudio de una sociedad que, por lo menos desde 1899, ha experimentado la paz romana de dos tiranías y un boceto de mudanzas hecho por una aprensiva cúpula, no es solamente un detalle el que afloren manifestaciones de heterogeneidad. En consecuencia, no va descaminado el investigador que las destaque como esencia del designio octubrista. Los cambios crearon ronchas en su momento y las siembran en la actualidad, pero parece difícil su negación. Fueron de trascendencia por su cantidad y por su profundidad. Pero, ¿cómo analizarlos en el aprieto de nuestra sección? Seguramente no se logre ahora el objetivo, debido a que solo se mirará hacia una imagen capaz de reflejar el inicio de la metamorfosis que se producirá inmediatamente. Ahora solo se trata de un pormenor, aunque se pretende que sea más que una nimiedad. Se trata de detenerse en el primer retrato de la Junta Revolucionaria de Gobierno que se anuncia a la ciudadanía.

La integración del equipo de gobierno que se muestra ante los ojos de la república en un salón del Palacio de Miraflores indica que ya no se entiende el control del régimen como la actividad de un conjunto de eminencias, cuyas credenciales les conceden patente para predominar con exclusividad desde las alturas. Como se sabe, integran dicha Junta: Rómulo Betancourt, como Presidente; y en calidad de vocales Gonzalo Barrios, Raúl Leoni, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Edmundo Fernández, Carlos Delgado Chalbaud y Mario R. Vargas. ¿Qué siente el país cuando los ve retratados en el periódico? Es difícil ahora escudriñar ese sentimiento, pero la imagen que domina las primeras planas de la prensa es elocuente.

¿Qué enseña la tal fotografía? Enseña un régimen cuya médula está compuesta por bachilleres provincianos y por políticos formados en la calle, por maestros de escuela, por profesionales de medio pelo que nunca han vestido etiqueta, ni pisado jamás alfombras palaciegas; y por jóvenes militares a quienes se ha cerrado la alternativa de tomar decisiones de envergadura. Acaso Prieto Figueroa resuma con su procedencia aldeana, con su divorcio de la gran sociedad y con su reputación de carbonario rodeado de libros, toda la novedad del proceso que empieza y la animadversión que pudo producir su comparecencia en una situación estelar. Pero del cuadro no solo importan las presencias insólitas, sino también las faltas que descubre.

Por primera vez en lo que va de siglo, el fotógrafo oficial no observa el bulto de los “amos del valle”. Ninguno está en la junta, ni en los altos despachos. Aquellos circunspectos personajes que blanquearon con su conducta a los restauradores y dieron lustre al gomecismo para convertirse en preceptores del pueblo cuando mandan López Contreras y Medina Angarita, ya no ejercen funciones de gobierno. Y la escena de Miraflores se repite en la mayoría de las entidades federales. Cuando ve la lista de los presidentes de estado, el líder comunista Juan Bautista Fuenmayor afirma: “Este conjunto de ciudadanos era poco menos que desconocido”. Así siente un protagonista de la época frente al equipo de mandatarios regionales que divulgan los periódicos. En la lista están los nombres extraños de Jorge Mogna, Juan Salerno, Gerónimo Paolini, Manuel García, Rómulo Henríquez, Paulo García Pérez, Pablo Higuera, José Lino Quijada, Antonio Delgado Lozano, Felipe Hernández y Ceferino Rojas Díaz.

Son nombres que no le dicen nada, al lado de otros que conoce pero que carecen de relaciones políticas y profesionales con el establecimiento. Así, por ejemplo: Ricardo Montilla, Eligio Anzola Anzola, Simón Gómez Malaret, Leonardo Ruíz Pineda, Alberto Carnevalli y Héctor Guillermo Villalobos. “No hay hombres representativos de la burguesía liberal independiente, ni mucho menos hombres con tendencias filocomunistas. Las razones son obvias: los gobernantes eran los hombres del viejo PDN, adversario número uno del comunismo”, concluye Fuenmayor con preocupación. Quizá tengan sentido sus prevenciones, si se observa la tendencia unilateral del elenco, pero es evidente la carga de novedad que representa en sentido histórico. Una novedad que se repite en todos los rincones del país.

Es una lástima que ningún lente pudiera captar la estupefacción de las familias notables y de la “gente de orden” ante las escenas del día y frente a las fotografías de las semanas siguientes, cuando la ponzoña de la política se mete en el cuerpo de los oficinistas, de los capataces y los peones, de los sirvientes y los empleados más humildes. Le hubiera ofrecido material abundante a Hanna Arendt.

 

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