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Rafael A. García: ¿Hay Partidos Progresistas en el País?

 

La caída del muro de Berlín hundió al socialismo de Estado, y a ciertos tipos de sociedades autoritarias, pero ha terminado por liquidar al resto de la izquierda europea. “La socialdemocracia a su interior sonreía pensando que desaparecería un adversario estratégico”. Grave error porque ahora solo quedan partidos de derecha, de centro derecha y de centro izquierda”, todos ellos dedicados diligentemente a “gestionar el capitalismo-financiero, a hacerlo eficiente”. Y el rechazo a estas posiciones se ha reducido en “fuerzas fundamentalistas, nacionalistas y antiinmigrantes”.  Observamos con pena como Zapatero en España y ahora Pedro Sánchez, y Obama en EE UU, en el pasado reciente supuestos gobernantes de la izquierda democrática, fueron obligados a tranquilizar los mercados financieros”

Una Visión…

Los partidos siguen siendo las organizaciones político-sociales que resumen la mejor forma de integración y representación de la voluntad de los ciudadanos en las democracias modernas, pese a todas las críticas y evidentes fracasos. Partidos y organizaciones políticas son un imperativo para las democracias. Ellas requieren de partidos políticos fuertes, sólidos y programáticos. A ellos les tocan por un largo tramo el rol de intermediarios entre la sociedad en su conjunto y el Estado, deben estar enraizados en la familia, representando los intereses más variados y complejos de sus concernientes sociedades. Procesos y movimientos políticos alternativos a los partidos pueden ser inevitables en ciertos ciclos de complejidad histórica pero, a largo plazo, debilitan los elementos constitutivos del intento de reforzar la tarea de las democracias, que es el fin tan ambicionado por todos.

Un análisis descarnado sobre el actual estado de los partidos políticos en el país nos traza algunas interrogantes: ¿qué clase de partidos u organizaciones políticas se necesitan?, ¿cómo establecer sus niveles de democracia interna y externa? ¿Desde donde se puedan evaluar a estos referentes políticos?, ¿cómo son asumidas estas organizaciones políticas por la sociedad actual?, (léase hemos observado en los eventos recientes con asombro el nivel de recelo frente a ellos de los jóvenes estudiantes), ¿cómo se modernizaran los cuadros políticos y las ofertas programáticas para que vayan más allá de la asfixiante coyuntura política y/o electoral? Por otro lado: ¿cómo se explica la dispersión política actual, la división, las deserciones, y la fragmentación de las organizaciones?

En algunos países de América Latina, los partidos políticos casi han desaparecido. En otros, se encuentran en un sopor permanente, o se debaten en un mar de corrupción y del extravío de la intuición para el abordaje le la complejidad político-social, vienen siendo desalojados por liderazgos personalistas, mediáticos o caudillismos mesiánicos. Esta situación no escapa a la apreciación de la ciudadanía, según lo señalan estudios de opinión pública realizados tanto a nivel nacional como regional, los cuales ubican a la política y a los partidos políticos en los índices más bajos de aceptación social. En todo caso, el tipo de preguntas que suelen aplicarse en esas indagaciones confirman algunas tendencias a situarlos como apéndices casi ajenos a la sociedad. Una de las grandes dificultades consiste precisamente en entender el éxito o el fracaso de los partidos como parte de la expresión de las realidades sociopolíticas. Esta premisa es básica para aproximarnos al escrutinio de los mismos.

Una de las interpretaciones presente, que nos convoca a acercarnos a este llamado de sectores autodenominados progresistas, nos entronca con los análisis de otros países que es la pérdida de identidad de izquierda de los propios partidos que ostentan ese nombre. (Sinopsis de la reflexión de la Fundación Friedrich Eber y compilado por los investigadores, Yesko Quiroga y Jaime Ensigna).

Investigaciones similares se realizaron en el caso de Brasil. El denso estudio de Iole Ilíada López muestra que la legitimidad de una propuesta de izquierda debería verse reforzada por una premisa mundial donde la “muerte de la dictadura del mercado” (en palabras de Sarkozy) se corresponda con una revalorización de la política. Sin embargo, esta distintiva dinámica encuentra a una izquierda debilitada por el colapso del socialismo real; adaptada al orden vigente (resignada a la imposibilidad de superarlo); y en algunos casos, ella misma protagonista de la implantación de un orden neoliberal. En palabras de Iole, y utilizando una expresión de Saramago: quien consiga interpretar mejor lo que está pasando y formule las mejores salidas políticas para la construcción de un nuevo orden alternativo, podrá responder más adecuadamente a la pregunta: ¿dónde está la izquierda?

Pero no son sólo las fragilidades de la izquierda afectan su legitimidad como portadora de un proyecto histórico alternativo. Lo son también los cambios en la estructura social que redujeron el poder de movilización y organización de los movimientos populares, al tiempo que aumentaron la pobreza y la desigualdad que refuerza el pensamiento conservador. Todo ello ha tenido un devastador impacto sobre la credibilidad de la política misma y su capacidad para transformar la sociedad.

