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Rafael Guerra Ramos: Una difícil e imprescindible despedida

 

Me resulta difícil y al mismo imprescindible hablar de Teodoro Petkoff cuando sentimos el vacío de su definitiva ausencia. Amigos y compañeros de lucha casi desde la adolescencia, tengo razones para creer en la solidez de nuestra amistad y en la profundidad de las convicciones compartidas. Ni divergencias (no pocas) ni duras dificultades (muchas) nos separaron en el camino del invariable rumbo de sueños y esperanzas. Compartimos errores (algunos muy de bulto como el injustificable llamado a la lucha armada) que corregimos con decisión y coraje, aunque a destiempo. También compartimos aciertos (como la creación del MAS) que no supimos defender en su momento con la decisión y el coraje necesarios. Más de una vez nos lo dijimos con desgarradora franqueza.

De las virtudes y defectos de Teodoro se puede hablar con tranquilidad, sin miramientos diplomáticos. Incluso “por la calle del medio”, “claro y raspao”, como él solía hacerlo. Con honradez y entereza. Un hombre de su autenticidad jamás evadió la rudeza a la que siempre expone la refriega política, su pasión.

Entre los muchos escritos que llenaron las “redes” enalteciendo su calidad humana e intelectual y el relevante papel que jugó como hombre público, una vez más hubo quien perversamente pretende descalificarlo y empañar su nombre a partir de la vieja acusación que intentó vincularlo a la acción criminal realizada contra el tren del centro recreacional El Encanto. Quienes, animados de un interés político de la peor factura, generaron ese señalamiento malicioso y lo estimularon aun después de que los culpables del abominable hecho asumieron públicamente su responsabilidad. Podría dejarlo pasar como uno más de los tantos agravios descalificadores que brotan de un anónimo desde el torrente cloacal en tiempos de la irracionalidad. Pero no. El torvo señalamiento tiene origen en un interés político de la peor factura, tan actual como ayer y tan repugnante como siempre. Asumo la defensa de la noble estirpe del auténtico guerrero que había en Teodoro.

En Teodoro la franqueza fue un oxímoron, virtud y defecto. Tal vez más virtud que defecto. Despojado de vanidades, dotado de sólida cultura y de superior inteligencia, sabía diferenciar la adulancia y el falso halago del justo reconocimiento. En su dilatada e infatigable acción política fue objeto de ataques feroces, incluyendo la injuria y la calumnia con propósitos descalificadores. Pero el indoblegable fajador que fue no era hombre de escurrir el bulto. Su condición de brillante polemista siempre estuvo allí, auténtico, honesto, claro, defendiendo con verdad y altura las razones de su entrega a la lucha por la libertad, la justicia, la democracia, por por encima de intereses mezquinos, por la mejor Venezuela posible.

Los aportes teóricos de Teodoro a la lucha política son conocidos dentro y fuera de nuestras fronteras. En su momento constituyeron aporte fundamental y decisivo para el deslinde frente al dogmatismo y el atraso; para abrirle nuevos horizontes a la lucha de buena parte de la izquierda en Venezuela.

Esa siembra y los testimonios de su hazañosa vida están allí. En esta hora aciaga que padece el país por el que luchó con tanta entrega y tanto desprendimiento forman parte de nuestra fuerza disponible para seguir adelante, hasta el logro del pronto nuevo amanecer.

 

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