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Luis Fuenmayor Toro: Así marcha el paquetazo de Maduro

 

No soy economista independientemente de que sé algo sobre dicha materia. Cuando joven, hice completo el curso de economía política que se daba en la UCV y lo aprobé con muy buenas calificaciones. Desde entonces he mantenido permanentes lecturas sobre la materia, lo que me ha permitido saber y entender lo que los gobiernos quieren hacer en momentos de crisis como la que atravesamos desde hace varios años. Entendiendo que la economía dista mucho de ser una ciencia exacta, he tratado de ser lo más objetivo en el análisis del hecho económico, así como de ser muy ponderado en la crítica del mismo, sobre todo a la hora de hacer predicciones. He visto con sorpresa como algunos economistas, expertos en el área, dan opiniones y emiten juicios que yo, incluso en los campos científicos de mi especialidad, no me atrevería a dar.

En la medicina, por ejemplo, que tiene mucho más carácter científico que la economía, pues sus leyes son mucho más claras y se cumplen de una manera más exacta, es imposible decir con absoluta certeza que al paciente le quedan dos, tres, siete o quince meses de vida, pues cada persona es un mundo diferente y la resistencia y adaptación de su organismo a las contingencias varían en forma importante. Por lo tanto, a lo sumo se hace una aproximación y se dice que le quedan unos 2 años de vida, pronóstico lamentable que en algunos casos falla en beneficio del paciente. Por esto, cuando he oído, y lo vengo oyendo desde hace bastante tiempo, que al gobierno de Maduro le quedan unos meses, que no llega a diciembre o cosas por el estilo, me sonrío aunque me lamente, porque alguien que conozco como buen profesional, haga un pronóstico de esta naturaleza.

A veces se me antoja, que estos pronósticos son como los que le vengo oyendo a la izquierda latinoamericana desde hace décadas, en relación con el imperialismo estadounidense: “agoniza”, “está dando sus últimos estertores”, mientras continúa interviniendo y haciendo su voluntad en distintas formas en el mundo entero. Se aplica sin duda en todos estos casos la proposición “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud” del escritor y dramaturgo mexicano Juan Luis de Alarcón y Mendoza. Y es por esta razón que no condené a priori los intentos de reconducción económica efectuados por el régimen de Maduro. Esta última afirmación no significa que no se la analice y se le señale sus incoherencias y fallas, que de no corregirse impedirán obtener los resultados deseados.

Pero ya van unos meses desde el inicio del paquetazo de Maduro y ya se puede ir evaluando la efectividad de las acciones tomadas, así como el significado de las no tomadas. El control de cambios no ha sido derogado; se ha despenalizado la tenencia y el uso comercial de las divisas, pero sigue siendo el gobierno quien decide cuánto y a quiénes entrega los montos necesarios para el funcionamiento y satisfacción de necesidades del país. Y el problema central sigue siendo la inexistencia de suficientes divisas, para que un país importador prácticamente de todo pueda funcionar. Mientras este problema básico no se resuelva, la crisis continuará su marcha. La demanda de dólares supera ampliamente a la oferta, por lo que el dólar negro sigue subiendo y amenaza con alcanzar pronto los 200 bolívares soberanos. Esta es una realidad insoslayable.

La hiperinflación sufrió un impulso enorme a raíz de la elevación del salario mínimo, lo que ha hecho que los sueldos nuevos alcancen menos que los anteriores. La gente se ha empobrecido grandemente, y mucho más pues el Gobierno acabó con las escalas salariales derivadas de la formación, violando todas las contrataciones colectivas. Las protestas generalizadas de los distintos sectores laborales se hacen sentir en todo el país. Son realmente la única resistencia que enfrenta los desmanes gubernamentales. Es más. La hiperinflación ha llegado a afectar los precios internos en dólares de muchos productos, que hoy cuestan más en divisas que lo que costaban antes del paquetazo. Continúan las dificultades del transporte urbano, así como el colapso del servicio eléctrico, del suministro de agua, de la CANTV, de la atención de salud y de la seguridad personal.

Las medidas económicas no han generado abundancia de productos. Muy por el contrario, el control coercitivo de los precios ha hecho desaparecer mercancías que ya habían regularizado su presencia en el mercado. Vamos para atrás. Volvieron las numerosas y larguísimas filas de gente a las puertas de abastos y auto mercados. La producción petrolera sigue descendiendo, en muchísimas zonas del país el suministro de gasolina tarda horas y a veces hasta días en realizarse. La respuesta gubernamental ante la terquedad de la economía ha sido la de siempre, la que enseñó Chávez: la amenaza penal, el cierre de supermercados, la confiscación de productos y las invasiones de unidades de producción. La imbecilidad de nuestros gobernantes no tiene límites. Repiten sus errores y horrores una y otra vez. Y además lo pregonan a los cuatro vientos, pues están orgullosos de ello.

El paquetazo hasta ahora no ha dado resultados y todavía el régimen no ha decidido lo del aumento de la gasolina. ¿A precios internacionales? No ganamos salarios de niveles internacionales como para poder pagarla. Vivir en Venezuela se ha hecho desesperante y no parece que Maduro sepa la forma de evitarlo.

 

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