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Luis Fuenmayor Toro: La política electoral chavecista

 

El sistema político nacido en 1959, se basó en el apoyo popular al régimen político (sistema de partidos, división de poderes y voto universal, directo y secreto), la suficiencia económica (exportación de petróleo como materia prima) y el soporte militar al modelo establecido (no beligerancia partidista ni electoral de las FFAA). Su quiebre dio paso a la aparición y entronización de un sistema político distinto, a partir del triunfo de Hugo Chávez en 1998, el cual no cambió la base económica de soporte existente, aunque sí comprometió su eficiencia en forma muy grave, incluso contra sus propios intereses. Mantuvo tanto el modelo político electoral, pero transitando una vía hacia el monopartidismo (eliminación de la alternabilidad política y de la división de poderes) como el soporte militar, pero cambiando lentamente su naturaleza (beligerancia, participación electoral y gubernamental).

Electoralmente, la democracia representativa basó la estabilidad política en un régimen bipartidista, que perdió en su desarrollo la sustentabilidad económica tenida inicialmente, lo que le hizo perder el respaldo popular original. La estrategia de las fuerzas emergentes lideradas por Chávez fue la de favorecer el total derrumbe de un modelo ya gravemente fracturado, para poder triunfar electoralmente en 1998. Enfrentó la polarización del pasado, cuando ésta se encontraba gravemente afectada, y la sustituyó por una nueva polarización entre sus fuerzas políticas y los restos de las fuerzas de los partidos del pasado. Crea entonces un nuevo escenario que le garantizan sus victorias iniciales, con las que inicia un cambio de la constitucionalidad y legalidad hasta ese momento existentes.

Electoralmente, Chávez impulsó un escenario polarizado, que sólo permitía la presencia de dos grandes fuerzas políticas: las supuestamente bolivarianas y revolucionarias, compuestas casi exclusivamente por el partido de gobierno (MVR, primero, y PSUV luego) y las opositoras, conformadas estas últimas por asociaciones y alianzas de partidos no incluidos dentro del gobierno. Esta política fue legalizada en 2009 con la promulgación de la inconstitucional Ley de Procesos Electorales, que abolió la representación proporcional establecida en el artículo 63 de la Constitución. Muy pocos grupos e individualidades permanecieron al margen de la polarización, algunos tratando de establecer la existencia de una tercería que aún hoy no ha sido conformada en forma adecuada a las necesidades de la nación.

Esta política electoral requería de la participación masiva de los electores: unos para mantener el poder sin dudas de ningún tipo y otros para tratar de vencer a la maquinaria más numerosa, fuerte y agresiva, construida por algún gobierno venezolano. La legitimidad del régimen se basó durante años en la realización de procesos electorales muy participativos, que le dieron innumerables victorias, que los viscerales de hoy no aceptan, comportándose igual a los izquierdistas del pasado, quienes afirmaban que la permanencia de AD y COPEI en el poder era producto de la existencia de elecciones fraudulentas. Parece que es muy humano no aceptar las derrotas. Pero se diga lo que sea, Chávez se legitimó nacional e internacionalmente en elecciones participativas, que sólo perdió en muy contadas ocasiones.

Con el tiempo, el gravísimo deterioro económico y social generado por la ineficacia, ignorancia y corrupción de los gobernantes chavecistas, sumados a la muerte del líder originario, fue cambiando rápidamente el escenario político electoral y las votaciones comenzaron a no tener la aceptación inicial. La abstención comenzó a ganar espacio, exactamente en la misma forma que ocurrió en la última década del siglo pasado. Esto llevó al PSUV a preparase para escenarios electorales de baja participación de la población, en los cuales ya no se asistiría a votar el 70 u 80 por ciento del padrón electoral, sino bastante menos del 50 por ciento del mismo, lo que significaba que se necesitaba movilizar a un porcentaje mucho menor de electores para poder ganar.

Esto hizo cambiar radicalmente la actitud ante los comicios del CNE y del alto gobierno. Había que presionar para que la participación no pasara del 50 por ciento del padrón, pues así el partido de gobierno podría ganar con la movilización de un 30 por ciento del total de votantes. Éste fue el escenario que desarrollaron con claridad en las elecciones presidenciales, en las que no llegó a votar el 50 por ciento del total de los inscritos y el gobierno se alzó con las dos terceras partes de la votación. La oposición tradicional (la MUD y sus restos), por su parte, ayudó claramente a instalar este nuevo escenario, al impulsar la desconfianza en el sistema electoral y efectuar llamados a la abstención de los electores, lo cual vienen haciendo desde 2004.

Es éste el escenario de las elecciones municipales del 9 de diciembre venidero. El gobierno ha trabajado contra una votación masiva y parece estar obteniendo resultados positivos. En los simulacros electorales ha participado sólo el 10 por ciento de quienes participaron la vez anterior; curiosamente los resultados dan perdedor al gobierno 9 a 1. En el escenario de elevada abstención, el gobierno ganará sin lugar a dudas. Quienes están colocando la coyuntura política importante en enero de 2018, el 5 y el 10 de ese mes, saben muy bien que los resultados del 9 de diciembre son determinantes en las situaciones que se presenten en enero. No es lo mismo un Maduro victorioso el 10 de diciembre, después de una abstención electoral importante, que un Maduro derrotado luego de una participación masiva de los electores.

Capriles, Ramos Allup y Manuel Rosales; Ugalde, Virtuoso y Víctor Márquez; deberían llamar a votar desde ya, dejando de lado el temor a ser empalados por los verdugos antinacionales de las redes, y actuar en función del interés nacional.

La Razón, pp A-, 18-11-2018, Caracas; Costa del Sol 24-11-2018, https://t.co/J5uKbYrzdZ

 

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