En Venezuela la situación no es diferente. De hecho las fuerzas populares y progresistas enfrentan el “problema de la construcción de una subjetividad política organizada” capaz de articular una voluntad de cambio “desde abajo” con “la existencia de una difusa demanda de nuevos rumbos en una sociedad que colocó en interrogación su propia continuidad como comunidad política”.

Pero no son sólo las debilidades de la izquierda las que alteran su legitimidad como portadora de un proyecto histórico alternativo. Lo son también los cambios en la estructura social que por la vía de la coaptación (véase caso Venezuela) de quienes con vasto apoyo popular, en una paradoja comienzan a reducir el poder de movilización y organización de los movimientos populares, al tiempo que aumenta la pobreza y la desigualdad reforzando en el país el pensamiento conservador. Todo esto ha impactado sobre la fe de la política misma y su capacidad para transformar la sociedad.

El riesgo es la indiferenciación ideológica (como se deduce de la experiencia europea de gobiernos “socialdemócratas” que más parecen haber alimentado a las derechas que reproducido y ampliado las posibilidades de la propia izquierda) y por ello la tesis del programa y la ideología se constituye en un argumento central.

En su trabajo sobre Argentina, Mocca ha señalado: “la política de la que el progresismo tiene que hacerse cargo no es la de la administración meticulosa y burocrática de una “cosa pública” preestablecida, sino de sujetos capaces de construirla, expresar las diferencias y generar rumbos”. Por oposición, en el caso argentino la situación fluctúa, según él, entre “situaciones de consenso generalizado en las que todos los actores parecen querer lo mismo y discuten la forma de llevar eso que quieren a la práctica, a explosiones inorgánicas de conflictos muchas veces planteados en términos inconciliables y terminales”. Ello genera un clima antipolítico y la indiferenciación ideológica que mina sordamente la legitimidad de los partidos.

Pero, ¿cuáles serían los componentes centrales en el país de un proyecto progresista? De acuerdo al análisis clásico de los autores concurrirían dispositivos medulares: tales como la recuperación de la soberanía nacional, la ampliación de la democracia y el restablecimiento del Estado, así como la definición de “reformas estructurales que combinen crecimiento económico con transferencia de riqueza, ingresos y poder para los trabajadores los  jóvenes y los sectores medios”.

El desafío de la construcción de una fuerza progresista o de izquierda democrática, capaz de convertir el impulso de estrategias alternativas al modelo liberal, como a la izquierda anacrónica en una acción política consistente y duradera, enfrenta enormes complejidades. Existe una difundida coincidencia tanto en la teoría como entre los propios actores políticos acerca de la pérdida de liderazgo de los partidos políticos en las sociedades democráticas contemporáneas.

La erosión de las grandes identidades sociales que soportaron los cambios en la organización de la producción; el debilitamiento de las capacidades de los estados nacionales en el contexto de la globalización; el nuevo clima cultural signado por el individualismo y la creciente incertidumbre; el territorio social esencial alcanzado por los medios masivos de comunicación; y, por fin, el desmoronamiento del mundo de la guerra fría, con el consiguiente final de alineamientos en torno a dos grandes polos ideológicos; constituyen el ambiente en el que se han diluido los grandes partidos de masa y se ha transfigurado en general el rol de los partidos en la democracia.

Esta afirmación tendría que enmarcarse en un debate que podría ser histórico en nuestro país, acerca de qué es lo que entendemos por una fuerza de izquierda. “El mundo teórico y político ha adoptado mayoritariamente la definición de Norberto Bobbio según la cual el proyecto de igualdad es la “estrella polar” de la izquierda. En tanto que para la derecha, las desigualdades y el espacio para su libre manifestación son la condición para la competencia económica, siendo ésta sustancial para el progreso de las sociedades. La izquierda, a su vez, considera trascendente un cuerpo de derechos económicos, políticos, culturales y sociales sin los cuales es inconcebible la vida en común y mucho menos la democracia”.

Para que esta definición no quede suspendida en el vacío de los recintos teóricos al margen de la historia, hay que incorporarle el hecho de que esa complejidad valorativa tomó cuerpo históricamente a través de actores sociales y de formas político-estatales concretas. Fueron los grandes partidos socialistas y socialdemócratas expresivos de grandes masas de trabajadores, los que constituyeron el soporte político del estado democrático-social europeo de la segunda posguerra; seguramente el más alto logro real de las fuerzas de izquierda. Es decir, ella como presupuesto es algo más que una declaración de principios subjetiva, favorable al establecimiento de condiciones igualitarias: es la historia viva de fuerzas sociales que han hecho suya esa reivindicación y la han convertido en una presencia ineludible en las sociedades democráticas. Entonces, no es suficiente buscar a la izquierda en programas y declaraciones. Solamente puede encontrársela con todas sus insuficiencias y contradicciones en la historia de las luchas de un pueblo.

