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José Guarnizo No es solo fútbol: el día en que los inmigrantes se volvieron importantes

 

Desde 1998, en los Campos Elíseos no se vivía una fiesta nacional tan impresionante. Para los franceses, el título de la Copa del Mundo es un tema político. Francia campeona del Mundo: Un retrato de la estrella de su selección, Kylian Mbappé, fue proyectado en el famoso Arco de Triunfo de la capital francesa.

El fútbol es una alegría breve. Pero es más que eso. Esa frase que parece un aforismo filosófico, en Francia este domingo cobró todo el sentido del mundo.

Para los franceses la selección de fútbol es un asunto político en el que pueden leerse sus grandes hazañas. Y también sus grandes derrotas. Y sus frustraciones. Cuando un jugador no canta La Marsellesa en un partido oficial, de inmediato se abre un debate nacional.

Pero esta vez a Francia le tocó celebrar. Y lo hicieron hasta el delirio. Las imágenes que llegaron de la avenida de los Campos Elíseos mostraron una fiesta que no se veía desde julio de 1998, cuando el equipo de Zinedine Zidane se coronó campeón del mundo y su rostro apareció proyectado sobre el mármol rosa del Arco del Triunfo. Ese día Zidane era más importante que el presidente.

La plaza Charles de Gaulle esperó veinte años para verse rebosada de nuevo. Cientos de miles de franceses salieron a las calles para desahogarse frente a ese monumento que mandó a construir Napoleón, justamente para celebrar las victorias de su ejército. Así como el título de la novela de Enrique Vila-Matas, este domingo parecía que París no se acababa nunca.

Pero era algo más que fútbol. Los franceses, obsesivos con su idea de la identidad, saltaron a las avenidas como si necesitaran la catarsis. Hacía años que ese país no acariciaba una alegría colectiva en la que pudieran reconocerse, dentro de un mismo ideal, negros, árabes y blancos. Alegría momentánea, incompleta, reductiva, hasta superficial. Pero alegría.

Los atentados terroristas de los últimos años habían terminado por agrietar aun más las divisiones de una sociedad a la que le ha costado –y le sigue costando- la integración. Entre 2014 y 2018, Francia padeció ocho atentados. De un momento a otro, París se convirtió en un escenario incierto y por momentos tenebroso. Los muertos de Bataclan, los de Charlie Hebdo, o los arrollados en las vías, no se olvidarán tan fácilmente.

Por eso resultó tan simbólica esta Copa del Mundo. Solo el fútbol hizo que el Arco volviera a convertirse en una enorme pantalla. Primero proyectaron la bandera. Y luego, las fotos de los ídolos: Lloris, Pavard, Varane, Umtiti, Lucas, Kanté, Pogba, Mbappé, Griezmann, Matuidi y Giroud, la selección de inmigrantes. Catorce, de veintitrés, son de origen africano.

Mientras se lanzaban las primeras bengalas en París y el cielo se tornaba rojizo, en Rusia el presidente Emmanuel Macron, empapado por la lluvia, le clavaba un beso en la frente al Kylian Mbappé, el nuevo prócer de los franceses. Si el padre de Zidane era argelino, el de este chico prodigio no podía ser de un lugar más alegórico que de Camerún. Ambas estrellas encarnan esa gran pregunta que ni ellos mismos se han terminado de contestar: ¿Qué es ser francés?

Porque no solo es fútbol. Mientras los inmigrantes de segunda o tercera generación que juegan en la selección hoy son enaltecidos como héroes nacionales, sus amigos de infancia nunca dejaron de ser parias. El documental Les Bleus, de Pascal Blanchard, desempolva una escena que resume bien la paradoja. La imagen es de 2005. Nicolás Sarkozy, en ese entonces ministro del interior, aparece rodeado de cámaras y llegando a un suburbio de París donde horas antes se había desatado una oleada de desmandes e incendios.

Un chico de 11 años había muerto por una bala perdida en un enfrentamiento entre bandas. Y fue entonces cuando los micrófonos captaron a Sarkozy diciendo que ayudaría a limpiar la zona deracaille (palabra que se refiere a gentuza o basura). La indignación vino de inmediato de donde menos se esperaba: De la concentración de la selección francesa. Liliam Thuram, un descendiente de africanos que jugó en el Barcelona y la Juventus, le respondió a Sarkozy en plena rueda de prensa. “A mí también me decían gentuza. Pero yo no soy la chusma. Lo que yo quería era trabajar”, dijo muy enojado.

Alrededor de los jugadores de fútbol siempre se ha discutido el tema del racismo. El político de ultraderecha Jean-Marie Le Pen alguna vez se quejó de que hubiesen tantos africanos en el equipo francés, de hecho dijo que parecía algo artificial. El documental Les Bleus también recuerda que el anterior técnico de la selección, Laurent Blanc, fue acusado de racista. En una reunión técnica, que luego se filtró a la prensa, el entrenador habló de la necesidad de crear cupos para así frenar la llegada de jugadores de raza negra. “Actualmente, los grandes y potentes son los negros. Es así. Es un hecho. Dios sabe que en los centros de formación, en las escuelas de fútbol, hay muchos (negros). Creo que hay que buscar otros criterios, modificados con nuestra propia cultura”, aseguró Blanc durante esa reunión.

En Francia la inmigración ha sido usada para explicar tanto lo bueno como lo malo. La excandidata a la presidencia Marine Le Pen creció en popularidad con los atentados terroristas, en parte por su discurso xenófobo. Para ella la solución pasaba por “restaurar las fronteras nacionales” y retirarles la nacionalidad a todos los sospechosos de pertenecer a las listas negras del Estado Islámico.

Sin embargo, que la mayoría de los terroristas suicidas hayan sido franceses de nacimiento comportaba más un problema de identidad que de seguridad. Así lo dijo hace un par de años Jean Francois Fogel. Desde la revolución, los cimientos de la democracia de Francia se levantaron sobre el sentido de unidad y aquella idea siempre fue irrebatible. Pero desde hace tiempos que Francia ya no es una sola, ya no es la misma; su identidad se ha venido fragmentando desde los diminutos extremos que se sintieron estigmatizados por años. El germen del que ha brotado el terrorismo está adentro, camuflado en entre los cultivos propios, y no afuera. De allí, de la misma Francia, salen los héroes y los villanos. Y eso es lo más complejo de todo.

Antes de la final, el mismo Macron sabía que un campeonato del mundo era lo mejor que le podía pasar como presidente. Esa miel momentánea del éxito ya la había probado Jack Chirac en 1998, cuando se popularizó con orgullo esa idea de que la selección francesa era blanca, negra y árabe. Pero ya se sabe lo que ocurrió después: la euforia duró poco. El fútbol fue muy pequeño para algo tan grande.

Se dice que esta selección que Didier Deschamps llevó al campeonato del mundo tiene otros valores: Es más humilde, sacrificada, disciplinada. Este técnico estuvo hace veinte años en el equipo de Zidane. Y sabe la responsabilidad que ahora lleva sobre sus hombros. Tal vez haya aprendido la lección y sepa que el fútbol es una alegría breve, aunque sea mucho  más que eso.

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