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Alirio Pérez Lo Presti: Un hombre de su tiempo

 

No es una interrogante estéril. Incluso podemos terminar con un dolor de cabeza al hacernos la “famosa” pregunta: ¿Qué es un hombre de su tiempo? Dicha interrogación ha sido tema de debates y arduas confrontaciones públicas, en múltiples sociedades y diversos momentos. ¿Realmente tenemos conciencia del tiempo en el cual existimos, las cosas que ocurren a nuestro alrededor y de cómo nos afectan? Soy de los que cree que estamos marcados por el sino de no entender el tiempo en que vivimos, como no lo ha podido comprender ningún ser que nos haya precedido.

Si algo nos caracteriza como sujetos, es nuestra incapacidad para “entender” el momento. Inmersos en nuestras circunstancias, la posibilidad de darnos cuenta y captar realmente lo que ocurre en nuestro entorno y lo que nos ocurre a nosotros mismos es una condición paradójica, que por encontrarse tan cercana no podemos percibir. Eso nos da un carácter ajeno a lo histórico porque precisamente nos hallamos incapacitados para visualizar la historia que estamos viviendo. Mucho menos lo logran los historiadores que, sin haber vivido determinado momento, tratan de establecer pautas y análisis en relación a los fenómenos que no han vivido. Ello hace que sin proponérselo, se terminen contradiciendo quienes tratan de aclarar un hecho histórico. No lo puede entender quien lo vive, ¿cómo esperar que lo entienda quien no lo vivió?

El hombre, atrapado en el sistema de creencias que le fueron transmitidas por las generaciones precedentes, intenta luchar contra ellas para hacerse su propio camino, termina por crear un sendero cuyo rumbo es desconocido y su desenlace impredecible. Esa es una característica de la condición humana: La de ser incapaces de entender lo que estamos viviendo cada instante de nuestras vidas, entre otras razones porque nos guía el antojo y la distorsión de una realidad que trata de imponerse por el consenso de unos cuantos. En muchas ocasiones son los prejuicios y las ideas preconcebidas las que determinan nuestros actos y en otras ocasiones es precisamente la lucha contra los prejuicios y las ideas preconcebidas las que terminan marcando nuestra existencia. Todo ello hace que la vida parezca una puesta en escena de un grupo de actores de tercera, siguiendo un guión malogrado.

Socialismo marxismo nacionalismo capitalismo dadaísmo surrealismo anarquismo ismos ismos ismos… Recetarios al infinito que tratan de servir de brújulas en aras de marcarnos un falso norte para darle falso sentido a nuestras vidas, porque nos hacemos de la idea que la existencia debe tener algún sentido. Al menos es lo que se suele creer. Los “ismos” son representaciones rígidas que procuran dar estructura y veracidad a las cosas que hacemos o solemos justificar. En base a estos “recetarios” anhelamos vivir de manera diferente o complicamos la manera en la cual vivimos. Si nos basásemos en lo que señalan los historiadores, tiendo a creer que el único ganador es el nihilismo, tal vez el más implacable de todos los “ismos”. Afortunadamente los historiadores discrepan en su interpretación de los hechos históricos, por lo que la historiografía termina siendo una visión falseada de las cosas que les han ocurrido a otros.

Pobres seres los humanos. Condicionados por unas “ideítas” preconcebidas. Vulnerables frente a los discursos de los hipnotizadores, incautos ante los charlatanes, amantes de las utopías, anhelantes de lo improbable, torpes ante lo factible, tímidamente ambiciosos y simultáneamente tan ambiciosos en lo no posible. Es la eterna disconformidad humana que termina volviéndose una perenne espiral en la cual mientras más damos vueltas por enmendar las cosas, pareciese que más nos alejásemos del centro de las mismas.

¿Cómo entender entonces lo que vendría a ser un hombre de su tiempo?

Tampoco lo comprenderán los que nos sigan. Fuera de todo contexto y desde una perspectiva lejana, tratarán de interpretar un tiempo que no vivieron. Caerán en la trampa historiográfica en la cual se intenta recrear desde lo subjetivo las cosas que le ocurrieron a otras sociedades y en un arrebato acrobático tratamos de extrapolar unas condiciones a otras que ni desde lo remoto se asemejan.

Uno de los más grandes “dramas” humanos es precisamente su incapacidad para atrapar e interpretar la realidad en la cual se encuentra. Es la gran desventura humana, pero también constituye su gran aventura. Estar en una situación en la que se actúa desde la posición del hombre sin perspectiva. Porque de hecho no podemos ver las cosas desde la distancia porque estamos sumergidos en nuestras propias vivencias. La cercanía de las cosas nos vuelve ciegos ante las mismas. No tenemos ni la distancia ni el tiempo que nos permita comprender nuestro momento en su justa dimensión.

Por eso, cuando me hacen la consabida pregunta, suelo responder sin temeridad que un hombre de su tiempo es básicamente “un ser descontextualizado y ajeno a su propia temporalidad”.

@perezlopresti

 

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