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Pedro R. García: ¿Deberíamos plantearnos en este interregno una decidida apuesta por el dialogo I?

 

El Adivino Espurina le susurró al oído de Julio César: Cuídate de los Idus de Marzo“, pero el Emperador Romano no hizo caso al adivino, y sonrió. Luego, cuando yegó el Idus de marzo, el Emperador Julio César le dijo al adivino, “Los idus de marzo ya han yegado“; a lo que el arúspice contestó compasivamente: “Sí, pero aún no han acabado“. Esa misma madrugada, su esposa Calpurnia, había soñado que asesinaban a su marido y por ello trató de impedir que éste saliera de su residencia. Pero él tenía que ir al Senado, porque habían convocado una reunión para tratar la Guerra contra los Partos, lugar hacia el cual otro día partía. Tal vez para tranquilizar a su esposa, trató de minimizar la advertencia del adivino, y cuando le vio a éste le dijo en voz alta Los idus de marzo ya han yegado“, a lo que el le dio su famosa respuestas:Sí, pero aún no han acabado“. en la antigüedad, éstos días (Idus) eran considerados de buena suerte, pero a partir de ese Idus de marzo, son considerados como negativos, principalmente para muchas personas destacadas. La historia ya sabemos como termina, Julio César comienza a subir las escaleras del Senado Romano, cuando le rodean unos traidores y comienzan a clavarles sus dagas y espadas. Julio César no atinó a defenderse, sólo exclamó algo cuando vio a su propio sobrino predilecto (del cual muchos historiadores dicen que era su propio hijo no reconocido) entre los traidores: “Et tu, Brute (¿Y tú también, Bruto?). Así murió el gran Emperador Romano, Julio César. Los Idus de marzo a interesado siempre a filólogos clásicos, historiadores o cualquier persona interesada en el mundo antiguo. A nadie se le olvida la muerte de César, aunque no sepa exactamente el día, ya que a lo mejor no controla la equivalencia del calendario romano al actual, hecho importante para muchos, independientemente del lado del que nos posicionemos. Para los republicanos es el día en el que murió el tirano, para los cesarianos  es el día en el que César ascendió al cielo y se convirtió en Divi filius (“hijo divino” o “hijo del divino” en latín Quizá fue William Shakespeare (basándose en el relato de Plutarco) quien más hizo por que esta fecha fuera recordada en la posteridad, al ponerla en la boca de aquel adivino ciego que prevenía al dictador de que le aguardaba un gran peligro. ¿Pensemos que este magnicidio no sólo afectó a Cayo Julio César, sino que propició otra guerra civil en la que murió un número de personas nada desdeñable y que inauguró la nueva forma de gobierno de Roma: el principado. Por eso este día es importante no sólo en la historia, sino también en la actualidad.

