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Antonio Sánchez García: El 20 de agosto, como un solo pueblo

 

El drama político venezolano puede sintetizarse en la porfía de los viejos partidos por permanecer, en la incapacidad de los nuevos partidos por asumir los desafíos de los nuevos tiempos y en la miopía de las élites en comprender la necesidad de voltear las páginas, hacer borrón y cuenta nueva, y enfrentarse al futuro. Me he referido a dos de sus más tortuosos aspectos: la maldición de Bolívar, aleteando en el insectario de nuestra cultura política, y el socialismo convertido en patología congénita de nuestras neurosis. De allí que toda filosofía política en Venezuela se aproxime al psicoanálisis. Constituye el caldo de cultivo de nuestras intermitentes regresiones. Estamos enfermos. Gravemente enfermos.

Ello explica que Copei no haya desaparecido sin traspasarle su genoma a Primero Justicia. El mismo musiú con distinto cachimbo. Que AD sobreviva anquilosado, esclerotizado e incólume en su naturaleza clientelar e irreversiblemente acaudillada por sus caciques: jamás dejó ni dejará de ser una agencia de empleos. Ya sin líderes ni programa. Y que Voluntad Popular, que ha pretendido suplantarlo, considere que no se puede hacer política en Venezuela sin compartir la genética socialdemócrata.

Asombra y desconcierta, pues demuestra una fijación raigal. Los argentinos se están sacudiendo el peronismo y osando a aventurarse por una suerte de liberalismo de nuevo cuño. Los chilenos se partieron en dos: las derechas, que fundaron sus nuevos y muy exitosos partidos –Renovación Nacional (RN) y la Unión Democrática Independiente (UDI)– y las izquierdas, que siguen enganchadas en los últimos vagones de siempre: el Partido Comunista, el Partido Socialista, el Partido Radical y las ultraizquierdas castristas, que por más que se disfracen siguen en la senda del más estricto castrocomunismo: el MIR y todas las pequeñas denominaciones que constituyen el Frente Amplio. Aislada, en pleno naufragio y sin ningún destino, la Democracia Cristiana, ya en fase de extinción por cambio de giro. En Perú, el APRA se desvanece. Y en Colombia nada fue como fuera. Iván Duque, bajo el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez, toca a renueve. Incluso México, tan revolucionario y siglo XX, se sacude al PRI y busca nuevas formaciones por las derechas y las izquierdas del PRI, prácticamente desahuciado. Veremos si AMLO termina siendo más de o mismo o si, por algún azar del destino, abre los ventanales y renueva las izquierdas sacudiéndolas del yugo castrocomunista.

¿Por qué no en Venezuela? ¿Por qué Ramos Allup no desaparece definitivamente del mapa? ¿A qué necesidad histórica obedece que siga tiranizando una agrupación decadente, pasada de moda, clientelar y chocha, sin una gota de ideología e inteligencia?

Del chavismo militarista, narcotraficante y caudillesco poco cabe agregar. Es un amasijo de mafias y pandillas que se esfumará en cuanto desaparezca el castrocomunismo vernáculo y sus bandas terminen en la cárcel, que es en donde deberían estar.

¿Inimaginable un nuevo paisaje político, nuevos líderes, nuevos partidos?

Las profundas ansias de renovación y el anhelo por sacudirse el yugo del macilento golpismo militarista se expresa con fuerza en el ímpetu con el que María Corina Machado es recibida hasta en los rincones más distantes de la República por todos los sectores sociales. Se ha elevado a la estatura de una luchadora social con peso específico, investida de credibilidad y pujanza, popular como no lo fue hasta ahora ninguna mujer en la Venezuela democrática. A la cabeza del más honesto, decente e íntegro de nuestros liderazgos, entre los que descuellan Andrés Velásquez y Alfredo Ramos, y siempre acompañada por quienes siguen apostando a Leopoldo López y están dispuestos a abrirles sus brazos a Primero Justicia, luce una esperanza jamás claudicada. Venezuela está viva. Y los deseos, más vigentes que nunca, de sacudirse la tiranía.

Oiga a nuestro pueblo indignado soportando los abusos, la crueldad, la incompetencia y la maldad de quienes usurpan el poder. Observe el desprecio que le guardan a los uniformados. Sienta las ansias de retaliación, de venganza, de volver a poner las cosas en su sitio. El pueblo está bravo.

Por ese motivo, todos los esfuerzos deben concentrarse en una sola fecha inicial: el 20 de agosto. Todo el mundo a obedecer, como a una sola voz, al llamado a demostrarle a la tiranía que está sola, que es odiada, que se le desea la muerte.

Allí estaremos. Como un solo pueblo.

 

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