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Vladimir Villegas: Bolsonaro ¿premio o autocastigo?

 

A menos que ocurra una sorpresa,  el ultraderechista Jair Bolsonaro debería ganarle las elecciones presidenciales brasileñas al abanderado del Partido de los  trabajadores, Fernando Haddad, bateador emergente por Luiz Inácio Lula Da Silva, el ex mandatario preso, por acusaciones de corrupción.

Si Lula no hubiese  sido inhabilitado, tal vez hoy el resultado esperado para el próximo fin de semana sería otro. Es indudable que, pese a los escándalos en los cuales se ha visto involucrado buena parte del plantel dirigente del PT, Lula mantiene un importante peso en la sociedad brasileña. Pero la realidad es que Bolsonaro logró consolidarse en un casi inalcanzable primer lugar, y el candidato petista comienza a depender de las demás fuerzas políticas, de los indiferentes, de los abstencionistas, de los arrepentidos de último momento y hasta de un milagro.

No se pueden establecer paralelismos mecánicos  entre dos sociedades como la venezolana  y  la brasileña, pero aquí al final de la década de los ochenta y buena parte de los noventa los venezolanos se fueron cansando de un sistema político que mostraba signos de agotamiento, distancias entre la dirigencia y los ciudadanos, corrupción galopante (pálida para lo que existe ahora) y, por si fuera poco, preocupantes cifras en materia de empobrecimiento (también pálidas si lo comparamos con lo que se vive hoy).

Hugo Chávez llegó al poder en medio de esa circunstancia. Con la promesa básica de refundar la República. Y logró derrotar a toda la clase política tradicional. Hoy Brasil está a las puertas de elegir a un presidente que  también signifique, más allá de lo ideológico, una ruptura con toda una clase política que se corrompió en el ejercicio del poder, incluidos quienes supuestamente representaban la garantía de un cambio político pero también moral.  El PT de Lula aprendió demasiado rápido de los vicios de sus adversarios y de algunos de sus aliados, y en algunos casos los superó. Tuvo cosas positivas en su gestión pero la corrupción las arropó, y hoy la única razón por la cual pudiera ganar Haddad es porque finalmente se imponga el miedo a lo que pueda representar Bolsonaro.

Tal vez el pueblo brasileño no se merezca un presidente con el “trogloditismo” político del capitán devenido en candidato, pero sin duda una fuerza como el Partido de los Trabajadores, donde se entretejió un sistema de complicidades frente al pillaje en sus más distintas versiones, merece salir del poder, reorganizarse, depurarse y presentarse con nuevo rostro y nuevas caras. Gobernar como lo hizo el  PT, en medio del lodazal de la corrupción, trae como resultado que un tipo como Bolsonaro va a llegar al poder, si no hay sorpresas, por la vía del voto y no de un golpe. En política, a la larga, las metidas de mano se cobran tan o más caro que las metidas de pata.

En lo personal no me alegra que el PT viva tan mala hora, porque más allá de los escándalos de corrupción las instituciones brasileñas han funcionado, y hubo  importantes avances sociales y económicos. Por algo Lula, preso y todo, aún mantiene un liderazgo relevante, que puede disolverse o potenciarse dependiendo de lo que haga el nuevo mandatario. Pero hoy Brasil parece inclinada a sacudirse al PT, y por ahora pasa a un segundo plano lo que pueda traer este militar retirado.

¿Lecciones?  La necesidad de tener instituciones sólidas, de no sucumbir al mesianismo ni a la tentación de la corrupción,  de tener partidos políticos fuertes en lo electoral pero también en lo ético. De lo contrario ya sabemos lo que ocurre. Aquí tenemos un buen rollo de ese pabilo. Los contrapesos son absolutamente necesarios, indispensables, para gobernar. Incluso los contrapesos internos en cada fuerza política. Hoy en Venezuela, por falta de contrapesos, estamos como estamos. Brasil va camino a lo desconocido para salir de este ciclo marcado por la descomposición en el estamento político tradicional.

La antipolítica y el autoritarismo van agarrados de mano y pueden derivar en abuso de poder, corrupción, represión, denegación de justicia, exclusión, miedo y  todos  los males que de todo esto se deriva. Si algo hemos aprendido en este tiempo es que el extremismo es uno solo, no importa el signo que lo identifique. Gobernar desde el extremismo estimula salidas extremas, sobre todo cuando la dirigencia política pierde el reconocimiento de la sociedad y extravía la brújula. Brasil busca cambiar tanteando en la oscuridad…

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