Ubicando algunas pistas…

Hans Magnus Enzensberger (Baviera 1929) es uno de los creadores mas agudos y significativos de nuestro tiempo, se integró  en el Grupo 47 y se inscribió dentro de una corriente satírica que le vincula con el primer Brecht, sobresaliendo en su crítica mordaz e irónica de los convencionalismos sociales, y 1989 nos alerto “que en todas las capitales de Europa se encuentra uno, allí donde el espacio alcanza su mayor densidad simbólica, o sea, en el centro, verdaderos centauros de enorme corpulencia, seres híbridos de metal fundido, bajo cuyos cascos acuden presurosamente funcionarios a sus ministerios, espectadores a la ópera y creyentes a misa: emperadores romanos, grandes electores, generales eternamente victoriosos. La quimera del hombre montado a caballo representa al héroe europeo, una figura imaginaria sin la cual la historia pasada del continente sería totalmente inimaginable. Desde la invención del automóvil, el sentir universal se ha bajado del caballo; Lenin y Mussolini, Franco y Stalin supieron manejarse sin monturas ecuestres. En cambio, alimentó el número de muestras. Las islas del Caribe y las agrupaciones de Siberia fueron sembradas de héroes petrificados, y las botas de los representados alcanzaron en bastantes ocasiones alturas, similares a las de una casa unifamiliar. La inflación y la elefantiasis anunciaron el próximo final de aquellos héroes, a los que jamás les preocupó otra cosa, que la conquista, el triunfo y la megalomanía. Los escritores lo habían presentido. La literatura se había despedido definitivamente, hace más de un siglo, de aquellas figuras míticas que ella misma había contribuido a crear. La soberana y la leyenda heroica pertenecen desde entonces a la prehistoria. La literatura no se ocupa ya desde hace mucho tiempo de Augusto o de Alejandro, sino de Bouvard y Pécuchet, Vladimir y Estragón. Del rey Federico y de Napoleón sólo se habla en los sótanos literarios y, por supuesto, menos todavía de los himnos de Hitler y las odas de Stalin, cuya determinante era desde el principio verdadera escoria. Por el contrario, la yamada gran política se ha mantenido hasta el presente aferrada y entregada al clásico esquema heroico. Hoy, como ayer, exalta con condecoraciones la memoria de los héroes y sueña con triunfos inalcanzables. En este proceso de anquilosamiento, la política ha alcanzado el último grado, como se pone de manifiesto no sólo en su impotencia simbólica, sino también en la pequeñez del ámbito de sus acciones. La normalidad democrática está presa de la ambición y sed de gloria que sufren de forma visible los dirigentes; no se trata de conquistar un imperio, sino, en el mejor de los casos, una circunscripción electoral, y el genio del general se ve circunscrito a islas que, como Granada o las Malvinas, sólo con lupa pueden localizarse en el globo. Quien quiera regocijarse con el extraordinario encogimiento de la estructura heroica no necesita más que comparar en el contexto local, los epígonos vernáculos, en la mitología griega los epígonos (en griego antiguo Ἐπίγονοι Epígonoi, ‘nacidos después’) son los hijos de los héroes argivos que lucharon y murieron en la primera guerra tebana), a Rómulo Betancourt con Henry Ramos, a Gonzalo Barrios con Bernabé Gutiérrez, a Andrés Eloy Blanco con Antonio Ledezma, a Arístides Calvani, con Julio Borges, a  Pedro Pablo Aguilar con su ahijado Pedro Pablo Fernández, a Lorenzo Fernández con Ramón Guillermo Aveledo, a Uslar Prieti con Leopoldo López, a Pompeyo Marques Con Felipe Mujica, al Maestro Prieto con Manuel Rosales, al General Medina Angarita con Diosdado Cabello, (sobre este capitulo volveremos luego), a Theodore Roosevelt con Donald John Trump o Obama, Churchill con Thatcher, o Tereza Mey, De Gaulle con Mitterrand, o Francois Hollande a Adenauer con KohI. El héroe ha estado investido siempre, como representante del Estado, de un carácter teatral; con su actual elite de poder, la Europa occidental ha completado el camino que va desde el modelo terrorífico hasta el de la imitación ridícula. La comicidad involuntaria de ese clan dirigente que se cree errónea y tercamente instalado en no sé qué cumbres pone de manifiesto que del héroe clásico sólo ha quedado una vulgar caricatura. El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. Tenemos todos los motivos para ocuparnos de estos especialistas de la negociación, pues nuestros continentes necesitan de ellos si quiere seguir viviendo. Ha sido Clausewitz, el clásico del pensamiento estratégico, el que ha demostrado que la retirada es la operación más difícil de todas. Esto vale también en política. El non plus ultra del arte de lo posible consiste en abandonar una posición insostenible. Pero si la grandeza de un héroe se mide por la dificultad de la misión con que se enfrenta, se deduce de aquí que el esquema heroico no sólo tiene que ser revisado, sino invertido. Cualquier cretino es capaz de arrojar una bomba. Mil veces más difícil es desactivarla. En cualquier caso, para hacer un héroe no bastan la simple habilidad y la competencia. Lo que hace memorable al protagonista es la dimensión moral de su acción. Pero precisamente en este aspecto encuentran los héroes de la retirada una reserva tan masiva como tenaz. La opinión general se mantiene aferrada, en EEUU, sobre todo en Alemania, al esquema tradicional. Reclama, hoy como ayer, al personaje imperturbable y exige una moral política de principios firmes y válidos para todo, y esto significa también, si es necesario, andar sobre cadáveres. Pero precisamente esta claridad inequívoca es lo que no puede ofrecer en ningún caso el héroe de la retirada. Quien abandona las propias posiciones no sólo entrega un terreno objetivo, sino también una parte de sí mismo. Semejante paso no puede tener lugar sin una separación de la persona y su papel. El ethos del héroe se halla precisamente en su ambivalencia. El especialista en desmontaje demuestra su valor moral asumiendo esa ambigüedad. El paradigma aquí diseñado ha