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José Ángel Borrego: El rostro de la derrota

 

Ayer (13-08-2018) conocimos una “nueva versión” de Cristina Fernández de Kirchner que antes ni la hubiésemos imaginado. Cuando enfilaba sus pasos hacia ese cadalso que significa un banquillo penal para quien intenta evadir sus delitos, el rostro de la poderosa mujer encarnaba la derrota con todo el peso que puede contener una avalancha nevada sobre la humanidad de un alpinista. Porque Cristina siempre fue y actuó como una escaladora de montañas, por empinadas que fueran. Sus metas parecían no tener límites lo cual no puede uno determinar si lo aprendió ella de su esposo o si por el contrario era ella el pistón del emprendimiento kirchneriano. De lo que no cabe duda es que Cristina, una vez viuda, una vez empoderada y una vez dueña de su país, clavó banderas de su omnipresencia en cada elevada cota que se travesara en su camino, descuidando así su propia seguridad en casi todos los sentidos.

En Argentina vinieron nuevos tiempos y con ellos la versión ajustada a derecho de lo que traduce la Justicia con separación de poderes. Y la otrora traviesa gobernante inició un calvario que no previó porque su arrogancia fue tal que jamás pensó que algún día el kirchnerismo pudiera ser derrotado y que esa derrota, cual quirurgia destructiva pudiera afearle su antes tan bien cuidado rostro. Nos comentaba un amigo psicólogo que la faz de los poderosos deviene de una “cirugía plástica” que practica el poder, aun de manera inconsciente. Porque los poderosos trasmutan hacia la inconsciencia sin percatarse casi de ello. Eso fue y es notorio en Cristina.

Pero no solo es Cristina. También hemos observado esa metamorfosis impactante en dos gobernantes hasta ayer preñados de arrogancia: Donald Trump y Nicolás Maduro. A Trump lo persigue su propio espíritu. Esa sed de protagonismo que no considera saciada aun siendo presidente de la nación más poderosa del planeta. El Twit lo tiene acorralado porque como en USA no puede encadenarse como lo hace “su par” en Venezuela, abusa del artilugio telefónico sin medir consecuencias como la que lo tiene al borde del banquillo. Y Maduro, parece que pudo percatarse el fin de que no es Clark Kent y que ahora debe sospechar que hasta el más “cercano” de sus compañeros de equipo puede portar un trozo de kriptonita.

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