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José Ángel Borrego / Réquiem: Adiós a Efraín

 

Para muchos lectores el nombre dirá muy poco. Nosotros que tuvimos el honor y el placer de disfrutar de su amistad, fraterna, honesta y de muy larga data, pese a que ya él había superado la barrera de los 80 años, nos sorprendimos del súbito final de su jornada en este lar terreno. Porque hasta hace pocos días lo vimos, compartimos un café y programamos tomarnos un par de whiskies. Pero así es la naturaleza y así es Dios. Efraín tal vez no lo haya expresado taxativamente, pero el desconcierto por su suerte tan repentinamente conocida debe haberlo apabullado más allá de cualquier comprensión que podamos intentar.

Porque en un  reciente día cualquiera, sintió un -según él- un leve dolor en el costado abdominal y al ser examinado por un médico de su familia, se detectó una dolencia en etapa terminal. Desde luego que se aplicaron terapias cónsonas con tan inoportuna calamidad, pero como nos comentó por vía telefónica, estaba preparado para lo peor. Su yo íntimo le advertía del irrevocable designio de Dios. Efraín era un hombre dado a ser reflexivo. A Introducirse dentro de sus propias cavilaciones y extraer de ellas sabias deducciones siempre enmarcadas en la prudencia y en el amor hacia el prójimo y el respeto hacia toda manifestación humana. En la rectitud.

Si algo nos hubiera distanciado en algún momento en los más de 30 años que nos conocimos y compartimos tantos buenos momentos, habríamos seguido amando su forma de ser, porque por encima de todo, Efraín amaba a sus hijas. Las amaba con una vehemencia tal que emocionaba al más insensible. Y ese amor tan emotivo y tan paterno, dibujó en Efraín la imagen de ese padre que no prolifera en el mundo, en donde tropezamos con cada barbaridad imposible de creer. En nuestro yo interior existe el máximo reconocimiento para los hombres que aman a sus hijos, que no son tantos como deberían ser.

Hoy (17-08-2018) Efraín descenderá a su última morada, convertido en cenizas (cremado) porque así decidió esto último. Su figura humana quedó reflejada en el ataúd que lo alojó en ese interín previo. Y su vigencia moral, ética y espiritual no será relegada al olvido. Su magia culinaria (porque Efraín será por encima de todo un gran cocinero, como él le gustaba ser identificado) tampoco será olvidada. Sus exquisitos platos entre los que destacaban el chucho y venado en pisillo, la lapa, pastel de rabo de res (de su invectiva) y tantas otras exquisiteces de tierra, mar y aire, por irrepetibles, quedarán como el blasón inolvidable de Efraín Villarroel.

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