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León Moraria: La iglesia caca

 

Por fin el hedor llegó a la nariz del Papa y le dio el calificativo exacto: “caca”, inmundicia. A los niños para que no toquen alguna cosa, se les dice “caca”. La sodomía (perversión sexual contra natura) está presente en los 2000 años de historia del cristianismo, cuyos modelos a imitar son los personajes de La Biblia, ese tratado de perversión escrito por Dios, en el cual narra las leyendas y perversidades del “pueblo escogido”. En el “Libro de los Reyes”, se narran los crímenes, atracos, violaciones del rey David – modelo cristiano – y sus 400 bandidos. La historia de crímenes de la Iglesia llena estantes de bibliotecas, narrada por numerosos autores, entre los más recientes figuran: Karlheinz Deschner [1], y Fernando Vallejo con su recopilación biográfica de la obscena concupiscencia de los papas.

El hedor a caca del cristianismo está presente en todas sus sectas, tanto católicas como evangélicas. Clérigos y pastores pederastas cometen sus perversiones sexuales contra natura: primero por el silencio cómplice de sus feligreses; segundo, la connivencia de la jerarquía eclesiástica desde el obispo, al cardenal y el propio Papa; y en tercer lugar las autoridades civiles, como creyentes respetuosos guardan silencio ante el crimen de los “venerados” curas y pastores.

En Tovar, tuvimos una experiencia muy aleccionadora en la denuncia de estos delincuentes que ocultan sus fechorías bajo el manto de la creencia, que los hace intocables (ensotanados). El pueblo, abusado por las fechorías de los curas párrocos, convocó a una Asamblea (1968), en el local del colegio de monjas, La Presentación. Se invitó al arzobispo interino Roa Pérez (por fallecimiento de monseñor Pulido Méndez). El local estaba colmado por la asistencia. La Asamblea me propuso para director del debate. Roa Pérez consideró que el tema propuesto no sería tratado en público, ordenó disolver la Asamblea e invitó a quienes tuvieran algo que decir sobre el tema propuesto – “depravación de los curas párrocos” – pasar a un salón privado. Trece personas de la Asamblea nos reunimos con el arzobispo y a puerta cerrada, desde las 8 de la noche hasta las 2 de la madrugada, uno a uno, los asistentes contaron su versión de los hechos en el lenguaje más crudo, descarnado y grotesco que jamás volví a oír en toda mi vida. La intervención más comedida y respetuosa fue la mía, por cuanto la referí al tema doctrinario y el irrespeto a la creencia de los feligreses en los sermones, basado en los comentarios que hacia mi madre luego de las misas. Roa Pérez oyó la diatriba contra los párrocos sin inmutarse, y tomó la decisión – “O cesan en sus fechorías o cuelgan los hábitos”. Un párroco colgó los hábitos, el otro se sometió a la decisión del obispo, lo mudó de parroquia. ¿Qué ocurrió? El cura que vino a sustituir a uno de los párrocos, años más tarde, fue acusado de pederastia y mudado de parroquia para que continuara en otro sitio con sus depravaciones. Años más tarde, me topé con monseñor Roa Pérez cuando tomábamos el avión en Mérida, yo a Barquisimeto y él seguía a Caracas. Durante el vuelo de media hora, conversamos. Vino a colación lo de la Asamblea de feligreses en Tovar y el arzobispo me confesó – “El clero más corrupto de Venezuela está en Mérida”. Esa relación con el obispo Roa Pérez se había fortalecido, por cuanto los párrocos sancionados en Tovar, a espaldas del obispo habían convocado a una gran asamblea del pueblo cristiano para desagravio y entre sus planes estaba quemar las casas de los herejes (comunistas y espiritistas de la “Catedra Universal”, en Tovar muy numerosa). Con Agustín Pulido, sobrino de Monseñor Pulido Méndez, solicitamos una entrevista a Roa Pérez. Nos recibió en el palacio arzobispal a las 7 de la mañana. Le presentamos la cinta magnetofónica con las grabaciones del mensaje que se transmitía por la emisora local. Roa Pérez no tenía ni la más mínima noticia de la convocatoria que se estaba haciendo a sus espaldas y sin su autorización. Nos pidió guardáramos silencio, para él actuar. El día de la asamblea se trasladó de Mérida a Tovar, detuvo el vehículo en la vía, sintonizó la emisora, esperó llegara el comienzo del acto, y en ese instante se apareció en la tribuna ante el asombro de los párrocos rebeldes. Saludó a la multitud reunida, les dio las gracias por la asistencia, la demostración de fe cristiana, y disolvió la asamblea. En esa oportunidad nos salvamos de morir en la hoguera como en el tiempo de los Actos Sacramentales de la Edad Media (quema de herejes).

De manera que la caca de la Iglesia hiede desde tiempo inmemorial. Forma parte de su quehacer cotidiano. Persiste por la complicidad de la jerarquía católica y de las autoridades civiles, a lo cual se une la complacencia, por ejemplo, de Juan Pablo II con el cura Maciel, el pederasta mejicano, fundador de los Legionarios de Cristo, con un amplio expediente de violación sexual de menores. A Juan Pablo II no le llegó a la nariz el hedor y actuaba como el gato que oculta bajo la alfombra sus excrementos. La pederastia está, tanto en el cura secular, como en el de clausura; el arzobispo (Australia); el cardenal (Washington). Recorre el continente desde Chile a México; Boston (arquidiócesis en ruina económica por los millones que ha debido pagar a las víctimas); 70 años de pederastia en Pensilvania con más de 10.000 niños sodomizados; en Canadá idéntica denuncia; y esta semana la prensa se hace eco de la pederastia en la catolicísima Irlanda, con motivo de la visita del Papa. A los pederastas católicos se une la larga lista de pastores de las numerosísimas sectas evangélicas. A pesar de tanta caca, esta sociedad pacata y pusilánime erige como modelo y mediadora en los conflictos a la jerarquía católica, en Colombia, Nicaragua, Venezuela. ¿Qué autoridad moral pueden tener estos jerarcas católicos, que miran el ojo ajeno, pero, nunca la viga en el propio? ¡Hipócritas y fariseos!

Sólo el laicismo nos hará libres.

[1] Karlheinz Deschner, Historia criminal del cristianismo, 10 volúmenes.

Fernando Vallejo, La Puta de Babilonia, Editorial Planeta 2007.

León Moraria, Creencia y Barbarie. Editorial Libros en Red, Buenos Aires, 2011.

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