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Willy McKey: Aquel consejo de Cayito Aponte [1938-2018]

 

Al menos para los venezolanos que vivimos el reinado de la televisión abierta, la voz de Cayito Aponte fijó en el imaginario el más popular de nuestros himnos de despedida. Lo hizo desde ese fundacional y poco estudiado animal televisivo que fue Radio Rochela. Se trataba de una canción delirante, con una letra que cuenta cómo la cruzada  se despide cantando bajito y prometiendo volver.

A partir de La risa, el libro donde Henri Bergson reflexiona sobre aquello que nos causa gracia, se entiende que el humor popular siempre se corresponde con dos elementos: el contexto y los referentes de quienes se van a reír. Así que la carrera humorística de Cayito Aponte puede ser de mucha ayuda para preguntarnos cuánto han cambiado nuestras demandas a la risa común, a nuestra manera de reír.

Cayito fue un destacado imitador desde sus apariciones en el auditorio de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV. Su caracterización política más popular fue la de Carlos Andrés Pérez, por encima de otras que correspondían a ministros o personajes de un momento específico de la historia democrática. Aún así, sostenía que sus mayores logros histriónicos y de aceptación popular fueron figuras de otro talante: “Te pongo ejemplos como Aquiles Nazoa, Cantinflas, Arturo Úslar Pietri y Simón Díaz”. Lo explicaba de manera amena, pero pausada. Como quien ya tiene aprendido un método para contarse a sí mismo y sus diferencias: “Yo sé que ahora, cuando la gente se ríe en el Instagram de personajes que nacen de una peluca y el doble sentido, pueda parecerles raro que alguien imitara a Aquiles Nazoa, a Simón Díaz o a Cantinflas en un programa de humor con muchísimo rating, pero es que era tan bueno el humor que hacíamos acá que hasta nos atrevíamos a reírnos homenajeando a unos genios del humor como esos tres. Imagínate tú”.

Bergson defiende la idea de que al analizar la risa del pasado es preciso considerar el contexto del momento que intentamos comprender. Restando las décadas necesarias, a los guionistas que escribían para Cayito los amparaba la posibilidad de ver en Simón Díaz a un cantante folk que sonaba mucho en las radios, a Aquiles Nazoa como un escritor conocido en todas las casas gracias a su libro Humor y Amor, a Mario Moreno como un ejemplo de éxito global cuyas repeticiones lograban alto rating en los canales de televisión de alcance nacional, y a Arturo Úslar Pietri como un escritor reconocido, pero también como el host cultural de un programa de la competencia.

El contexto y los referentes. Así nos hemos distanciado. Y no se trata de un ejercicio de nostalgia, sino de intentar perfilar la historia del humor testimoniada por Cayito Aponte, quien remataba su idea diciendo: “Y no es que yo tenga algo en contra de las pelucas. Aunque a lo mejor parezca envidia (se tanteaba la calva), pero uno debe preguntarse a menudo de qué se ríe, porque ésa es la única manera de saber qué clase de persona eres”.

Y ahí daba la impresión de que no hablaba el humorista. Esa voz, reflexiva y con la autoridad para pasar a explicar cómo es que el Don Juan de Mozart era un contemporáneo del verdadero Casanova, venía del artista que supo moverse en esa síntesis de artes que mejor condensa la idea de lo trágico en lo humano: la ópera.

Vivir con el deseo creativo puesto en la risa y en la lágrima cifró su singularidad. Emilio Lovera, uno de los más importantes humoristas venezolanos que trabajaron junto a Cayito Aponte, cuenta que en un sketch de “El Brujo Birongo”, personaje interpretado por Kiko Mendive, y donde Emilio hacía de su aprendiz Pisabonito, quedó registrada la impronta de Cayito. Al final del sketch, a Kiko Mendive se le olvidó por completo el parlamento con el cual le tocaba desencadenar el remate de la historia. Se los hacía ver a ambos, pero Cayito esperaba a que las dinámicas del arte resolvieran el asunto. “Y yo estaba ahí: un actor cómico joven atrapado entre el asunto caribeño y propio del cabaret de Kiko Mendive y lo metódico del mundo de la ópera de Cayito Aponte. Cayito creía mucho en la comedia, pero cuando estaba en escena traía el rigor de la ópera y del mundo lírico, donde cada quien era responsable de lo que le toca hacer”. La escena se termina resolviendo por un juego propuesto por Emilio, desde su doble papel de aprendriz, saliendo con éxito al incorporar la improvisación y la dramaturgia del actor para salvar la escena. “Y recuerdo que en esos momentos era que yo iba asimilando la figura de actores como Cayito y la necesidad de entender a esa generación como parte importante en lo que hacemos. Un artista de esos que, poco a poco, nos acostumbramos a no ver”.

Cayito se convirtió en un espécimen capaz de resumir, en una eficaz pirueta idiosincrática, aquello que somos: una mezcla entre el pícaro que ha aprendido a reírse del poder con la posibilidad de conquistar retos enormes que requieren tanto talento como preparación. Porque aunque nos parezca que la ópera se equipara con creer que no tenemos otro destino que el trágico (y constante) derrumbe de lo bello, ésa es sólo la parte que corresponde a la ficción.

Y aunque hoy las dos industrias a las cuales perteneció no estén en su mejor momento, Cayito Aponte resume la posibilidad del jodedor que sabe dejar la mamadera-de-gallo a un lado cuando toca llevar adelante una tarea que exija nuestro máximo desempeño.

Quizás en el cementerio no habrá un mar de personas, como hubo en las pompas fúnebres de Alfredo Sadel o en el funeral de Billo Frómeta. Ya lo vivimos con la muerte de Simón Díaz, uno de sus mejores imitados. Quizás nos hemos acostumbrado demasiado al duelo y a las despedidas. Quizás nos hemos convertido en otra cosa.

Cada quien lleva su procesión por dentro: su propio chiste final, su propia aria de ópera, su propio espasmo. Y si hemos resumido el llanto, la risa y la vida en eso, en un espasmo, que hoy el diafragma nos sirva para el canto y para la risa.

Es el antojo que habría tenido quien ahora nos convoca.

Eso sí: después de los novenarios, la repartición de la herencia de su risa y los tributos en blanco y negro, no perdamos de vista su consejo. Vamos a preguntarnos a menudo de qué nos reímos, sin miedo a descubrir qué es eso que somos. Dicen que la risa no sabe dar respuestas, pero pocas veces se equivoca en el diagnóstico.

 

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