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Aurelio F. Concheso: El mito de las hiperinflaciones longevas

 

Hace escasos doce meses, algunos economistas pretendían convencernos de que “aún Venezuela no está en hiperinflación”. Para sustentar su apreciación, argumentaban que todo obedecía a que la única definición posible de ese fenómeno era la del profesor Philip Cagan en 1955. Cagan mantenía que para que eso sucediera, se necesitaba que la misma llegara a 50% en un mes.

Tal vez ese empecinamiento en no admitir que ya habíamos llegado a esa etapa se debía a que, de esa manera, no tenían que hablar sin tapujos de las medidas específicas, en cuanto a lo que era inminente aplicar para librarnos de ese destructor flagelo. No importaba que el experto contemporáneo más respetado en materia de hiperinflaciones, el profesor Steve Hanke, del Instituto Cato, hubiera advertido un año antes, en noviembre de 2016, que para esa fecha nos habíamos convertido en el país 57 de la era moderna en entrar en hiperinflación.

Ahora, cuando ya es imposible ocultar al sol con un dedo, el nuevo mantra que nos quieren vender es que las hiperinflaciones pueden ser muy longevas.  Y usan como ejemplo lapidario que “la hiperinflación nicaragüense duró 5 años”, con lo que se supone que los venezolanos debemos adormecernos y conformarnos, como si la hiper fuera un estado estable con el cual se puede convivir per saecula saeculorum. La mala noticia es que ya estamos en la hiperinflación más severa y longeva de la historia de la América Latina. La buena noticia es que, primero, es falso de toda falsedad que Nicaragua haya estado en hiperinflación durante un periodo de 5 años. Y segundo, las hiperinflaciones, mientras más virulentas, más rápido desembocan en una crisis, después de la cual una reforma que devuelva la racionalidad al manejo económico, se hace inevitable.

Para poner las cosas en su justo lugar, Nicaragua si tuvo problemas económicos severos durante cinco años. No solo producto de malas políticas económicas, sino también de una guerra civil.  Y luego del huracán Juana, que la azotó en octubre de 1988. En ese quinquenio, tuvo dos eventos hiperinflacionarios que duraron no los cacareados cinco años, sino 12 meses cada uno. El primero de enero de 1988 al 89, en el que la hiperinflación fue de 41.000% en el año o 64% mensual. Y el segundo de marzo de 1990 a 1991 con 64.000% anual y 71% mensual, después de lo cual vino la estabilización. En otras palabras, en el más severo de los dos eventos, los precios subieron en un trimestre lo que en Venezuela subieron en solo el mes de agosto. En comparación, Venezuela lleva ya 24 meses continuos en hiperinflación (Steve Hanke dixit) y la acumulada de un año a octubre de 2108 es de la astronómica cifra de 883.997%, 14 veces mayor que el peor de los dos años nicaragüenses.

Como ya hemos excedido tanto la intensidad como la verdadera longevidad de la hiperinflación nica, ahora nos presentan las cifras de las hiper húngara, alemana, rusa y zimbabuense; Eventos que, si se anualizan, sobrepasan el millón por ciento. Pero anualizarlas es un artificio, porque solo duraron meses, antes que hubiera una salida de éstas. En verdad, no hay cómo predecir niveles futuros de hiperinflación, solo de medirla en tiempo real cuando sucede, como están haciendo el profesor Hanke y la Asamblea Nacional, de acuerdo cada quien a su metodología.

Lo que sí deben hacer los expertos, es orientar a los ciudadanos sobre qué esperar, una vez cortado el flagelo de raíz. Por lo pronto, difícilmente será posible erradicarlo, si primero no hay un plan serio y transparente para aumentar rápidamente la producción petrolera, y un Programa de Ajuste, acompañado de financiamiento para fortalecimiento de reservas. Lo cual requiere un consenso nacional de cómo manejar la economía, si es que se espera que los inversionistas y los organismos internacionales nos tomen en serio, y que el programa no fracase en sus objetivos.

 

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