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Sixto Medina: El reto de la oposición venezolana

 

Se habla con insistencia de la oposición venezolana, de su división, de disentir en su estrategia, de su atomización y de su incapacidad para asumir el papel que le corresponde en la actual crisis política, económica y social del país. Si bien estas afirmaciones abren un debate profundo sobre la actualidad política son también aplicables a una concepción hegemónica del ejercicio del gobierno. Allí está la clave de un peligro que acecha a la oposición democrática: la evidente tentación de un  partido gobernante que tiende a ver a la oposición como un mero conglomerado de representaciones que rechazan las políticas oficiales. Medir con esta vara a la oposición es no sólo menospreciar sus funciones, sino desnaturalizar su papel: es considerarla tan sólo como vocero de los sectores opositores al proyecto del oficialismo, con lo que se le ubica lejos de su función, que es controlar lo que hace el gobierno y expresar alternativas a las medidas que va adoptando.

En teoría, el gobierno de la república está a cargo del oficialismo y de la oposición: ambos comparten la responsabilidad de encauzar al país por la senda del progreso y del crecimiento. Sin embargo, para que esto se convierta en práctica política real, es necesario que el gobierno entienda y dignifique la función y la naturaleza de la oposición, que acepte las reglas de la convivencia, el disenso, las críticas y las alternativas propuestas a la hora de fijar políticas oficiales. Que reconozca a la oposición como control y alternativa y no que pretenda encasillarla en el papel de testigo silencioso. Que asuma que la oposición representa a aquellos sectores sociales que no se identifican ideológicamente con su sistema de gobierno, como tampoco con su proyecto político, y que encarna otras alternativas, que expresan ideas diferentes y que pueden contribuir a modificar el rumbo adoptado.

La marginación y exclusión de la oposición ha sido en diversas oportunidades una realidad en la historia política venezolana. Los resultados son hartos conocidos. El peligro que encierra esta inclinación, este concepto de la política y de la construcción del poder-gobernar sin oposición- apunta directamente al corazón del sistema democrático, porque desnaturaliza su esencia, al ignorar la representación de quienes no concuerdan con los actos del oficialismo. Se rechaza el libre juego de las alternativas, de la confrontación de ideas y de la existencia de otros caminos posibles, borrando así la posibilidad de una búsqueda conjunta de soluciones de fondo para los problemas de toda la sociedad.

Resulta indudable que el posible protagonismo de la oposición venezolana está en íntima relación con la capacidad que ella posea para que la sociedad acepte sus propuestas y para buscar transformar significativamente aquellas políticas en curso que se consideran equivocadas.

En consecuencia, frente a un gobierno que se muestra incapaz -pese a su inmenso poder- de resolver los más elementales problemas; que desconoce al órgano político encargado de elaborar, reformar y aprobar las leyes; que ha vaciado de sustancia la propia democracia, es necesario una oposición política muy activa para que se produzca la transformación real del país, con la renovación y el desarrollo permanente de las ideas. Pero ésta será efectivamente posible en la medida que los partidos políticos opositores puedan: 1) romper el cerco, de la incomunicación con el país y recuperar la confianza y la credibilidad; 2) regular las contradicciones que existen en el campo de la oposición, buscar un mecanismo que procese las divergencias y al mismo tiempo permita y facilite las coincidencias; 3) tomar en las manos los problemas reales, los problemas del pueblo, para convertirse en legitimo portavoz de los mismos; 4) dar prioridad a la cuestión organizativa, proyectando una política que comprenda todos los sectores y que le permita al ciudadano vincularse con la oposición.

Los desacuerdos y conflictos en una sociedad pueden manifestarse de manera violenta sino existen canales adecuados para su expresión, pero también puede encontrarse vías pacíficas para hacerlo. Así, la oposición  puede y debe organizarse y actuar debidamente articulada, siendo la fórmula más idónea mediante organizaciones partidistas. Los partidos opositores tienen el deber de redefinir su estrategia y pensar de nuevo de qué manera se fortalecerá la oposición, ante las enormes tensiones políticas y sociales, donde el gobierno tiene entre manos varias crisis de amplitud nacional.

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