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Rafael del Naranco: Los niños de las guerras

 

La noticia perturba: miles de menores han desaparecido en su largo peregrinar huyendo de las guerras en Siria,  Somalia y los conflictos africanos camino a Europa. En medio una pregunta  enigmática: ¿Cómo desaparecen centenas  de  niños expatriados sin que nadie pueda dar razón?

Las organizaciones de ayuda a estas  almas huyendo de la tragedia que les envuelve,  temen que hayan caído en las garras de las mafias de tráfico de personas  o hacia  el abuso libidinoso.

Impúberes que han perdido la esperanza, el encanto, la sonrisa  apacible, sin  madres amamantadoras predispuestas a acurrucarlos contra su pecho, lugar en que la sangre amada cabalga y corre leche caliente cristalizada de nata.

Desde el primer instante se les ha enseñado a mal vivir antes de poseer un juguete, mientras en sus débiles corazones comienzan  a germinar plagas de ortigas y tierras de sequeral.

Cada inocente sin  sombra, dos lagrimones surcando el rostro rasgado, es el atroz reflejo de una tragedia, latente sinfonía sin voz ni grito  que despedaza las entrañas, las estruja y, al final, a todos nosotros nos hace cómplices pasivos.

Las organizaciones humanitarias  dedicadas a proteger a los refugiados hablan de cómo  “el caos, la inacción y la nefasta gestión de la crisis de refugiados están dejando el terreno libre a las mafias”. Unicef solicita un plan europeo coordinado y coherente. Algunos expertos apuntan a la posibilidad de tomar muestras de ADN en las fronteras por las que llegan  los desterrados y poder saber de esa manera y en todo instante  el lugar en que han sido ubicados.  Una enfermera, en la isla griega de Lesbos, habla: “Los niños huidos de las hostilidades bélicas, de un día para otro, simplemente dejaban de existir”.

Viene al recuerdo  una obra que años atrás nos pareció brutal, y ahora la percibimos como reflejo cotidiano de la realidad  palpable. Hablamos   de la novela “El pájaro pintado” del polaco Jerzy Kosinski.

Lo relatado sucedió  en países del Este de Europa y se refleja ahora en el espacio comunitario. Los padres, convencidos de que lo mejor para asegurar la supervivencia de un hijo durante los espantos de una guerra, es alejarlos de ella, los envían al abrigo de un  lugar lejano, perdido en la inmensidad de cualquier parte, que en el sumario que nos ciñe son las naciones de Occidente.

Cuando eso acontece muchas de esas criaturas, debido a una causa u otra, se suelen perder en los vericuetos de un peregrinar insalvable entre  los labrantíos del dolor y la muerte.

En las metrópolis,  una vez llega ese colectivo de los empobrecidos países,  puñados de niños mendicantes como se hacía en la baja Edad Media, salen, igual a piaras, hacia  las playas, travesías y plazas  a requerir limosnas.

Van en fila,  cabizbajos,  andrajosos,  cual manada de animales hacia el matadero, siendo la estampa del padecimiento cuando el cuerpo magullado se abre  en canal.

Innumerables están tullidos, ardiendo de fiebre, quebrados sus huesos, y representan un retablo de la podredumbre humana. Se les deja confinados en esas condiciones de conmiseración con la inexcusable obligación de obtener dádivas a cuenta de sus bárbaras deformaciones.

Errantes sin destino, niños y  niñas miran al viento como su único cobijo.

La brisa de la tarde murmura: Ojos hay para solamente llorar.

 

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