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Rafael A. García: Simón Rodríguez ayer y nuestras universidades en el mundo hoy

 

Immanuel Kant es una gigantesca figura filosófica. El nombre Immanuel, por cierto, significa, en hebreo, “Dios con nosotros”. Esa connotación, que procede del siglo VIII, está estrechamente, vinculada a Isaías. Hanah Arendt, filósofo de origen judío y nacida en Alemania desde donde se fugó a Estados Unidos al arribar el nazismo conforma y constituye un eslabón esencial de la filosofía alemana aunque, una parte de su obra, es  inseparable de su exilio en los Estados Unidos. Su vinculación, sin embargo, a Heidegger y Karl Jaspers la han convertido en uno de los epígonos de la filosofía alemana. No sé lo que dirá no lo he leído todos los textos suyos que tengo en mi biblioteca de ese nombre que se sumerge en la historia judía, pero sí he captado algo que me parece sorprendente y que se desprende, verticalmente, de su libro, en inglés, “Essays in Understanding”. “Ensayos en la comprensián!”. En él nos dice, la talentosa filósofa, que Kant, al margen del Immanuel y su significado, tuvo un papel relevante (nació en Königsberg en 1724 y murió, en la misma ciudad alemana, en 1804) en el proceso universal de la secularización. Añade: “La refutación que hizo Kant de la prueba ontológica de la existencia de Dios destruyó toda creencia razonable en Dios”. ¿Son exageradas sus palabras?. Esa formulación de Hannah Arendt sobre el papel de Kant en la filosofía nos conduce, de su mano, a lo que Arendt, en su larga etapa en Estados Unidos como exiliada, forzosa, consideró central, en la obra de Kant, (dejo el Immanuel a la Biblia) y que gravita sobre tres proposiciones básicas: a) “¿Qué sé yo?”, b) “¿Qué debo hacer?”, c) “¿Qué puedo yo esperar?”. Dice Hannah Arendt, con su lucidez acostumbrada, que de esa triple interrogación de Kant (dejemos el Immanuel al margen) es la segunda pregunta, impresionante en muchas ocasiones, la que culmina el pensamiento kantiano: “¿Qué debo hacer?”. Esa interrogación, perturbadora para un profesor en tiempos de crisis y violencias, interrogación que no habla del Estado Totalitario o Autocrático, sino de
algo muy grave: la debilidad del Estado de Derecho. Esa realidad quebranta, aquí, nuestras vidas. En efecto, en estas horas de violencia y desmesura (la hybris griega se entendía como el peor agravio que podía vivir una comunidad humana) a la espera de una Revolución Cultural que ponga los puntos sobre las íes a la demagogia, la mentira y la barbarie, las
preguntas se precipitan. Es manifiesto que la Universidad (las Universidades) tienen la obligación ética de contestar, con mesura, (sofrosine) a la pregunta kantiana que, según Hannah Arendt, nos hace, todavía, Immanuel Kant: “¿Qué debo hacer?”, “¿Qué debemos hacer?”.  Ya intentó ponernos al tanto Juan María Alponte:  analista político, periodista y ensayista. Profesor titular en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México y fue colaborador en diversas revistas y diarios de circulación nacional. Merecedor del Premio Instituto Cultural México-Israel 2002; la Medalla al Mérito Académico 2006, por la UNAM, y la Medalla “Ernesto Enríquez Coiro”, por su brillante trayectoria académica. Fallecido el 12 de abril de 2015 a la edad de 90 años, en la Ciudad de México, quien nos hizo algunos revelaciones sobre Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar, a quien el Libertador, como a la esclava negra, Hipólita, que fuera su niñera y que él guardó, a los dos, siempre en su corazón, debe mucho de lo que fue, dijo y repitió Simón Rodríguez, sobre las independencias. Le señaló que debían partir, desde su inicio, de una verdadera Revolución Cultural para crear una nueva Sociedad que superara las ruinas del sistema colonial. Es evidente que no fue así. Por ello, cuando, orgulloso, Simón Bolívar le señaló que había hecho posibles cuatro Repúblicas independientes (Venezuela, Colombia, Ecuador y Bolivia que yeva su nombre), Simón Rodríguez, imperturbable, le arguyó: “Repúblicas sin republicanos y sin ciudadanos”. Simón Bolívar lo viviría, en 1830, cuando despojado de todos sus poderes y con un grupo conformado por escasamente contados con dedos de las manos se dirigió a su ciudad natal (Caracas) y todas las puertas se le trancaron en el camino. Cerró sus ojos, para siempre, en 1830, en Santa Marta, donde sólo una ventanillita se le abrió: la de un español que le yevó a su hacienda donde moriría unos días después. Entre Kant y Simón Bolívar, la segunda interrogación del filósofo de Königsberg y la punzante afirmación de Simón Rodríguez, me han devuelto a la realidad del hoy al tropezar y leer el (Informe Ranking Académico de las Universidades del Mundo 2015). Kant nos dice que la pregunta fundamental reside en “lo que debemos de hacer” y Simón Rodríguez insistió en que las independencias Informe   que según Juan María Alponte: Profesor titular en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México cada año los académicos esperan con la impaciencia que, posiblemente, tendría Simón Rodríguez, nos dice, sin más, que las 10 primeras Universidades del mundo, entre las 500, son las siguientes: 1. Harvard; 2.Stanford; 3.Berkeley; 4.MIT; 5. Cambridge; 6. Caltech; 7. Princeton; 8.