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Nelson Chitty La Roche: De la muerte y otros inexorables más

 

“Si no quieres sufrir no ames, ¿pero, si no amas, para qué quieres vivir?
Agustín de Hipona.

 

Cada vez que tenemos un serio problema de salud o acaso, tuvimos una experiencia en que la vida estuvo en juego, nosotros mismos o alguien que nos ha llamado la atención, pensamos en la muerte y con ello nos citamos con el temor y sus variables.

Y si bien, Hobbes afirmaba que el miedo está en nuestra naturaleza, tan presente como la vida misma, de hecho, llamó al miedo su hermano gemelo. También concluyó que la destacada creación del hombre en su búsqueda existencial era el Estado, para responder ante el miedo a la muerte, al protegernos todos del peligro de vivir todos, como lobos de todos.

Pero quiero, en este modestísimo discurrir, más bien echar a andar mis pensamientos ante la sencilla circunstancia de la finalización de la vida. Y para aclarar, digamos que, me refiero a dejar de ser, asumiendo que no somos más, al morir. Todavía cabe otra precisión indispensable; dejamos de ser no al detenerse el corazón, sino cuando el cerebro deja de funcionar y nuestro espíritu, ligado a la razón, al pensamiento, a la expresión, al sentimiento, nos deja ya.

Epicuro lo resolvió con una frase que recuerdo más o menos de memoria como “la privación de toda percepción…” y no somos, dejamos de ser; en otras palabras, si no hay consciencia y desde luego, no sentimos, no sabemos, no imaginamos, no pensamos, no soñamos, ni sufrimos, ni sonreímos, deseamos, ni recordamos, ni abrimos los ojos, ni los cerramos ni nos percatamos de nada. Por momentos nos refugiamos en el esfuerzo por rutinizar o banalizar nuestra vida, pero eso no significa que el acto y la potencia vital y existencial no sigan allí.

No se trata de especular sobre anatomía o fisiología, para lo que no estoy calificado, sino de opinar ante un fenómeno que sabemos o creemos permanente y que nos separa del conocimiento que tenemos y de cualquier sensorialidad, aparenta o nos aleja del entorno y del tiempo y si bien seguimos presentes en los recuerdos de otros, no podemos tomar consciencia de ello porque ya tampoco tenemos consciencia. No morimos enteramente para otros que nos recuerdan, pero ellos y cualquier fenomenología no existen para nosotros porque nosotros ya no somos, ni existimos.

Algo distinto es decir que quién se marcha nos ofende, nos defrauda, murió para nosotros. Repetimos iracundos esa letanía eventualmente y algunos se la creen pero, no confundamos las cosas. La única manera de que ello ocurra y haga algo legítima la metáfora, consistiría en sacarlo de nuestra compleja psiquis, memoria, emoción. Evoco al novelista que creó su cementerio particular y sin flores, para desnudar y meter allí, enterrar, a los que separaba de si mismo, de su ser profundo, de su alma, aunque siguieran concurriendo eventualmente con él, en el espacio de la práctica vital. Él los declaraba muertos, aunque siguieran con vida. Era un desprecio tan grande que no calificaban para el odio. Tal ejercicio de disciplina moral, de sobriedad, de epicureísmo incluso, tal capacidad para arrancárselo de cuajo, desgarrando corajudo el amor o el ardiente rencor que los ataba a su propio ser, cuesta tanto que, por extraordinario, se muestra de una entidad mitológica que escapa a cualquiera para no decir a todos. Es una suerte de Titán, un dios acaso.

A veces queremos asfixiar, comprimir hasta un final, desaparecer algo que hicimos o que quisimos pero que, no debemos o queremos mantener con nosotros y digo nosotros para representar a cada cual. Un acontecimiento que nos avergonzó y que no creemos soportar, decidimos desentrañarlo y borrarlo sería como matarlo, quitarle la vida que regresa con la reminiscencia, corregir en el tiempo, extirpándolo de ese pasado que por cierto es lo que tenemos porque es lo que fuimos y así, es lo que somos.

La cirugía de los afectos que estuvieron y se fueron o siguen horadando, lacerando, desfigurando, aquella palabra, aquel insulto, aquella persona que nos mató, valga la hipérbole al hacer o decir lo que hizo o, más bien que, con un gesto talló su imagen, un nicho en nosotros, originando su inmarcesibilidad.

El amor es un testigo, un victimario y una víctima. La existencia del amor es una percepción sesgada y caprichosa, de un subjetivismo gravoso, pero de indispensable pertinencia en nuestro acontecer vital. Para lo bueno, alegre, genial por momentos y para sufrir, llorar, odiar de súbito y para la depresión y la tristeza.

Puedo seguir enumerando elementos de nuestro tránsito existencial que, por momentos adoramos o aborrecemos y cuya esencia está confundida con nuestra concienciación y afirmación ontológica especifica; episodios, capítulos, sustancia de nuestro desenlace real, para distinguirlo, de lo que pasa ligero ante nosotros, sin el mérito de un registro. Vivir como secuencia biológica tiene mucho de eso, pero también, en esa ecuación, como un factor capital, obra la existencia que no queremos ni podemos perder. Morir es un acto que se anuncia extenso y definitivo. Más allá de consideraciones religiosas a las que adhiero, por cierto, acuso y resiento las meditaciones que el tema propone. Cada uno, por ser cada cual, tiene sus expectativas, aunque también tenemos, en muchos sentidos, lo que nos caracteriza a muchos o a todos o a unos pocos.

En el bosque inmanente donde somos, y por cierto, criaturas hechas a la imagen del Creador, transcurre una dinámica que triangula la vida y la muerte con la convicción de que trascenderemos y para decirlo de otro modo, no morimos completamente o no morimos, sino que pasamos a otra dimensión del cosmos espiritual, mutamos eso sí, pero, sin perdernos. Una suerte de cornete entre tiempo y materia se abre, en una operación cuántica enredada para luego fluir en un sostenido pendular.

La vida que tenemos es certeza en su complejidad y desde luego, es preciso ofrecernos para darle sentido, una combinación de racionalidad y de fe, lo cual implica y supone necesariamente una asunción ética y moral. Solo el que pierde la razón y rechaza la perspectiva trascendente de una secuencia posterior, intenta y tal vez no lo logre, cruzar el umbral de la verdadera muerte. Vivir, en contraste, es asumirlo todo como una manera de concurrir al instante en que estamos conscientes. Tal vez por ello, Baudelaire nos imprecaba, “…en el instante también reside la eternidad”.

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