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Pedro R. García: ¿Se demarco la filosofía de su misión de proponer un nuevo relato a la sociedad?

 

“La Universidad se ha quedado sin iniciativa la orfandad teórica ha modificado la historia o la crítica a la modernidad, sentencia Javier Gomá, en una de sus ultimas publicaciones intitulada, Necesario pero Imposible, (Taurus, 2013, Teatrología de la ejemplaridad)”. Después de haber analizado y profundizado el texto vamos a intentar un relato ambicionando hacer ciertas observaciones sobre el mismo.

Una acotación necesaria…

La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es erudición del ideal: excelencia del conocimiento virtuoso de la realidad, de una sociedad justa, de la belleza, del ser. En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), pretende un repaso histórico urgente abordando a Platón, que localizó en su maestro, Sócrates, la encarnación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son intelectuales del ideal y justamente eso concibe la grandeza de su pensamiento y la lectura de sus textos eternamente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que a partir de esta asimilación ansío insistir. La filosofía como la ciencia, sus herramientas de trabajo son los conceptos. Pero las significaciones de las ciencias empíricas son confirmadas en los laboratorios o los experimentos. En cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas ejemplo de Platón. Si volvemos a el una y otra vez no se debe a que la verdad de su filosofía haya sido validada experimentalmente sino a que su lectura sigue siendo de algún modo reveladora. En esto la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de inclinar, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos elocuentes para conmover al lector y captar su aquiescencia. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el ensayista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que confecciona un relato indiscutible aunque inverificable para el lector. El filósofo produce textos que han de persuadir, de seducir, y en este punto, no se diferencia en nada del literato Esta función argumentativa de la filosofía es algo que, por adversidad, ha ido arrojando a la indiferencia la filosofía contemporánea acaso por la insubstancial molestia de querer parecerse a la ciencia. Dos de últimos libros de filosofía realmente influyentes, Teoría de la justicia de Rawls (1971) y Teoría de la acción comunicativa de Habermas (1981), son ambos piezas literariamente muy astringentes, áridas, técnicas, secas y demasiado prolijas, que reclaman un lector especializado y muy paciente dispuesto a acompañar al autor en todos las somníferas sinuosidades treguas que anteceden a las conclusiones, ciertamente susceptibles de ser presentadas con mayor claridad, brevedad y atractivo. Lejos quedan los tiempos en que los filósofos Russell, Sartre merecían el premio Nobel de Literatura. Un genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de muchos elementos complejos y aun contrapuestos. Además, debería estar dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un contexto histórico delimitado, siempre pretende tener validez para todos los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede relativizado por otros ulteriores de signo diferente. Por último, el ideal no describe la realidad tal como es, ése es obligación de las ciencias sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión superior de lo humano que despierta en quien la contempla una aspiración natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su falta de superación histórico-social por razones que pueden ser accidentales. La tesis aquí defendida por Javier Gomá quien señala:  “que, en los últimos treinta años, la filosofía contemporánea se ha alejado de su misión de formular un ideal a la sociedad de su tiempo, al ciudadano de la época democrática de la cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de la filosofía, la universidad, ha quedado sin iniciativa en estas tres últimas décadas. La lúcida universidad alemana, antes a la vanguardia del pensamiento europeo y germen incesante de nuevos sistemas filosóficos, ha dado muestras alarmantes de desgaste de su creatividad. La fortaleza de la filosofía académica francesa o italiana se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento, cultivados por muchos académicos domesticados y doblados en el rol de divulgadores o por periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad económica, política, social, moral o sentimental, a propósito confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario, no educado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo simplificante generalista y la gran industria editorial, alerta a explotar a escala general la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio”. En esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la cultura, la industria editorial de Estados Unidos en esta dinámica ha sido precursora y asombrosamente poderosa; aún más marcada que en Europa la separación entre la sociedad y universidad, la cual, luce confinada en su campus, propendiendo al especialismo extremo. En lo que filosofía se refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo en un giro que denunció Allan Bloom en su resonante (The Closing of American Mind, 1987) por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento. En ausencia de filosofía, lo que con el nombre de ella topamos en estos últimos treinta años se concierta  con una variedad de formas inapreciables que serían estimables y aun encomiables si custodiaran a la forma mayor pero que, sin el marco comprensivo universal que únicamente ésta aporta, acusan la carencia de una sorprendente orfandad teórica. La primera de estas formas se hayaría representada por la filosofía que hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la cambian por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta, mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo substituto de filosofar. Es filosofía, incluso humana filosofía, pero no una trascendente filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y normativa, de una imagen del mundo completa y indisoluble. En el ámbito académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como hicieron los clásicos del pensamiento, sólo, precisamente, a través de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber pensado. Todo está ya escrito, no hay realmente algo nuevo que decir. No se trata ya de hablar de la substancia, sino sólo de libros que hablaron de ella: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin. Esta aproximación revisionista se torna programa “posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy yenan los anaqueles de las bibliotecas universitarias tanto como escasean en las bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis, el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el postcolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la abundante bibliografía de Peter Sloterlijk. La consciencia nos hace libres, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general cercana a esta forma de filosofía y a veces indistinguible de ella estaría esa literatura, hoy todo un género, que pronuncia una solemne sentencia condenatoria contra la modernidad en su conjunto. Como es evidente que la sociedad democrática, al menos en el último medio siglo, ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano sin parangón con tiempos anteriores, la actual filosofía hermenéutica heredera de Nietzsche-Heidegger, por un lado, o aquella de raíz marxista en la estela de Dialéctica de la Ilustración de Adorno-Horkheimer, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, por otro, creen adivinar unos fundamentos ideológicos ocultos que estarían perturbando taimadamente al ciudadano sin que éste lo supiera y, contra todas las apariencias, restituyéndolo a la antigua condición de súbdito. El Holocausto judío es traído al centro de la meditación filosófica como prueba del fracaso definitivo del proyecto moderno y hay quien como Giorgio Agamben en su trilogía Homo sacer se atreve incluso a proponer el campo de concentración nazi como paradigma del espíritu de las democracias contemporáneas. En el delata esta impugnación total de la modernidad donde desembocan por igual, afluentes procedentes de la derecha y la izquierda, hermeneuta como Gianni Vatimo, fundador del “pensamiento débil”, y críticos posmarxistas de las ideologías como Antonio Negri, autor (con M. Hardt, de Imperio (2000). No raramente, la crítica a la modernidad adopta la modalidad de denuncia de un sistema capitalista que convertiría al ciudadano en consumidor enajenado, mayormente por culpa de las multinacionales, cuyas estrategias de dominación analiza Naomi Klein en (No logo 2000). Escritos antisistema del prestigioso lingüista Noam Chomsky alimentan de contenido panfletos y libelos producidos por activistas y movimientos antiglobalización, algunos de gran difusión. A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Baumann) o una sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres (Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock, Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992); también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o Judith Butler han yevado a una segunda madurez. El vacío dejado por la filosofía y por sus propuestas de sentido para la experiencia individual es ocupado ahora por ensayos de corte existencialista de un estilo muy francés: Luc Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Omfray, Comte, Sponville. En una línea cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio. Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido, a veces, en nombre de una utopía, la tesis era que en estos últimos treinta años no ha habido gran filosofía por la deserción de su misión histórica consistente en proponer un ideal. Varios factores culturales parecen haber conspirado para causar este resultado deficitario. Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en la obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los yamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, postindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo. La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo. Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático hacerlo además de una buen manera.

“Solo los espíritus agrietados poseen aberturas al más allá”.

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