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Rafael Simón Jiménez: La destrucción del salario

 

Pocas cosas quedan en pie en Venezuela luego de casi veinte años de destrucción y desafueros. La economía, la moral pública, las instituciones, la seguridad, los servicios, la industria petrolera, las reservas internacionales, la moneda, la infraestructura,  forman parte del amplio inventario de ruina deliberada propiciada desde el poder. Difícil diagnosticar en la calamitosa  situación del país, cual ha sido el sector, o el aspecto que mayor daño ha sufrido tras dos décadas de disparates y  pillajes, que conforman la tragedia humanitaria que hoy atormenta la vida de los venezolanos.

El salario, conforma el ingreso de más del 85 por ciento de la población, que vive de su trabajo en el sector formal público y privado, o en el sector informal, así como el de los sectores de tercera edad que viven de una pensión o jubilación. El salario es la contraprestación del esfuerzo cotidiano y según nuestra constitución debe ser suficiente para garantizar una existencia decorosa y digna, es decir capaz de proveer los bienes y servicios para asegurar la estabilidad personal y familiar.

La desastrosa y demoledora  política económica implementada en las últimas dos décadas, ha tenido como resultante la quiebra del sector productivo sometido a continuos atropellos y a una disminución y decrecimiento de sus actividades, que solo en los últimos cinco años ha decretado el cierre de más de un cincuenta por ciento de establecimientos industriales, agrícolas, comerciales y de servicios, con un doble efecto perverso: por una parte dejar en la calle sin empleo formal a los trabajadores de esas empresas, y por la otra reducir dramáticamente la oferta de bienes de consumo, obligando a su  importación masiva en momentos en que los ingresos en divisas sufren una sensible disminución por el caos operativo, financiero y tecnológico de nuestra industria petrolera depredada y llevada a la postración por la gerencia corrupta enseñoreada  y alcahueteada desde Miraflores.

La destrucción del aparato productivo, la erosión de las reservas internacionales, la emisión de crecientes cantidades de dinero inorgánico, la progresiva disminución de las importaciones,  la imparable devaluación del bolívar, han terminado por restar al ingreso de los trabajadores toda su capacidad de compra. Los sucesivos aumentos salariales, solo sirven para evidenciar la destrucción del ingreso nominal y  real de los sectores trabajadores, que frente a la escalada indetenible de los precios de los artículos de consumo básico, se sienten empujados por el barranco  de la pobreza y la miseria.

A la ya disparatada  política de aumentos salariales, se agrega una visión regresiva y anti obrera del ingreso de los trabajadores, que pretende echar por tierra y desconocer todos los logros alcanzados tras largos años de luchas gremiales y sindicales y consagradas en los contratos colectivos. Las clausulas económicas y sociales en materia de bonificaciones, tablas salariales, clausulas sociales, son atropelladas y desconocidas, pretendiendo igualar en el hambre y la precariedad a todos los sectores laborales, y atentando contra sagrados principios constitucionales  como la progresividad e intangibilidad de los derechos de los trabajadores.

El concepto mismo de la suficiencia del salario y su vinculación al costo de la denominada “cesta básica “es obviada deliberadamente para crear un terrible desfase entre la precariedad del ingreso y el costo de los bienes indispensables para la subsistencia. Ni el más inhumano y salvaje de los gobernantes de la derecha capitalista sería capaz  de someter a su población laboral a condiciones de existencia inenarrables, donde los asalariados consumen más en transporte o alimentos para desplazarse a sus centros de trabajo, que lo que perciben como remuneración.

Los contratos colectivos, las clausulas económicas y sociales, las prestaciones sociales, las cajas de ahorro, son prácticamente exterminadas  por una hiperinflación sin precedentes en la historia contemporánea del mundo, que hace que los asalariados deserten masivamente de sus puestos de empleo sin ni siquiera  esperar por la liquidación de sus activos laborales y se sumen a la millonaria migración, de quienes ante la eventualidad de morir de hambre escogen el camino del éxodo como única forma de tratar de salvar a sus familias.

El salario, la histórica contraprestación del esfuerzo manual o intelectual de los trabajadores, destinado al mantenimiento familiar digno, ha sido esquilmado y derretido por un gobierno que tiene la desvergüenza de autodenominarse obrerista y humanista. El rescate del ingreso real, es decir de la capacidad de compra del salario, tiene que tener lugar privilegiado en la agenda para la reconstrucción económica y social de Venezuela, pero ello solo será posible echando del poder, a quienes  acabaron con la posibilidad de comer y vivir decorosamente de los asalariados venezolanos.

 

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