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Wolfgang Gil Lugo: Sobre la historia del magnicidio

 

“Cuando se busca tanto el modo de hacerse temer se encuentra siempre primero el de hacerse odiar”
Montesquieu

Para el año 44 a.C., gracias a sus éxitos militares en la Galia, César ya había sido nombrado dictador vitalicio. Apoyado por las multitudes que lo vitoreaban y los veteranos de guerra, había acumulado todo el poder requerido para avasallar la república. Buena parte del Senado romano venía temiendo los efectos de su ambición. Julio César siempre había declarado, incluso con indignación, que no era su objetivo convertirse en monarca. Ante la amenaza cierta de ver fenecer la república, Bruto y los otros conjurados deciden llevar a cabo el atentado.

En la Divina comedia, Dante encuentra a Bruto en el círculo noveno del infierno, el de los traidores. El poeta pone al mismo Lucifer a masticar su cabeza por toda la eternidad. En cambio, Shakespeare, en su tragedia Julio César, comparte la teoría de que este fue un tirano, razón por la que aporta una imagen distinta de Bruto. Lo muestra como un moralista que se opone al abuso de poder. En resumen, Dante lo describe como un despreciable magnicida, mientras que Shakespeare lo muestra como un héroe. Lo que abre el dilema: ¿magnicidio o tiranicidio?

El magnicidio es el asesinato de una persona de poder. El magnicida forma parte de una conspiración que quiere eliminar a un adversario que obstaculiza sus planes y provocar una conmoción política. En este caso, destacan las muertes violentas de dos presidentes de Estados Unidos, Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy, quienes fueron víctimas de fuerzas retrógradas de su país. El concepto se ha extendido luego a figuras religiosas o artísticas.

El tiranicidio es una palabra que significa darle muerte al tirano. Esto supone que el gobernante ha abandonado su misión para convertirse en un déspota, y, muchas veces, en un criminal. Ejemplos son las ejecuciones sumarias de Benito Mussolini o Nicolae Ceaușescu.

Tiranicidio es un término que proviene de la antigua Grecia. Se aplica la designación de “tiranicidas” a Aristogitón y Harmodio, quienes asesinaron a Hiparco de Atenas. La tradición los considera como héroes y mártires de la libertad.

El tiranicidio colectivo

La idea de la justificación del tiranicidio la encontramos en Fuenteovejuna (1619) de Lope de Vega, obra barroca del Siglo de Oro que destaca por lo subversivo del tema: el pueblo se levanta contra la injusticia y los abusos de poder de los señores feudales. Según Menéndez Pelayo, importante crítico literario español, “no hay obra más democrática en todo el teatro castellano”.

El Comendador Fernán Gómez es un déspota. Pretende aplicar el derecho de pernada a las mujeres de la villa. Una agresión contra la gente que debería proteger. El pueblo, herido en su honor y hastiado de los abusos y ultrajes del poderoso, decide tomar la justicia por su propia mano. Entonces invade el palacio y ejecuta al Comendador en nombre de Fuente Ovejuna y de los Reyes Católicos.

Luego viene un juez para determinar las responsabilidades. Todo el pueblo se hace presente. En el juicio, el magistrado pregunta a los asistentes quién mató al Comendador. Al unísono, todo el pueblo responde: “Fuente Ovejuna, señor”. El culpable es anónimo. Todos fueron y nadie fue. Es imposible determinar la identidad de los responsables directos. El pueblo solicita el perdón real. La obra concluye cuando los Reyes Católicos lo absuelven.

En esta obra teatral, lo más importante es el carácter colectivo del personaje. Es la historia de una comunidad que se alzó contra la opresión. De no ser así, no hubiese sido posible derrotar al Comendador.

El tiranicidio como justicia natural

Fuenteovejuna refleja el pensamiento de los profesores escolásticos que, durante el Siglo de Oro español, enseñaban ética y teología en la Universidad de Salamanca, quienes desarrollaron una doctrina sobre la ley natural y los principios morales.

El jesuita Juan de Mariana, en su obra Sobre el rey y la institución real (1598), considera el tiranicidio como un derecho natural de las personas. En esa obra expone que es deber de todo súbdito atentar contra todo rey que se convierta en tirano. Se consideraba tirano al que disponía de la vida de las personas sin juicio justo, al que usurpaba las propiedades de los súbditos sin su consentimiento, o al que impedía que el pueblo se reuniese en un Parlamento que lo representara.

En la era moderna, tal doctrina influyó en el pensamiento liberal de John Locke y en el pensamiento democrático de Jean-Jacques Rousseau. Según Locke, si el gobernante es obediente a las leyes del Parlamento, no es necesario acudir al tiranicidio. Por su parte, Rousseau reivindica la rebelión basada en la voluntad popular, para deponer al despotismo.

El tiranicidio como terrorismo

Por otra parte, hay autores que nos alertan sobre las posibles distorsiones del concepto de tiranicidio. Albert Camus es uno de ellos. A ese respecto destaca su obra teatral Los justos, estrenada en París, el 15 de diciembre de 1949. La historia gira sobre un grupo de terroristas que quieren subvertir al régimen zarista. Aunque la pieza está basada en un hecho real, Camus está menos interesado en la historia que en la reflexión moral, la cual es muy afín a la que hace Dostoievski en Los endemoniados.

Camus destaca el momento en que el protagonista, el revolucionario Iván Kaliayev, se detiene cuando va a arrojar una bomba sobre el carruaje del Gran Duque. Frena su acción al ver que dos niños van en el vehículo. Son los sobrinos del aristócrata. Le asaltan las dudas morales: ¿Acaso la revolución exige masacrar a los niños? ¿No hay una contradicción entre la revolución y la ética? Estos escrúpulos evitan que arroje el explosivo. Camus pone sobre la mesa el punto de si la lucha por un mundo mejor debe ser ciega ante crímenes horribles.

El tiranicidio como problema ético

En otro libro suyo, El hombre rebelde, explica cómo fue posible tal distorsión. Allí asistimos al proceso que tuvo lugar en el siglo XIX: el desarrollo de la justificación de la violencia para promover cambios políticos radicales. Ante el absurdo existencial, la falta de sentido de la vida, hay dos alternativas: o el suicidio o el asesinato lógico. Este último da origen al terrorismo. La lucha por los ideales de justicia se va degenerando en pasiones hasta arribar al odio político. Autores como Peter Karl Heinzen, con Asesinato y Libertad, y Sergei Nechaiev, con Catecismo del Revolucionario, establecen las virtudes del asesinato político y del terrorismo como medio justificado para destruir el orden existente.

Según el ejemplo de Fuenteovejuna, el tiranicidio es fundado cuando el pueblo se une para eliminar al opresor. Esto supone que hay un acuerdo generalizado y que las evidencias de la tiranía son irrefutables. A esta visión hay que contraponer la de Los Justos de Camus. En este caso, no hay unidad contra el gobernante y son discutibles las evidencias de la existencia de la tiranía. El atentado está condicionado más bien por una ideología que no permite distinguir entre el bien y el mal, pues está dominada por una pasión política. La lucha contra el poder puede estar distorsionada por motivos filotiránicos. Hay que saber distinguir si los llamados al tiranicidio están motivados por razones de odio.

En otras palabras, si bien el tiranicidio parece una solución a un problema político, conlleva un problema ético en sí mismo. Se trata de tomar una vida. Aunque es una afición extendida el fantasear sobre un viaje en el tiempo para liquidar a Hitler, una de las encarnaciones del mal radical, nuestra humanidad depende de la profundidad con que nos cuestionamos la decisión.

 

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