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Rafael del Naranco: Cerezos dulces y agrios

 

China no es un país en el sentido de su propio concepto, sino un mundo paralelo. Nada allí es perecedero, cada acto humano se concibe  eterno al no existir el tiempo castigador, y la muerte es un ir al encuentro  del Tao, esoterismo  igual a un  río  arrumbando sobre aguas  revividas una y mil veces más.

Uno comprende mejor ese concepto enaltecido percibiendo las Grutas de Mogao, uno de los museos más sorprendentes del antiguo budismo medieval. Con dos mil estatuas,  los palacios imperiales de la dinastía Ming y Qing, y  esa  Gran Muralla de 5.000 kilómetros envueltos en el aroma de los capulines salvajes.

Añadamos la Presa de las Tres Gargantas, el mayor proyecto hidroeléctrico del planeta. Un muro de 185 metros de altura que frenó  las aguas del río Yangtsé y formó un lago artificial o mar interior de 632 kilómetros. La distancia Caracas a Puerto Ordaz.

Y es que controlar las embravecidas aguas del Yangtsé, el tercero curso más grande del planeta, había  sido siempre el sueño de las dinastías reinantes. Lo consiguió el régimen comunista con la intención de terminar con las inundaciones y generar una energía adicional cada vez más necesaria  en el país.

Es sabido que en China germinó el confucionismo, creencia más próxima a la filosofía y la moral que a una religión.

Partiendo del hinduismo al budismo, taoísmo, hebraísmo, cristianismo e Islam, nos damos cuenta de como  la figura de Confucio penetra adyacente al arroz, las pagodas, los poemas del “Libro de las Odas” y los ojos en forma de almendras en el repertorio de estereotipos  sintetizados actualmente de  Mao a Xí Jinpíng.

En el libro “Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo”, Guy Sorman presenta a Zahao Fusan, antropólogo y lingüista. Nacido en Shanghai, realiza estudios de economía, teología y filosofía. Cuando se produce la revolución cultural, Zahao es, como todos los intelectuales, enviado al campo para ser “reeducado”. Pasa cerca de diez años en la provincia de Xuanan trabajando en los campos. En 1975 regresa a Pekín y comienza su extraordinaria vida de pensador. En medio de su figura se levanta hoy algo  sublime: la tolerancia.

Las enseñanzas de  Confucio  germinaron en él aún siendo esos conocimientos encerrados bajo  siete enigmáticas llaves.

Es indudable que las enseñanzas del Gran Maestro   se enredan en la mente de un occidental. Se pueden intentar conocerlas, no obstante,  razonarlas no es fácil, se hacen cuesta arriba y el raciocinio se vuelve un germen de indecisiones.

Confucio resume las relaciones humanas en cinco aspectos fundamentales, y cada una de ellos corresponde a una virtud. Padres e hijos, piedad filial;  soberano, súbdito y  justicia; hermano mayor y el menor; respeto por el superior; marido y esposa. El único mandamiento igualitario – dándole  un nombre cercano a nosotros – es la relación con los amigos, correspondiéndole  el sentido que le damos a la fidelidad.

Si uno retorna al pasado mucho antes de la revolución de Mao, la ética confuciana formaba parte  de la religión del Estado junto a los ritos ligados al culto de los ancestros y  toda naturaleza de servidumbre  bajo los emperadores en sus largas dinastías.

Ha corrido demasiada agua sobre  los cauces del Río Amarillo y el torrente se halla  tan enturbiado  que es difícil señalar de qué color es. Lo mismo sucede con los gobiernos que precedieron al Gran Líder. Desaparecidos los padres de “la gran marcha”, aún parecen andar andan a  dos luces: civilización modernizada versus derechos humanos. Al unísono, una desigualdad social en la que hay grupos humanos  envueltos en riquezas  inmensas y  grandes zonas de pobreza en los conglomeradas suburbios de las populosas  ciudades y poblaciones campesinas.

La inmensa China es otra dimensión desconocida. Una idea que los occidentales seguimos comprendiendo mal y a su vez asombrándonos.

 

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