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La crisis de las bombonas de gas en Caracas

 

Las bombonas de gas: la cruz que deben cargar los caraqueños

Las colas para hacerse del servicio es lo cotidiano entre los más humildes de la capital que deben llevar en hombros el peso de estos envases que oscila entre los 10 y 23 kilos, dependiendo de su tamaño. En lugar de distribuirlos entre los consumidores, los camiones distribuidores de PDVSA Gas Comunal prefieren venderlos a los grandes locales porque ganan más en la negociación. Mientras, el ciudadano de a pie vive su propio viacrucis

Vacía, una bombona de gas pequeña puede pesar unos 10 kilos, llena unos 17 o 23 dependiendo de su tipo, cifra que equivale al peso de un niño de unos 8 años. Las grandes alcanzan hasta los 43 kilogramos y, cargar con una de ellas podría ser comparable con alzar un saco de papas. Es fácil agotarse en apenas 5 minutos de sostener este peso, pero esa no es una opción para Olier González, un padre de familia al que le toca subir la bombona a sus hombros y hacer un recorrido de casi una hora, desde el barrio 5 de Julio hasta La Agricultura, en Petare, para intentar comprar gas licuado.

—Me paro un ratito, camino, me vuelvo a parar y así hago el recorrido completo porque aunque en el camino hay dos negocios más de venta de gas, siempre me toca llegar al último porque hace tiempo que a estos no les despachan.

Olier es vigilante a tiempo completo y el único día libre que tiene debe usarlo para “cazar el gas” por todo Petare. En lo que va de año le ha costado tanto obtenerlo que piensa en la posibilidad de subirse al Metro con la bombona envuelta en una bolsa negra y llegar hasta Catia: “Porque dicen que ahí uno puede conseguir”, dice.

Este hombre puede pasar hasta seis horas esperando en la entrada del local que llegue algún camión de los que debe cumplir con la ruta, los mismos que en lugar de llevarlas a los consumidores, la descargan allí para que los dueños las revendan. A Olier no le toca sino esperar y cargar cual cruz el drama de no conseguir gas. Tiene una bebé enferma que necesita de sus teteros, esos que no le pueden preparar si no tienen como encender la cocina.

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Entonces, quienes no son amigos de los dueños de estos depósitos, los que viven lejos, los que no tienen vehículo para desplazarse o quienes no cuentan con suficiente efectivo para pagar por el “mandado” tienen que aguardar que surtan la tienda y que las bombonas alcancen hasta que les llegué su turno en las largas colas que se hacen frente a estos expendios.

Este problema no es exclusivo de los caraqueños pues, de acuerdo a cifras de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), 85 % del gas que consume el país viene en bombonas.  El otro 15% se distribuye vía gas directo por tuberías. Y ese porcentaje que usa bombonas se traduce en las miles de colas frente a los llenaderos y depósitos y en las numerosas protestas que han tenido lugar en toda Venezuela por la escasez del rubro y las fallas en el proceso de distribución.

Juan Carlos Vidal, jefe de la fracción de Concejales por Primero Justicia en el municipio Sucre, denunció recientemente ante los medios de comunicación que en la Gran Caracas existen nueve llenaderos y que menos de la mitad está en funcionamiento. El político aseguró que 67% de las bombonas de gas doméstico están dañadas por la falta de materia prima para su sustitución en Sidor.

“Si hay comida, no hay para cocinarla”

La señora Marta Rodríguez tiene 65 años. Es diminuta, no mide más de 1,60 centimetros y la bombona que carga en una carretilla improvisada casi representa la mitad de su tamaño. Ella rueda el carrito desde la zona 5 de José Félix Ribas hasta Mesuca o La Agricultura para comprar el gas doméstico del que depende para poder cocinar.