En suma, puede hablarse de una variedad de actitudes y relaciones para con el gobierno, por parte de las organizaciones sociales populares. Sin embargo, hay que poner de relieve dos cuestiones importantes: la primera, es que los 15 años de el régimen chavista mas allá se sus exiguos logros han sido de activación de los sectores populares, después de más de unas décadas en la que estos ocupaban espacios fronterizos en nuestra realidad política a; la segunda es que, en correspondencia, se ha creado una dinámica de relaciones entre actores sociales y Estado totalmente antagónica a la que primó en los años anteriores. La realidad de este tiempo y específicamente la de los últimos meses, señala la extraordinaria importancia de esta cuestión.

La crisis de 1998 significó un grave deterioro de las mediaciones institucionales, particularmente de los partidos políticos. En esas condiciones han proliferado iniciativas de “autoconvocatoria” en distintos sectores sociales. Es decir, movilizaciones de colectivos sociales al margen de toda mediación orgánica.

El principal déficit de la política y los nuestros políticos está en la manifiesta incapacidad mostrada para establecer proyectos y metas políticas alternativas claramente formuladas. La participación ciudadana en política suele estar movilizada por la sensación de que está en juego algo indiscutiblemente importante, que no concierne a todos. Durante los últimos meses vivimos una etapa de convulsionada activación política con pocos antecedentes cercanos. Aliados y opositores a las políticas, en materia de inseguridad, servicios públicos, abastecimiento, corrupción, en conclusión una severa crisis económica asociada al tratamiento arrogante represivo frente a las protestas estudiantiles impulsadas por el gobierno, que además revelo que se les resienten las calles que se enunciaron de una u otra manera. Pero hay que destacar el hecho de que el conflicto solo ha girado en torno a dirigentes estudiantiles y una que otra figura y que los partidos políticos aparecieran en un plano secundario, desnuda con crudeza el problema de ausencias de los mismos.

Nuestra escena política oscila desde situaciones de búsqueda de consenso general, en las que todos los “actores” parecen querer lo mismo y contienden por la forma de llevarse a cabo, hasta la práctica de estallidos y conflictos, planteados muchas veces en términos irreconciliables y extremos. Ese oscilar particularmente en su fase intensa y polar tiene un efecto devastador por la vulnerabilidad del sistema político y tienden a bloquear las salidas a un ya recurrente clima de ingobernabilidad.

En distintas voces, estamos diciendo que la política de partidos está haciendo falta, y es el gran desafío del progresismo que apuesta hacerse cargo.

El sistema de partidos del Dios nuestro de cada día sigue careciendo de ese clivaje ordenador y mensajero de sentido. Sin embargo, es necesario reconocer que el descamino del  gobierno fue y es un aporte importante en la dirección de donde debe apuntar con claridad una propuesta programática. La intuición nos enseña que en el país y en la región (y creemos que en todo el mundo) se están modificando certezas que abarcaron más de tres décadas desde que progresivamente el capitalismo fordista y keynesiano de la segunda posguerra fue desplazado por la globalización neoliberal hegemonizada por el capital financiero y es uno de los méritos indiscutible del Chavismo. No sabemos si razonablemente esa intuición fue inicialmente acompañada por el impulso de un reagrupamiento de fuerzas políticas entre ellas las conservadoras que atacaron ferozmente a los partidos, disolviendo la poca o mucha civilidad que residía en ellos, esos factores podrían ser genéricamente  llamados “tardo-desarrollistas”.

Una gran prueba que deberán rendir los partidos populares en nuestra región y con especial énfasis en el país es la de exigir mas allá de la retórica aferente la articulación de sus políticas para la reducción de los daños sociales que ya soportan los países latinoamericanos y especialmente en el nuestro. El MERCOSUR, la UNASUR el CELAC y otras instancias integradoras y cooperativas deberán ser actores medulares para establecer el modo de  avanzar con fuerza en el concierto mundial. Preciso será franquear todos los riesgos que tiene el contexto, pero también es cierto que las grandes fuerzas políticas que dieron giro copernicano a la historia surgieron y se desplegaron en tiempos turbulentos. Existen muchos indicios de que no estamos ante una tormenta pasajera sino ante un cambio épocal, cara la declinación de un modo de desarrollo capitalismo-financiero que no consiste solamente en las reglas del funcionamiento económico sino en una cultura de las relaciones humanas y de las relaciones con el entorno natural.

La izquierda en su vertiente progresista tiene sentido porque presupone siempre un proyecto transformador. Y la época está exigiendo un proyecto de cambio evolutivo. No lo encontraremos en los dogmas ya transitados y malogrados. No estamos obligados a  buscarlo tampoco en la exclusividad de una tradición o de una identidad polític específica. Son tiempos de aprendizaje intelectual e espiritual, de arrojo y de creatividad. En la lastimada República Bolivariana de Venezuela, tenemos que constituir un nuevo sujeto político de izquierda democrática en tiempos de enormes transformaciones a escala nacional, regional y mundial.

“Cuando más aumenta nuestro conocimiento, más se desarrolla nuestra ignorancia” John F. Kennedy.

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