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Aurelio F. Concheso: Liberación cambiaria a paso de Morrocoy

 

Luego de varios meses desojando la margarita, el Gobierno se ha demorado otro mes en tomar una medida tímida de despenalización del cambio libre o paralelo.

Lo ha hecho por la vía tortuosa de un “decreto-ley” sancionado por la Asamblea Nacional Constituyente y el Tribunal Supremo de Justicia cuando, con un simple Convenio Cambiario entre el Poder Ejecutivo y el Banco Central de Venezuela, hubiera sido suficiente para corregir el entuerto que le han producido a la economía nacional 15 años de cambios diferenciales.

La medida tomada ha generado más interrogantes y dudas que respuestas, en cuanto a qué es lo que significa en concreto. De hecho, el día después de la publicación en Gaceta, el Banco Central todavía continuaba con los simulacros de subastas denominadas Dicom, en las que ese ente se limitaba a informar cuál era la tasa mínima a la que se cruzó una que otra minúscula operación entre entes públicos, aunque sin decirles la verdad a los agentes económicos. Sobre todo, acerca del promedio al que se efectúan las operaciones, o la cota máxima de las mismas que todos sospechan que es a la cual se fija otro engendro gubernamental: la tasa Dicom remesas.

No puede uno menos que preguntarse lo siguiente: ¿a qué se debe ese lento ritmo en el avance hacia algo que todo el mundo sabe que es inevitable? Aquí lo inevitable, por supuesto, es una reforma monetaria que, de una vez y por todas, libere a la economía de ese asfixiante cepo que la ha sumido en la hiperinflación más severa que recuerde el Continente Americano.

Valga decir que en lo único que parece haber acuerdo hacia adentro del gabinete económico y el “alto gobierno”, es en mantener firme la instrucción al Banco Central de Venezuela de continuar produciendo dinero electrónico sin respaldo, a un ritmo exponencial.  Para la semana del 27 de julio, según informa la propia autoridad monetaria, el aumento de la liquidez virtual fue de 12% intersemanal, 61% intermensual, y 10.500% interanual.

El Gobierno, por otro lado, mientras más imprime, menos tiene para gastar en términos de valor constante, a la vez que se aproxima a tener prácticamente cero, ahora por dos vías: por la pulverización del valor del bolívar con “dale que te dale” a la maquinita del BCV, y, por si fuera poco, con la exención de impuestos sobre la renta para 2018, nada menos que a la Industria Petrolera.

Ante ese estado de cosas, sólo parecen quedarle tres vías para arbitrar ingresos reales: el aumento del precio de los combustibles; sincerar los precios de los servicios públicos y reprivatizar empresas estatizadas, como Cantv, Sidor, las cementeras, entre otras. Si bien para llegar hasta allí, hay que ligarle a que se reactive la esperanza que motive a alguien que esté dispuesto a pagar por adelantado una parte de lo que algún día valían tales empresas, antes de ser mal administradas durante casi cuatro lustros por manos públicas.

El margen de maniobra, sin embargo, se va reduciendo. Y al no hacérsele frente al colapso con un plan coherente en la secuencia correcta, implementado con rapidez y ampliamente explicado a la población con sus detalles, no es posible esperar para siempre; especialmente, a que las distintas facciones de la coalición gobernante decidan ponerse de acuerdo en cuanto a cómo es que van a apoyar lo inevitable.

Algunos analistas ven las cifras. Y así como hace unos meses nos decían que “todavía” no estábamos en hiperinflación, la nueva verdad revela es que, ahora que estamos en ella, esta situación puede continuar por muchos meses más, sin que haya consecuencias colaterales.

Desde luego, esa manera de ver la situación pareciera darle al gobierno un margen de tiempo para seguir haciendo las cosas mal e implementando los cambios de manera glacial, sin que eso lleve a un punto de quiebre. Y es posible que hasta tengan razón. No obstante, por definición, un fenómeno como el que estamos padeciendo, es decir, un desquiciamiento exponencial de las variables económicas y los precios relativos, no es proclive de resolverse con pañitos calientes, medidas aisladas o programas “graduales”.

Lo cierto es que en lo que se traduce todo eso, es en que, por lo que parece, estamos cerca del momento cuando una reforma integral, veloz y profunda será poco menos que inevitable.

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