Cuenta que antes el camión pasaba por la puerta de su vivienda, pero asegura que hace dos años que tiene que caminar media hora para poder encontrar una bombona: “A veces tengo buena suerte y la consigo en el primer lugar al que voy, sino me toca quedarme en esta cola llevando sol y calor, sin comer y puedo pasar hasta 8 horas esperando para que al final no llegue el camión y uno se quedé sin nada y sin poder comer, porque si hay comida, no hay para cocinarla”, dice.

Marta refiere que el problema no es solamente la falta del gas, sino las complicaciones para obtenerlo. El gas solo es vendido en efectivo en todos estos lugares que en esencia “son negocios ilegales”, pero que “son los únicos a los que pueden acceder las personas para conseguir cambiar las bombonas llenas por las vacías”.

Esto lo corrobora con facilidad uno de los encargados del depósito del barrio La Agricultura, en Petare, quien prefirió omitir su nombre: “Son los depósitos los que auxilian a la gente porque las rutas no se cumplen, entonces preferimos esperar todo el día que llegue un camión y nos revenda las bombonas. Hay demasiada gente que depende de esto, por eso se hace”.

Quienes mantienen estas ventas explican que para los camioneros “no es negocio” repartir el gas directamente en sus rutas, pues están obligados a vender el producto a 50 bolívares, ese billete verde que ya nadie acepta, en cambio, los dueños de los depósitos pagan entre 15 mil y 20 mil bolívares por cada bombona, que luego revenden a 30.000 y 100.000 bolívares, siempre en efectivo.

El despachador de otro depósito, en el Barrio Nazareno, también de Petare, relata que la mayoría de estos negocios tienen trato con dos o tres camiones de Pdvsa Gas Comunal, que van directo de los llenaderos a estos sitios para vender el producto.

La señora Marta, como todos los caraqueños, esta al final de la cadena y le toca esperar que todo este proceso se cumpla para poder obtener el gas que le permitirá cocinar y que, dependiendo del buen uso que le dé, durará uno o dos meses, tiempo en el que tendrá que cargar de nuevo con su bombona y caminar cerro abajo para conseguir una llena.

Otros se las arreglan con más “viveza”, como es el caso de Carolina Rivas y su hija de 11 años quienes cargan dos bombonas desde el barrio Julián Blanco y logran subirse a un bus con el artefacto que puede resultar explosivo. Ellas cargan de a ratos las bombonas desde donde las deja el transporte público hasta el local donde las venden. Allí llegan luego de cubrir unos tramos con el envase al hombro y otros, arrastrándolo; las recibe una cola donde ya unas 35 personas esperan bajo el sol.

“Desde el año pasado estamos en esto: haciendo cola y pasando trabajo para comprar el bendito gas, y siempre es horrible porque uno puede tener tres horas en cola, pero tienen prioridad los vecinos de la zona, los locales y los mandaderos que son clientes fijos y traen varias bombonas”, explica Carolina.

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Entre esos mandaderos está Richard Medina, un hombre que hace 14 años se dedica a comprar y vender gas por mandado. El gana entre 2.500.000 o 3.000.000 bolívares diarios por comprar unas 15 o 20 bombonas por encargo.

“La falta de gas hasta también me afecta porque ahora mismo tengo semanas sin poder trabajar y no consigo donde comprarle a mis clientes”, explica Richard.

Esa escasez tiene una razón de ser: desde 2008 la producción de gas está afectada por la falla en la importación de bombonas propano y por la paralización de varias de las plantas de extracción del Estado. A ello se suma el contrabando hacia las fronteras.

Las consecuencias las sufren quienes, con menos recursos, corren peligro con bombonas de gas en autobuses, motos y a pie para hacerse con este insumo básico. Por ello es que personas como Eiverson Araujo, residente de Guaicoco, meten en un saco su bombona y emprenden el camino, a pie, en metro, en bus, en moto, como sea hasta llegar al depósito donde están obligados “por la necesidad” a ver pasar las horas hasta que por fin escuchan al camión y gritan “llegó el gas”.

Por: Génesis Carrero Soto / Foto: Autor de la foto

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