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Víctor Maldonado: Instituciones Republicanas

 

Todos los que vivimos en Venezuela tenemos algo que perder y algo que aportar. Todos estamos viviendo épocas extremas porque la crisis no hace diferencias entre unos y otros. Todos, salvo la escuálida nomenclatura oficial, vivimos los estragos de una economía desguazada e irracional. Todos padecemos la infeliz circunstancia de ver pasar los días, los meses, y los años, sin que nada muestre indicios de recuperación. Todo apesta a caos, disolución y destrucción, y los ciudadanos, con total razón, se aferran a los escasos referentes congruentes y diferenciadores, porque la exigua cordura necesita imperiosamente que se explique la trama de insensatez, que se presenten las causas de estos efectos, y que como corolario se comprenda que, eliminada la raíz de los problemas, se puede volver a la normalidad. La ética, parece mentira, es crucial en tiempos difíciles.

El caos es incomprensible si no hay instancias que puedan construir una narrativa racional, que asigne responsabilidades y modele el coraje. Ese es el rol moral de las instituciones republicanas. Ese es su indeclinable carácter rector. Decir la verdad, denunciar lo que esta haciéndose mal, exigir los cambios que se necesitan para recuperar la cordura social, y garantizar al ciudadano que las cosas pueden cambiar si se hace lo debido. Ese ha sido el rol que ha asumido, por ejemplo, la Conferencia Episcopal de Venezuela, asumiendo cada uno de los prelados el riesgo asociado a ir contra la corriente para denunciar la injusticia.  Pero la iglesia católica venezolana es una de muchas instituciones que deberían hacer lo mismo.

Hay otras instituciones que no corren el riesgo de la integridad. Su estrategia es otra, el ajustarse suavemente a las circunstancias. El simular hacer lo que no hacen. El servir de pedagogos de la servidumbre, tomando cualquier medida oficial por buena, y como la oportunidad para explicar detalladamente cómo hacer para sortear obstáculos insalvables, cómo comprender lo que no tiene sentido alguno, cómo hacer para que la vorágine no se cebe con su sorprendida clientela. Hay más de un guiño en esta actitud. Hay más de una señal de complacencia con lo que está ocurriendo, con la tiranía reinante, como si fuera posible sobrevivir de esta forma a la oscuridad totalitaria. Las instituciones que asumen que es posible doblarse para no partirse, que acallan sus deberes rectores para convertirse en bisagras bien aceitadas, están traicionando sus principios y defraudando a los ciudadanos. La iglesia católica lo comprende muy bien: en esta infeliz circunstancia, o todos hacemos el esfuerzo debido, o el peso del lastre que aportan los complacientes, hace inviable cualquier solución de corto plazo.

¿No es eso acaso lo que se les pide a los militares? ¿No se les pide que dejen de marchar al son de la tiranía y asuman su responsabilidad frente al país? ¿No están muchos de esos militares presos, perseguidos y torturados por intentar la liberación que se les ha exigido repetidamente? No se les puede requerir a ellos lo que el resto de las instituciones no son capaces de asumir. En todo caso, las señales equivocas que se envían parecen decir que por aquí todo está bien. La confusión se alimenta de esa inconsistencia cotidiana que muchos practican. Instituciones tibias, que dejan pasar, que se especializan en el cómo sin impugnar el qué, son parte del problema de desconcierto y falta de coraje por el que muchos venezolanos están sufriendo en carne propia los efectos concretos de un régimen feroz.

Las instituciones republicanas tienen el deber ineludible de hacer pedagogía política. Algunos dicen que eso no tiene sentido, total, nadie les hace caso. Y que tienen una clientela a la que pueden atender sin meterse en demasiados problemas. Si esa es el alcance de la misión que se han propuesto, sin dudas dejan de ser instituciones para transformarse en mercancía.  Mientras tanto, trabajadores sufren porque no hay transporte, familias se disuelven en una desbandada que se afianza en la falta de fe en quienes deberían liderar, niños se mueren poco a poco de desnutrición, y muchos ven como el futuro es un mañana imprecisable. Sin embargo, uno nota que el venezolano ha perfeccionado su resiliencia y que son mayoría quienes prefieren seguir intentando la liberación antes que transformarse en siervos. No es posible que algunas instituciones se adapten tan cómodamente a esta tragedia, mientras los venezolanos más sencillos del país siguen dando demostraciones tan contundentes de valentía. No podemos olvidar que fueron millones los que dieron una demostración de arrojo cuando no salieron a votar el pasado 20 de mayo, mientras algunas instituciones debatían si debían convocar al voto

Julio Jiménez Gedler, conocido como @juliococo me decía esta mañana que las instituciones se encarnan en las personas que las dirigen. No hay por tanto posibilidad de esconderse detrás de nada para huir del veredicto de la historia. Son esos que están al frente los que proyectan su hidalguía o su mezquindad. Es cierto. El desafío del líder es estar a la altura de las circunstancias. El deber de las instituciones es no permitir que malos dirigentes las vendan al mejor postor.  Es tan fácil entregarse a la comodidad del momento, tan sencillo vender la primogenitura por un plato de lentejas, tan simple dejar pasar la tormenta, que algunos olvidan la magnitud del daño social que provocan. Por cierto, mientras escribo este artículo, me voy enterando de las reacciones ante la espuria derogación de la ley de ilícitos cambiarios por la ilegítima asamblea nacional constituyente. Una institución republicana no dejaría de denunciar esta trama fraudulenta. Lastimosamente algunas prefieren callar, y otras ya estarán preparando el manual para comprender lo que de suyo no debería aceptarse. ¿Perciben ahora por qué la ética es crucial en tiempos difíciles?

Se cuenta que entre los escritos del Papa Albino Luciani había unas pocas líneas dedicadas al Cardenal von Galen, obispo de Münster en la terrible época del nazismo. “Una bellísima figura de la historia de la iglesia. Ha resistido a Hitler de un modo ejemplar. Decía, deja que golpee, no tengo miedo. Yo soy el yunque, Hitler es el martillo: se rompe antes el martillo. No tengo miedo. De hecho, es Hitler quien se ha roto”. Roberto Morozzo della Rocca, profesor de historia contemporánea de la Universidad de Roma apuntó que “ese mismo obispo experimentó un largo conflicto interior, temiendo hacer el mal, cuando actuaba fuera de la colegialidad con los demás obispos alemanes, que no atacaban al nazismo como él. Realizó su elección de exponerse pensando en dos mártires: Thomas Becket y Estanislao de Cracovia, y en las palabras de Isaias 56,10: son perros mudos, no pueden ladrar”. Hay visos de desdicha en esta circunstancia, cuando algunas instituciones, que deberían liderar, han preferido ser terciopelo y almohadón de plumas para silenciar la extrema violencia con que la tiranía golpea la humanidad de los venezolanos. ¿Perros mudos?

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