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Enrique Meléndez: La mala fe en las jugadas

 

La verdad es que ninguna política económica va a dar resultado, si está fundamentada en la mala fe. Obsérvese el fracaso que se ha tenido con el último ajuste fiscal, que el gobierno anunció, y al cual lo sepultó la debacle económica, que estamos viviendo, signada por una terrible hiperinflación, y esto lo digo, sobre todo, por el aumento de salarios de cinco mil por ciento, que allí se aprobó, y que formó parte de la política de persecución; que el gobierno ha tendido sobre la empresa privada, pues un aumento de salarios, nunca visto en la historia de la economía mundial, de esa magnitud estaba llamado a devastar el parque empresarial venezolano; partiendo además del hecho de que el gobierno le tiene una camisa de fuerza al empresario, a partir de la política de los controles; de modo que  en esas condiciones no puede trasladar el costo de dicho aumento al producto, que el empresario produce o que comercializa, y de allí que veamos un cierre masivo de empresas de todo tipo, desde las dedicadas a servicios, como los establecimientos comerciales, y, en ese sentido, se ven esas calles muertas; con locales cerrados, donde antes hubo una tienda o un pequeño restaurante; lo mismo que los centros comerciales. Hemos llegado a los niveles de la Guerra Federal, mientras la desnutrición y la precariedad de salud pública, que tenemos, se encargan de poner los muertos.

He allí la gran discusión, que ha saltado a la palestra pública durante estos días: ¿qué lleva a nuestra clase gobernante a mostrar un espíritu tan indolente, ante un país hambriento y quebrantado? En efecto, el síndrome de sentirse montado en un tigre, que asalta a toda clase gobernante, que ha adoptado un régimen tiránico, sobre todo, cuando se ha abusado de los métodos represivos, siempre está presente en el rango de los temores, que abriga; por lo que se tiende a aferrarse a toda costa en el poder, y a valerse de la fuerza; en especial, la fuerza de las armas, que sería el sostén de este régimen, y que sería lo que explicaría el hecho de negarse esta gente a negociar una salida digna por el momento; tanto más que le ha aumentado ese temor lo que ha venido sucediendo en el vecindario con aquellos personeros que, precisamente, formaron una especie de eje de aliados, influidos sobre todo por el castrocomunismo; a partir de las políticas del Foro de Sao Paolo, con Lula a la cabeza, seguido de Christina Kirchner, Rafael Correa; procesados hoy en día por la justicia de sus respectivos países; de modo que a esa clase gobernante nuestra, no le queda sino el cinismo con el que niegan el hecho de que hay niños, que llegan a las escuelas sin haber probado bocado alguno, y en sus comedores no hay ya comida; gente que muere por un proceso infeccioso, y que se le agravó, porque no consiguió los medicamentos apropiados; aparte de los millones de venezolanos, que han tenido que emigrar hacia otros países; mientras un Diosdado Cabello dice que eso de la migración es “cámara y acción”, es decir, cinematografía, ficción, con toda la arrogancia que lo caracteriza. He allí lo que Ana Arendt denominaba la banalidad del mal.

Por lo demás, ese ajuste de Nicolás Maduro tenía que ser complementado con un cronograma de negociaciones; tanto con la empresa privada; como con las centrales sindicales de trabajadores; lo que en tiempos de la República civil se conocía como la Comisión Tripartita, a los fines de precisar una reactivación de la economía, y para lo cual se iba a necesitar un acuerdo de financiamiento de los organismos multilaterales; so pena de que cayéramos en la situación, que vemos hoy en día; cuando todas las centrales sindicales de los distintos sectores de la administración pública se encuentran en pie de guerra, para defender las llamadas conquistas laborales, que se expresan en las contrataciones colectivas, y las que se han desconocido a partir de la nueva política salarial.

Que es donde se pone de manifiesto, asimismo, la intención de mala fe, que abriga esta gente en cada una de las decisiones que toma; pues lo que ha habido, como muchos lo han resaltado, a propósito de esa nueva política salarial, es un igualitarismo hacia abajo, al elevar el salario mínimo a ese cinco mil por ciento, es decir, de 5 millones de bolívares fuertes a 180 millones de bolívares fuertes; creyendo que al aumentar en una forma gigantesca el poder adquisitivo del trabajador, se iba a producir una reactivación de la economía; cuyo aparato productivo está quebrado; razón por la cual se presenta una escasez, que constituye uno de los componentes de la hiperinflación, y sin tomar en cuenta la situación en que iban a quedar las tablas salariales, y que es lo que reclaman hoy en día las distintas centrales sindicales con justa razón; empezando porque dicha política se basa en el desconocimiento absoluto de los méritos profesionales o la trayectoria laboral del ciudadano venezolano.

Por supuesto, como ha dicho alguien por ahí: el igualitarismo hacia abajo es un esquema, que siempre ha estado presente en el inconsciente colectivo del este pueblo desde el nacimiento de la primera República, y de donde surgió el hecho de que Juan Vicente González considerara a José Tomás Boves como el primer demócrata de Venezuela; con motivo de su intento de transformar a Venezuela en una República gobernada por gente de color, y no se pase por alto que en este país la raza blanca ha sido siempre sinónimo de ilustración, y lo que lleva a sentir al resentido social un gran menosprecio por la meritocracia, y que es lo que más se ha visto a lo largo de este comunismo chavista-madurista; empezando por la forma como Hugo Chávez despidió a veinte mil trabajadores de Pdvsa, que constituía lo más granado en tecnocracia de este país, a raíz del paro cívico de 2002; motivo por el cual nuestra industria petrolera ha sido destruida por completo; habiendo sido manejada durante todos estos años por gente sin credencial alguna en la materia.

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