- Columbia; 9. Chicago; 10. Oxford. Entre las primeras Universidades del mundo en orden a las Matemáticas, la Física, la Química, la Computación y la Economía, 8 son de lengua inglesa y 2 francesas. La primera Universidad del mundo es Harvard; la 2ª la Stanford University; la 3ª la Universidad de California, Berkeley; la 4ª el MIT o Massachusetts Institute of Technology; la 5° la Universidad de Cambridge; la 6ª la California Institute of Technology; la 7ª la Princeton University; la 8ª la Columbia University; la 9ª la Universidad de Chicago; la 10ª la Universidad de Oxford. El dominio del inglés es absoluto entre las primeras 10. La 20, cierto, domina el francés, esto es, el Swiss Federal Institute of Technology de Zurich, Suiza; la 21 es la Universidad de Tokio y, en el mismo nivel (21) la University College London. El predominio del ingles de Estados Unidos, Me permito inmiscuirme con un simple apuntación: la Constitución de Estados Unidos es de 1787 (la única) y, desde entonces se han aprobado nada más que 27 Enmiendas, esto es, un sistema absolutamente sometido a los principios iniciáticos y que comenzaron, sin más, con una sola evocación: We the People of the United States, Nosotros el Pueblo de Estados Unidos. Entre las primeras 20 Universidades del mundo 17 son estadounidenses; entre las primeras 100, 52 son norteamericanas; entre las primeras 200, 85 son norteamericanas; entre las primeras 300, 108 son estadounidenses. Ya Corea del Sur que inició su viaje al desarrollo al nivel de México (y que hoy supera, por tres, el PIB per cápita mexicano) ya tiene 1 Universidad entre las primeras 100; 4 entre las primeras 200; 7 entre las primeras 300 y 11 entre las primeras 500. ¿Y América Latina con más de 600 millones de habitantes? Argentina tiene 1 Universidad en el grupo de los 200; una entre las 300; 1 entre las 400 y 1 entre las 500. México ocupa el mismo rango, esto es, la UNAM, es la 151 entre el grupo de las 200. Solamente Chile aparece, a su vez, con 2 entre el último grupo: el de las 500. En suma, Simón Rodríguez (que en las horas de persecución se autobautizó como Simón Robinson) quedaría sobrecogido con el panorama. La Universidad Católica de Chile es la 401 en el grupo de las 500. En el mismo lugar está la Universidad Federal de Río Grande do Sul. En ese mismo grupo: la 401 entre las 500 aparece la Universidad de Chile. Esa es toda la cosecha. La Universidad de Harvard tiene una mensuración (Total Score) de 100. La UNAM tiene un Total Score bien simple: 0. La Universidad de Sao Paulo, Brasil está en el grupo de 101 a 150, tiene su Score también de 0. Vuelvo a la triple interrogación, antes citada, de Immanuel Kant: “¿Qué debemos hacer?”. Pero incorporo, como un doble impulso previo, sus otras dos preguntas: “¿Qué sé yo?” y, por tanto, “¿Qué puedo yo esperar?”. Simón Rodríguez (el Robinson de Bolívar y a su lado estuvo en el Juramento en el Monte Sacro en Roma donde Bolívar se comprometió, para siempre, a la lucha por la independencia. Después de creadas las Repúblicas bolivarianas, Simón Rodríguez, le subrayó: “Sin republicanos y sin ciudadanos”. Los griegos de Aristóteles, Platón y Sócrates pensaban, a su vez, que la convivencia era inviable sin la aletheia (la verdad) y la dike o justicia. Ser adike, como ser apolis, era una doble tragedia: estar sin justicia y sin la Ciudad. Finalmente Simón Robinson murió sin haberse integrado en las nuevas Repúblicas. La pasión por la verdad y la pasión por la justicia. Las dos proposiciones son inseparables. Simón Rodríguez, esto es, Simón Robinson (el nombre adoptado en los acechos) podría preguntarse, como Kant: “¿Qué debo hacer en estos días?”, “¿Qué puedo esperar?”, “¿Qué sé yo?”. La pobreza universitaria de América Latina es una interrogación dramática. Juan María Alponte: Profesor titular en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, expresá en uno de sus foros con respecto al tema: les aseguro, les advierto que no diré ni una sola palabra del Informe: Ranking Académico de las Universidades del Mundo, publicado todos los años a Simón Robinson. Tampoco al grupo, contado con muy pocos dedos, que acompañó a Simón Bolívar en su muerte, en 1830, en la Quinta San Alejandrino de Santa Marta. Entre ese grupo menor al de los dedos de las dos manos, estaba Agustín Iturbide, el hijo Iturbide. Su madre pidió autorización al gobierno de México para que su hijo pudiera integrarse en el Ejército de Bolívar. El gobierno de México lo autorizó y Bolívar, generoso, comprendiendo la tragedia de la familia Iturbide le incluyó entre sus edecanes. Poco tiempo de esperanza. El tumulto fue la piedra bautismal de una época entera. Lugar 151, la UNAM, la única de México, entre las primeras 200. Al igual que la Universidad de Buenos Aires. Una cosecha mínima que sobrecogería a Simón Rodríguez el Robinson. Pero que no perturba a los académicos, y politicos, latinoamericanas, y todos demagogos de turno…

“La ignorancia es la causa de todos los males que el hombre se hace y hace a otros” Simón Rodríguez.

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