encontrado su realización histórica al amparo de las dictaduras absolutas del siglo XX. Los pioneros de la retirada la dejaron entrever primero de forma velada y oscura. De Nikita Jruschov se podría afirmar que no sabía lo que hacía, que no tenía en absoluto idea clara de las implicaciones de su actuación; al final hablaba de completar el comunismo en lugar de suprimirlo. Sin embargo, él puso, con su famoso discurso ante el 20º Congreso del PCUS, no sólo el germen de su propia caída. Su horizonte intelectual era limitado; su estrategia, torpe; su actitud, autocrática; sin embargo, en coraje civil sobrepasó prácticamente a todos los políticos de su generación. Precisamente su carácter vacilante lo calificó de forma especial para esa tarea. Hoy está patente más que nunca la lógica subversiva de su carrera heroica: con él comenzó el desmontaje del imperio soviético. Todavía aparece de forma más clara la división interior del especialista de derribos en la figura de Janos Kadar. Este hombre, que fue enterrado en Budapest sin pena ni gloria, pactó con las tropas de ocupación tras el levantamiento fracasado de 1956. Ochocientas sentencias de muerte, se dice, tiene en su haber. Apenas fueron enterradas las víctimas de la represión, Kadar puso manos a la obra de su vida, que le ocuparía durante casi 30 años. La obra consistió en enterrar con paciencia y perseverancia la autocracia del partido comunista. Es digno de atención el hecho de que este proceso discurriera sin grandes turbulencias; contragolpes y mentiras para vivir le han acompañado siempre; maniobras tácticas y compromisos han sido su estímulo permanente. Sin el precedente húngaro, difícilmente habría comenzado el desmoronamiento del bloque oriental; es indiscutible que Kadar marcó aquí un nuevo rumbo. Es asimismo evidente que el jefe húngaro no estaba en condiciones de hacer frente a las fuerzas que él contribuyó a desatar. El signo típico del empresario histórico de derribos está precisamente en que con su trabajo mina siempre también su propia posición. La dinámica que él pone en marcha le arroja a un lado; él es víctima de su éxito. Adolfo Suárez, secretario general de Falange Española, se convirtió, tras la muerte de Franco, en primer ministro. En un golpe de mano exactamente planeado desmanteló el régimen, despojó de poder a su propio partido unificado y sacó adelante una Constitución democrática: una operación tan difícil como arriesgada, que Suárez yevó a cabo con arrojo personal y brillantez política. Aquí no estaba en acción, como en el caso de Jruschov, un presentimiento vago, sino una conciencia extremadamente clara. Se trataba no sólo de transformar por completo el aparato político, sino también de disponer al Ejército a no moverse; una purga militar habría conducido a una represión sangrienta y probablemente a una nueva guerra civil. Tampoco este caos se puede abordar con una simple ética de simpatías que sólo distingue entre ovejas blancas y negras. Suárez fue participante y beneficiario del régimen de Franco; si no hubiera pertenecido al círculo más íntimo del poder no habría estado en disposición de abolir la dictadura. Al mismo tiempo, su pasado le aseguró la desconfianza insuperable de todos los demócratas. De hecho, España no le ha perdonado hasta el presente. A los ojos de sus antiguos camaradas, él fue un traidor; a los ojos de aquellos para quienes había abierto el camino, fue un oportunista. Desde que se retiró como típica figura de la transición  hasta su muerte no pudo de nuevo pisar terreno firme. El papel que él representó en el actual sistema de partidos ha quedado más bien oscuro. Una cosa, y solamente una, tiene garantizada el héroe de la retirada: la ingratitud de la patria. En la figura de El general Wojciech Witold Jaruzelski ​​ fue un político y militar polaco. Fue el presidente durante varios años de la época socialista en Polonia, desde 1981 hasta 1989, esta aporía moral adquiere incluso rasgos trágicos. EI fue quien salvó a Polonia en 1981 de una inminente invasión soviética. El precio por ello fue la proclamación de la ley marcial. y el arresto preventivo de la oposición, que hoy, bajo su presidencia. Este impresionante éxito de su política no le salvó de que una parte considerable de la sociedad polaca lo recuerde todavía hoy con odio. Nadie le aclamó: jamás se librará de las sombras de sus acciones. Él había contado desde un principio con ello, y en esto reside su fuerza moral. Jamás se le vio sonreír. El gesto tenso y totalmente inexpresivo, los ojos ocultos tras unas gafas oscuras, representaron a este patriota como un mártir. Este San Esteban de la política es una figura de formato shakesperiano. No puede decirse lo mismo de otros rezagados. Egon Krenz y Ladislav Adamec no ocuparán probablemente en la historia más que una nota al pie de página: el uno, como una versión burlesca, y el otro, como la versión hipócrita del retirado heroico. Pero ni la sonrisa irónica del alemán ni el semblante paternal del checo pueden confundir a nadie sobre su indispensabilidad. La versatilidad acomodaticia que se les reprocha ha sido su único mérito. En la quietud paralizante del momento exacto en que se espera a otro y no acontece nada, uno tuvo que carraspear primero, producir ese ruido pequeño, medio ahogado, que pone en movimiento a un alud. “Uno”, como decía en cierta ocasión un socialdemócrata alemán, “uno tiene que ser el tirano sanguinario”. Setenta años después uno tuvo que sujetar el brazo al tirano sanguinario, por más que eso lo hiciera un polichinela comunista que rompió el silencio de muerte. Nadie le recordará con benevolencia. Pero precisamente esto le hace memorable. Los epígonos de la retirada se mueven por impulso ajeno. Obran bajo una presión que viene de abajo y de arriba. El verdadero héroe de la renuncia, en cambio, es él mismo, la fuerza motriz. (continua en una segunda entrega).

“En el país pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”…

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