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Manuel Taibo: Con su clarividencia, nunca podrán vivir entre el pueblo

 

Y así compromete sus intenciones “nobles” por una salvaje pretensión de querer tener razón siempre, para lo cual ninguna exageración le parece demasiado, ni ningún engaño, demasiado burdo. Por ninguna aventurada celestial queremos cambiar la deliciosa plenitud de nuestra existencia de hoy, ni aun a trueque de una simplicidad de la vida. Por todo eso, la burguesía ha colocado todo el montón de las teorías sociales en el estante, pero apartándolas definidamente del pueblo.

Evidentemente, “la fraternidad con el pueblo”, pero nunca se convertirá en pueblo; la fuerza de voluntad, por caprichosa que sea, no basta para cumplir el deseo de descender hasta el pueblo; que no nace del amor innato y de la sangre, sino de una necesidad del alma. El podrá vivir obscura y toscamente como si fuera un campesino, pero nunca podrá sustituir su espíritu de burgués por el espíritu del pueblo trabajador; nunca podrá injertar, dentro de su ser, el alma estrecha de un campesino en su alma amplia y universal, y nunca podrá forzar a su espíritu, ansioso de la verdad, aceptar la confusa credulidad ciega de un labrador. No basta echarse de cabeza y rezar como Verlaine: “Mon Dieu, donnez-moi de la simplicité”, para que la espiga de la sumisión nazca por ello en el pecho. Lo primero es ser y llegar a ser lo que se quiere ser: ni la fraternidad con el pueblo, por medio del misterio de la compasión; ni un acallamiento de la conciencia por la religiosidad, pueden sentirse, de pronto, en el fondo del pecho como si fuera un contacto eléctrico. Fácil es vestirse de campesino, beber ron; todas esas formas exteriores pueden hacerse como si fuera un juego, pero lo que ya no es posible es ahogar el espíritu y apagar, cuando a uno se le antoje, la llama del pensamiento como si fuera la de una bujía. Esa fuerza del espíritu es innata, invariable, es la belleza y fatalidad de todo hombre; es superior a la fuerza de voluntad y, por tanto, está por encima de sus fuerzas, y tanto más altas e impetuosas se levantan sus llamaradas, cuando más amenazada se ve en su misteriosa misión de iluminar. Pues no se avanza ni una sola pulgada hacia la simplicidad por medio de un esfuerzo de voluntad, como no se avanza en espiritualidad por ningún juego o gimnasia espiritualidad.

Nunca nadie, ni aun el mismo pueblo, han podido tomarle por uno de ellos, a pesar de que se vistiera como ellos y aceptara exteriormente su vida. Nunca el mundo ha podido comprender esa su transformación más que como un disfraz. Su cristianismo se presenta con fanfarria, su humildad se pavonea, y quien tenga los oídos finos percibe, en lo exagerado de su humillación. De todas formas, esa humildad no se expresa humildemente, al contrario, no se puede imaginar nada más pasional que esa lucha ascética contra la pasión; apenas se ha encendido una chispita de fe en su pecho ya quiere, impaciente, encender con ella a todo el pueblo, al igual que aquellos Mantuanos que, apenas hubieron mojado su cabeza con el agua del bautismo, tomaron su hacha y partieron para castigar, a sangre y fuego, al pueblo que aún no se habían convertido. Si la fe significa una paz en el Señor, y el cristianismo, una vida de renunciación, ese impaciente no fue nunca un creyente sumiso, ni aun con su pasión, y su inquietud no pudo llamarse cristiano. Sólo puede ser llamado creyente, si se conviene en llamar Religión el ansia de religiosidad y Cristianismo el anhelo por llegar a Dios.

Pero la crisis actual se eleva simbólicamente por encima de su individualidad como memorable ejemplo, y ello es debido precisamente a eso, a que fue algo a medias, algo que no se logró completamente; de ahí que el ejemplo de que no es dado a los hombres, por voluntad que tengan, cambiar la forma de su ser, su esencia, ni por un acto de energía convertirse en lo contrario de lo que son en realidad. Nuestra forma de vida es susceptible de mejoramiento, de refinamiento, de pulimento, y posible es también ir elevándonos en moralidad, en ética a fuerza de trabajo, pero nunca podremos cambiar las líneas fundamentales de nuestro carácter y volvernos a edificar de nuevo en otra forma, empleando nuestra misma carne y nuestro mismo espíritu. De voluntad gigantesca, el poderoso, el contemplador nihilista del mundo, el hombre “cuyos ojos lanzan destellos apenas se le contradice”, se haya convertido nunca realmente, a pesar de su aparente y forzada conversión, en un cristiano bondadoso, suave, amante y social, en un siervo del Señor, en un hermano de sus hermanos.

Pero la crisis se eleva por encima de su individualidad como ejemplo, y ello es debido precisamente a eso, a que fué algo a medias, algo que no se logró completamente; de ahí que el ejemplo de que no es dado a la burguesía, por voluntad que tengan, cambiar la forma de su ser, su esencia, ni por un acto de energía convertirse en lo contrario de lo que son en realidad. La forma de vida es susceptible de mejoramiento de refinamiento, de pulimento, y posible es también ir elevándonos en moralidad, en ética a fuerza de trabajo, pero nunca podremos cambiar las líneas fundamentales de nuestro carácter y volvemos a edificar de nuevo nuestro espíritu.

Eduardo Galeano: Días y noches de amor y de guerra.

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