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Pedro R. García: Los intelectuales y su distancia critica de la acción política

 

Una acotación necesaria…

El filósofo trascendentalista Ralph Waldo Emerson, en una oportunidad en una de sus reuniones se le acerco alguien y le comentó que en el auditorio se encontraba una mujer humilde vendedora del mercado de frutas cercano o algo así y que nunca dejaba de asistir a sus eventos, visiblemente conmovido el sabio de Concord, quiso saludar a la señora, “me han dicho que suele asistir a todas mis conferencias” le expreso condescendiente y ella le repuso, “¡Oh si no me pierdo ninguna!”. “Veo, señora mia que usted es aficionada a la filosofía”. “No por Dios, yo no entiendo nada de esas cosas ¡Todo lo que usted dice es muy elevado para mi!”. “Pues, entonces, no veo por que asiste” comento desconcertado el gran hombre” y ella concluyó gozosa: es que me gusta oírle por que nos habla como si todos fuéramos inteligentes.”La función del intelectual es tratar a los demás como si también fuesen intelectuales.

Una acotación necesaria…

Ambicionando una reflexión de la participación de los intelectuales en la política dura y pura, sin la pretensión de abolir la diferencia entre la acción política y el aporte de las teorizaciones. Cada una, una vez más, tiene un lugar privilegiado y, preferencias locales diferentes: aquí, una atención a las herencias culturales, centradas, tal vez, de una manera más decidida sobre las intuiciones; en el debate global, reflexiones de los fenómenos de dominación, agrupadas sobre el análisis de las sobre reificaciones y los desequilibrios. En la medida en que una y otra tienen siempre necesidad de entrecruzarse para asegurarse del carácter concreto de sus pretensiones de universalidad, sus diferencias deben ser conservadas contra toda confusión. Apelo a repetir una larga cita de una publicación reciente del prolijo historiador Tomas Straka, (Proyecto Base, 4 de julio), intitulado Venezuela: La democracia como problema, cito: “Aquellos ciudadanos susceptibles de creer cualquier cosa que se les dice, tienen serias limitaciones para el libre ejercicio de su ciudadanía.” “En este sentido, abordar desde una perspectiva histórica el sistema democrático es una tarea en la que queda mucho por hacer; pero es además, una urgencia de cara a los retos actuales que afrontamos los venezolanos. Por ejemplo, en términos de la memoria y sus implicaciones en la cultura política, el desconocimiento de un porcentaje sorprendentemente amplio de aspectos de gran importancia como lo fueron: la guerra de guerrillas, la masificación educativa o las estatizaciones de los años setentas, ofrece un terreno fértil para manipulaciones de toda índole. Aquellos ciudadanos susceptibles de creer cualquier cosa que se les dice, tienen serias limitaciones para el libre ejercicio de su ciudadanía.  Frente a esto ya en términos más académicos, problemas como: el rol de las tradiciones intelectuales y de las ideas en la historia, la posibilidad de la política como algo más o menos autónomo de los económico y social o en todo caso en paridad con esto, la importancia de las instituciones en el éxito o fracaso de las naciones y el porqué de que los pueblos tomen unas decisiones sobre otras; pueden ser estudiados con gran interés por personas de cualquier parte del mundo, a partir de la experiencia de la democracia venezolana. En estos aspectos se ha avanzado muy poco, sin menoscabo de los trabajos de Manuel Caballero, Diego Bautista Urbaneja y sobre todo de Germán Carrera Damas, cuya elaboración teórica sobre el asunto representa una referencia ineludible para quien quiera investigarlo. En tres artículos anteriores, hemos tratado de hacer una aproximación propia con base en cuatro hipótesis.  Consideramos que ellas pudieran ser una buena guía para el desarrollo de numerosas investigaciones históricas sobre la democracia. Por lo tanto, las recordaremos a modo de invitación a la comunidad académica y otros interesados”. Por eso la tarea de la abstracción filosófica consiste en poner al abrigo de oposiciones engañosas el interés por la reinterpretación de las herencias culturales recibidas del pasado y el interés por las proyecciones políticas cara al porvenir de la humanidad. En efecto, esa es precisamente la función específica del intelectual: tratar a los demás como si también fuesen intelectuales. Es decir, no intentar sugestionarles, intimidarles o seducirles sino despertar en ellos el mecanismo de la inteligencia que tantea, evalúa y acierta. Hay que partir de la premisa socrática de que todo el mundo se revela inteligente cuando se le trata como si lo fuera. ¿Es compatible esa función con el oficio de los políticos? Porque éstos más bien suelen regirse por el cínico principio establecido por el novelista Frederic Beigbeder (que no en vano empezó su carrera como publicista): “No hay que tratar al público como si fuera imbécil ni olvidar nunca que lo es”. Salta a la vista que son planteamientos opuestos. Lo malo es que el primero exige un esfuerzo de los interlocutores, atención, reflexión y tanteos vacilantes, mientras que el segundo halaga emociones primarias de entusiasmo o revancha, convierte el pensamiento crítico en ironía o exageración, y el abordaje de los problemas sociales en escándalos evidentes. Si repasan ustedes el innumero de mensajes en la red, de entrevistas políticas de nuestras radios y televisoras, es fácil ver como cada quién hala agua para su molino… Nos señala Michael Ignatieff; si juzgase por mi propio caso, debería decir que los intelectuales están negados por exceso de recelo mental para la gestión de los asuntos públicos. Pero sería injusto, porque talentos mayores como Marco Aurelio o Máximo Cacciari se las arreglaron con notable competencia al frente del Imperio Romano o de la alcaldía de Venecia. De hecho, el progreso de la fórmula democrática ha ido haciendo el Estado cada vez más abstracto, es decir, más necesitado de comprensión enseñada y reflexiva: primero se basó en la religión obligatoria y el derecho divino de los monarcas, luego en el culto a la identidad nacional como religión civil, ahora más bien en las leyes constitucionales afirmadas en los derechos humanos. Por supuesto, todavía vuelven a la carga periódicamente los partidarios de las fórmulas atávicas, que por emotivas son más fácilmente asumibles desde la ignorancia (el populismo, ya saben, esa democracia para áridos mentales) y por tanto hoy en esta hora menguada de la República son más necesarios que nunca, si no los intelectuales en política, por lo menos el ethos intelectual en el discurso público y social. Sin embargo, la lección de la experiencia a menudo es negativa en lo personal, y los intelectuales íntegros que se han aventurado a dar el paso han retornado siempre, como El precursor Platón de Siracusa…

“La libertad es el continuo histórico, lo demás son paréntesis”

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