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Pedro R. García: ¡La Democracia y los partidos hijos de la libertad!

 

Cuando se le reprocho a Víctor Hugo que hubiese cambiado con frecuencia de ideas políticas y filosóficas, respondió serenamente el genio de la leyenda “He cambiado, he subido, he dominado otros horizontes, otros panoramas; voy en marcha a la verdad; el hombre que piensa como pensó; ¿Qué ha enseñado el pensamiento?”

“La tolerancia es un saludo de la inteligencia a lo desconocido. Tolerar es amar lo que se acerca y es acercarse a lo que viene. Nadie puede ser juez de lo que solo puede ser juzgado por el tiempo y por Dios. La libertad, es como la hermosa mujer de la fábula, un ser biforme que enseña a cada espíritu y a cada época una parte de su naturaleza. Así considerada no admite axiomas, ni se deja bautizar en el altar de ninguna teoría por más brillante y racional que sea.  Es como un pájaro que necesita aire libre para vivir y que ni aún en jaula de oro emite un solo trinar.  La democracia ama la libertad por que es hija de ella, ponerle acotadas reglas por muy “Constitucionales” que sean, es ahogarla. Es la luz que al encontrar una opacidad, solo sirve para proyectar sombra”.

Una acotación necesaria…

“Hemos perdido el uso y la costumbre del Estado de derecho. Se manda arbitrariamente y para beneficio de un grupo. Pero nos recuerda Raymond Aron en su obra “Dimensiones de la Conciencia histórica”: “el fin de la política es la vida conforme a razón. Ahora bien, esta vida solo es posible en el interior de la ciudad, bajo el imperio de la ley. Si uno manda arbitrariamente y otro debe obedecer, sean cuales fueren la orden del jefe y los sentimientos del subordinado, el primero será esclavo de sus pasiones y el segundo se encontrará privado de la libertad, incapaz de ser virtuoso. La virtud política implica unas leyes; por tanto, la ciudad y la paz”. (Estado Pre-político, Rafael Tomas Caldera). Los que hoy en arrebato insólito en la fáctica “Asamblea Nacional Constituyente” intentan forzar el alumbramiento por forcé de un Estado comunal prevalidos de la instrucción de su Numinoso, nada más alejado de la antropología contemporánea que el reclamo de Ulises en la Odisea “que uno sea amo, que uno sea rey”.  (La Boétie; E. El discurso de la servidumbre voluntaria. 1980. Pág. 52).  Siguen y se irán sin entender que en la política, como en las ciencias y en la filosofía, se abren horizontes más amplios donde se divisan nuevas Atlántidas que jalonan el pensamiento humano. Ya no pueden como Carlo El Magno, repartir en inmensas bandejas de oro nuestro petróleo como manjar de pascua, como lo hicieron durante años trasladándose en modernos y costosísimos jets, hoy convencidos de impedurabilidad de su “nuevo texto sagrado”, muy lejos de constituir la legislación necesaria, están perdidos en un laberinto de ensayos que serán rechazados por su terquedad. Paso el tiempo de tribus y clanes. Una sociedad no es hoy una familia de fanáticos. Los inquisidores con sus siniestras antorchas no existen ni en religión ni en política, y así valiéndose de maniobras y apuntalándose en intolerancias, aprendidas de lo besamanos de la servidumbre, y con una inusitada demencia imaginativa de frivolidad, de fachada de mal gusto de elocuencia insustancial, insonora, han sacado a relucir todo revoltijo fósil, de rencores estratificados. Dan vuelta en el estrecho círculo de lo evidente y atávico, chapoteando en las trivialidades de la vida diaria. Unos discursos de muecas arqueológicas de vicios inveterados, sin evolución ideológica ni programática ni organizativa, de una vergonzosa igualdad en sus procedimientos, marchan con una venda en los ojos como mulas tahoneras; en una política al por menor que no sintoniza, ni reflexiona, que no se encuentra con los eventos universales en materia científica; humanista, podrían servir de símbolos de necedad y de atraso escatológico, que ha sido probado extensamente apoyado en Comte, Stuart-Mill, Spencer y otros, en ese discurso monocorde, no tienen un solo gesto que pueda inferirse que tengan una visión del más allá, no midieron los pasos que emprendieron, no se buscaron relaciones con el futuro. Plebiscitos electorales, tratados internacionales que son un suicido; empréstitos y construcciones desastrosas, corrupción sin medida, se han visto dominados por la vanidad, sentimiento que tiene por raíces las más bajas satisfacciones del egoísmo y el mezquino empeño de relaciones ostensibles, que provoquen “admiración, notoriedad y envidia”. Sus actividades, sus actos han constituido un onanismo placentero, de operaciones sensitivas, de exhibicionismos, de exterioridades, lambiscones, (diría Fay), se dirá tal vez que ellos no han podido sustraerse a las influencias del proceso, que han sido arrollados por las circunstancias de una política tumultuaria, que han tenido que desarrollar sus actividades con las sentidas preocupaciones de las mayorías. No negando en absoluto lo que circunstancias exteriores  hayan permeado en sus actividades, imposible concebir que subalternamente, se hayan  resignado a ser corifeos de ese teatro bufo, en vez de mejores impulsores del engranaje social, es deprimente como se han desgastado en masturbaciones psíquicas, del punto de vista moral, lo primero puede constituir una desviación como la avidez, hay un marcado interés vanidoso del predominio social y político, de la fuerza del poder  en la mayoría de los escolarcas de régimen, la vanidad intelectiva, ha embriagado, esterilizado, emponzoñado y hoy se desnuda sin mayor pudor en burdos intentos de manifestaciones de torva literatura, en retruécanos del discurso político, en contrabandos de erudición, en editoriales de ostentación insolente, en exhibicionismos y requiebros, que buscan el aplauso efímero, la admiración doméstica, los laureles de la rutina, la gloria breve.  