Inicio > El pizarrón de Fran > El pizarrón Opinión > Alirio Pérez Lo Presti: Belleza, moda y naturaleza

Alirio Pérez Lo Presti: Belleza, moda y naturaleza

 

La industria publicitaria invierte sumas extraordinarias de dinero a efectos de cambiar el patrón de consumo de las personas. Con frecuencia escuchamos que los gustos de las mayorías, desde la moda hasta las preferencias más elementales, son manipulados por los medios de comunicación. Sin embargo, existen elementos propios de lo humano que no pueden ser modificados. De hecho, lo publicitario intenta cautivarnos a través de aquello que constituye la esencia de nuestra naturaleza.

El rechazo al incesto, la condenación al adulterio, la valoración de la fidelidad y la percepción de “inutilidad” de la conducta homosexual, son sólo cuatro ejemplos de cómo lo social se encuentra imbricado con lo natural. Los denominados en el sentido clásico tabúes, muchas veces son conductas sociales basadas en un cimiento de carácter evolucionista.

En la obra de mi autoría titulada Psicología y contemporaneidad (Consejo de Publicaciones de la ULA. Reimpresión 2015) abordo este asunto con mayor extensión. Resumiendo, señalo que: “Todo elemento asumido como cultural posee un trasfondo, de carácter biológico, que induce su perpetuación si es necesario o considerado beneficioso para la preservación de la especie”. Es un concepto que tiende a condicionar lo cultural a la supervivencia.

Cuando se intenta controlar una determinada pulsión o tendencia, se realiza un gran esfuerzo desde la socialización por dominar nuestra naturaleza. Bajo este precepto, lo social muchas veces es el instrumento de control para frenar nuestros deseos, pero en muchos casos, lo social también es usado como instrumento para salvaguardar lo más básico de nuestra condición animal. En este sentido, la socialización actúa tanto para revelarse contra nuestra parte animal como para salvaguardar la misma.

Gran parte de la industria invierte en maquillajes y miles de productos que preconizan la exaltación de los encantos físicos y las posibilidades de vencer el paso del tiempo. El sintético rubor facial, por ejemplo, da aspecto saludable y potencial imagen de ingenuidad. No es casual que se llame de esta manera, pues es un intento de simular el ruborizarse ante los demás, signo inequívoco de bondad. El tinte para el cabello, por otra parte, evita mostrar señales de estar avejentado. Socialmente se insiste en que a las mujeres no les lucen las canas.

El esfuerzo que se hace para imponer ciertas formas de belleza en nuestras sociedades, en ocasiones no puede ser menos que asombroso. La industria de la moda, por ejemplo, utiliza mujeres famélicas, desnutridas, que incluso tropiezan con las pasarelas por el hambre que aguantan. Es un intento de hacernos pensar que lo andrógino es atractivo y muchas mujeres puede que caigan en la absurda premisa de que un cuerpo huesudo, pálido, con tez enfermiza y carente de carnes es el estereotipo social deseable. Al cultivar tal propuesta, muchos miembros de la sociedad se enferman y surgen manifestaciones de malestar, como por ejemplo los tan frecuentes y graves trastornos de la conducta alimentaria.

La realidad es que la mujer más deseable en cualquier cultura, la que mayores pretendientes tendrá y la que seducirá a su entorno sin mucho esfuerzo es la que luzca fértil. Una mujer que muestre señales de fertilidad es en cualquier rincón del planeta el ideal de femineidad por antonomasia. Lo cual es la antítesis de la debilucha que posa “la última tendencia de este verano”. Al final, lo natural se impone a lo social.

Por una distorsión de creencias, he escuchado y leído quienes señalan que las mujeres son esclavas por “tener que” mantener su apariencia física. En realidad, pocas cosas son tan propias de lo humano (en especial de lo femenino) como el uso de infinitud de elementos que otorgan coloridos, así como el empleo de adornos para mostrarse a los otros de manera especial. Lo vemos desde los pueblos indígenas en nuestras naciones, hasta la citadina que acude cada día a su trabajo. La mujer que se muestra saludable y arreglada no es esclava de nada. Simplemente es congruente con su natural esencia y es parte de lo más básico de la condición biológica. El verse desarreglado está vinculado con alteraciones del estado de ánimo y baja autoestima.

Caso interesante lo constituye el asunto de las intervenciones con fines estéticos que trasgreden el cuerpo y arriesgan la vida de las personas por usar extrañas sustancias, como los derivados del petróleo y otros materiales sintéticos. El deseo de competir entre pares se impone.

El mercadeo de los productos de belleza trata de cautivar el lado natural de lo humano. En ocasiones se intentan imponer estilos contranaturales que terminan por ser desatinados. El ideal de procreación y la imagen de salud terminan por vencer. Las mentes retorcidas que tratan de imponernos modelos nocivos, fallan ante lo que no necesita mucha publicidad: La belleza natural, aquello que nos da sensación de apego a lo terrenal, a lo salubre, a lo fértil.

@perezlopresti

 

Te puede interesar
Cargando...

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducción »