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Luis Fuenmayor Toro: La abstención electoral en Venezuela

 

Este artículo no es un trabajo científico sobre la abstención electoral venezolana, ni tampoco sobre cómo enfrentarla. Es simplemente un llamado de atención sobre algunas características gruesas del fenómeno, en sus últimos 60 años, es decir desde 1959, cuando se estabilizó el voto directo, universal y secreto, como herramienta para decidir los cambios de gobierno de la sociedad venezolana. Sólo presento los rasgos generales de la abstención, pero suficientes para comprenderla y actuar en consecuencia. Sobre todo aquellos actores, que les gusta entender la realidad y no seguirse por sus ideas y pensamientos llenos de prejuicios y de lugares comunes.

Me referiré principalmente a la abstención en las elecciones de Presidente de la República, pues hasta ahora siempre han sido las más concurridas, junto con las del Poder Legislativo Nacional. Hay menor participación en los comicios de gobernadores y poderes legislativos de los estados y menor aún en la elección de alcaldes y concejos municipales. Los procesos de escogencia de cargos ejecutivos siempre han tenido mayor asistencia de votantes que los de cargos deliberantes. No pretendo analizar ninguna de estas diferencias, ni someterlas a ningún juicio de valor. Dejo esta tarea, por ahora, a los lectores que deseen asumirlo.

Durante los cuatro primeros gobiernos desde 1958, las votaciones gozaron de una participación electoral muy por encima del 90% del padrón, lo que significó una total legitimidad de origen de los presidentes electos, independientemente de la opinión que se pueda tener de su idoneidad. Hay sí que señalar que en este período de 20 años, los gobiernos, sobre todo los dos primeros, se vieron envueltos en una confrontación interna que, si bien nunca puso en real peligro al Estado, constituyó una interferencia para el desarrollo de planes y programas.

Los siguientes diez años, la abstención estuvo alrededor del 12,5% y para 1988 se elevó a más de 18%, que al sumarle votos blancos y nulos se alcanza una cifra cercana a la cuarta parte de los votantes, suma muy elevada para los desempeños iniciales. Para no dejar dudas de la afirmación hecha, puedo señalar que la abstención en la segunda elección de Carlos Andrés Pérez fue casi 6 veces mayor, que la habida en las elecciones de Caldera y del propio Pérez en sus primeros gobiernos. Esta situación, que tuvo que obedecer a un cambio de percepción de los votantes sobre el modelo de gobierno, no fue detectada o fue desestimada por la dirigencia política de entonces.

Se trató de un error grave, si recordamos que cinco años antes, el viernes negro, se produjo una fractura del modelo económico y los venezolanos comenzamos a sufrir los efectos de la inflación y la devaluación monetaria. A partir de 1988, la abstención presidencial se colocó entre 35 y 40% con la segunda elección de Caldera y la primera de Chávez, lo cual demuestra que es un mito la excepcional popularidad que se le ha atribuido al teniente coronel para aquel momento. La Constitución de 1999 fue aprobada con más de 55% de abstención y la relegitimación de Chávez en 2000 se dio con mayor abstención (43,8%) que la de su primera elección.

Con toda esta información pretendo demostrar que la abstención electoral se inició hace 30 años por lo menos, por lo que está muy lejos de ser un fenómeno nuevo. Sin embargo, tampoco es un fenómeno inmodificable, como lo demuestran las reelecciones de Chávez de 2006 y 2012 con menos de 25% de abstención, al igual que la primera elección de Maduro, cifras todas más bajas que las ocurridas a partir de 1988. Si analizamos las últimas tres elecciones de concejales de este siglo, todas han tenido unas cifras de abstención por encima del 70%, lo que se reafirma la tesis de que el fenómeno no es de ahora.

Los resultados apretados de la primera elección de Maduro, la no revisión de los cuadernos de votación solicitada, el rechazo de las impugnaciones por el  TSJ, el ventajismo descarado del gobierno, la violencia intimidatoria de grupos paramilitares, reiniciaron el proceso de deslegitimación del sistema electoral venezolano. Se detuvo con el aire fresco dado con la elección de la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, pero luego se profundizó ante las acciones alocadas, inmediatistas y ambiguas de ésta y con la suspensión inconstitucional del revocatorio presidencial, el diferimiento de elecciones regionales y municipales y la elección corporativizada de la ANC.

Fueron aderezos importantes la descarada parcialización del CNE, la ilegal inhabilitación de partidos y candidatos, el manejo discrecional de los lapsos y procesos, el uso ventajista del voto asistido, la reubicación delictiva de centros electorales y la coacción de los electores con la entrega de víveres y dinero, a través del “carnet de la patria”. Ha influido también la campaña opositora negativa de 20 años contra el sistema electoral chavecista. La ANC fue electa con 60% de abstención, los alcaldes con 53%, los gobernadores con 40%, Maduro reelecto con 54% y, como ya dijimos, los concejales del 9 de diciembre con un 73% de abstención.

Sin duda, el electorado ha dejado de creer en la técnica electoral como herramienta para el cambio pacífico de sus gobernantes; por ello, la ha abandonado. Existe hoy una abstención estructural entre 20 y 25%; son electores que no votarán en ningunas circunstancias. Y hay un 30 a 40% que se agrega dependiendo de la situación y de las condiciones que se den. Éste es el panorama futuro, que de no modificarse le dará siempre victorias al gobierno, quien, por las razones que sea, tiene una votación cautiva de 20% de los votos totales, a lo que puede agregar por acciones especiales como el acarreo compulsivo de votos, un 10% adicional.

 

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