La fatuidad, la ambición del genio, su soliloquio, con el tiempo el infinito, con el misterio, con lo incognoscible; la concupiscencia, la pasión de la masa media, su coloquio con el espejo, con la imbecilidad lamentablemente presente en el ser humano. En tal sentido, la convocatoria de un referéndum anunciado para negar o aprobar una nueva carta magna no son un remedio, sino síntoma y parte de la enfermedad. El régimen que se implantó en Venezuela merece el calificativo acuñado por Havel: pos-totalitario. Resaltó la palabra para designar estas formas de totalitarismo que, sin embargo, no tienen la apariencia exterior que asociamos con los regímenes tiránicos: campos de concentración, alambradas, militarización extrema. Resultan de una combinación de dictadura más sociedad de consumo. Para quienes intentan ser la contracara, deben entender que el desafío para una democracia eficiente o a la que aspiramos la mayoría de los venezolanos, es de inclusión social. Esta implica la reducción al mínimo de las asimetrías del poder. No se trata de un asunto de justicia social. La misma es principalmente un reto político, sin ella está en juego la permanencia de la democracia misma. La otra cara de la moneda que se asoma en este momento a través del experimento de fraude Constitucional, que excluye, que liquida toda posibilidad de convivencia y lacera nuestro sensible tejido social.  Hay que apostar por la esperanza, sin ella no puede ser construido un proyecto y sin convivencia pacifica no puede serle garantizada su viabilidad. No habrá democracia genuina. Sin justicia ni solidaridad social, pero tampoco la habrá sin tolerancia, sin respeto a las diferencias, sin derecho a los disensos, a las libertades y al pluralismo; sin transparencia y sin rendición de cuentas, porque se vuelve al reparto nefasto de cuotas de poder y de prebendas basadas, no a la devoción, entrega y profesionalismo al ejercer una función determinada, sino en la viciada vinculación con las redes del poder de turno, a la filiación unipartidista, al compadrazgo al sectarismo ramplón de la distribución obscena del poder.  Para terminar, una última reflexión, no debemos engañarnos. El colapso de la “democracia” de partidos, en la que se basó la modernización venezolana durante medio siglo y su duro cuestionamiento por sus perversiones ultimas, no significa que en una simplificación extrema sentenciemos la muerte de los partidos, que no pueden pretender como ayer, subordinar a sus intereses a los ciudadanos, como estos tampoco pueden desentenderse de los partidos ni de su acción política; tienen la imperiosa necesidad de ser aliados en una perspectiva democrática, para contrapesar la vocación concentradora de poder, o las tendencias autoritarias de un Estado conducido sin mediaciones (léase “Proyecto de una nueva Constitución”), Cohen y Arato agregan, “tal papel político es inevitablemente difuso e ineficaz. Por consiguiente, el papel de la sociedad política entre la sociedad civil y el Estado es indispensable”.  Y esto es precisamente, el tamaño de la responsabilidad de los partidos políticos en su función de articuladores entre las demandas sociales y la capacidad del Estado para darles adecuada respuesta. Siempre y cuando los partidos reconduzcan su acción con parámetros distintos, no adscriptivos, no clientelares; modernos, humanizados, participativos, eficientes con organizaciones internas, ágiles, programáticos con un profundo sentido ético que se planteen el ejercicio del poder desde la perspectiva de una genuina cultura política democrática.  Y para cerrar quiero citar al poeta Rafael Cadenas en su libro (“sobre la barbarie”, libro 2. Págs. 575-576). “Después de este recorrido es natural preguntarse hoy, en el umbral del siglo XXI, qué se puede hacer ante la barbarie, y no creo que haya respuesta definitiva. Hay quienes creen que es posible un cambio de mentalidad que no se quede en la superficie, en el nivel de las ideas.  Lo que hemos vivido en esta época basta para desengañarnos.  Ya sabemos que el hombre nuevo que se ufanaba del país comunista el modelo no era tal, seguía siendo el hombre de siempre con el agravante de estar privado de libertad, aterrado por el big brother aplastado por el Leviatán totalitario, luego el partido y su líder, el nuevo Dios quien había decidido que representaba al pueblo, la revolución, la historia, el futuro, la verdad, el paraíso, y era el único que en realidad hablaba; a los demás solo les correspondía oír porque habían perdido el idioma. Semejantes encarnaciones son funestas. El hombre nuevo, era pues, un ser mutilado que ni podía sacar del pecho su voz.  Es evidente que todas las revoluciones han sido un fracaso, además con un costo incalculable de sangre, pero todavía hay personas, casi siempre generosas, que creen en la de nuestro tiempo.  Tal vez piensas que la próxima será distinta, que la libertad será preservada, que se evitaran los errores por los anteriores, y por fin las mañanas cantaran, pero de hecho lo que hacen es perder el presente, el otro nombre de la vida, sacrificándolo en nombre de una fantasmagórica tierra.  Podrían optar por la evolución, pero ella no es espectacular, no posee rebrillos alucinantes, no se presta para el lucimiento del yo, no brinda muchas ocasiones para los discursos, no alienta esa hybris que los dioses castigan.  Es modesta, es prudente, es cívica”…

“La inmortalidad solo abre media hoja de su puerta estrecha y deslumbrante”.

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