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León Moraría: La indeseable y aburrida navidad.

 

En este mes hay una fecha muy importante, 9 de diciembre, Día Internacional del Laicismo, que conmemora 200 años de luchas por la libertad de cultos, la separación de la Iglesia y el Estado, la educación pública laica, la libertad de pensamiento, la descontaminación del paisaje, la consolidación del Estado Laico. Y el 1º de enero se conmemora el Día Mundial del Ateísmo, la filosofía personal de mayor crecimiento en el mundo, que reúne a librepensadores, materialistas, agnósticos y ateos, abanderados del Laicismo y de la Ciencia. ([email protected])

Consultadas cinco figuras del best seller internacional sobre la navidad, respondieron “¡Detestable!” ¿Qué tiene la navidad que induce a esta respuesta? ¿Será porque la práctica actual no corresponde a su origen pagano, y por ser una vitrina de apariencias y falsedades?

El 21 de diciembre es el solsticio de invierno, fecha del comienzo del regreso del Sol de su periplo hacia el Sur, luego del largo viaje desde el Norte, 21 de junio solsticio de verano, su paso por el ecuador, 23 de septiembre, equinoccio. En las culturas del Neolítico, el 21 de diciembre es la fecha de gran celebración del nacimiento del Sol, y que el cristianismo, como colcha de retazos, la asimiló y se la adjudicó como propia al colocar en esta fecha el nacimiento de su leyenda religiosa, Jesucristo. Y en las culturas aimara y quechua, el 21 de junio es la fecha del regreso del Sol de su viaje al Norte, celebración cuyo origen no pudo ser tergiversado por el cristianismo por cuanto tendrían que hacerle dos nacimientos a Jesucristo: uno, el 25 de diciembre, para el hemisferio Norte; y el otro, el 25 de junio, para el hemisferio Sur.

En el Paleolítico y Neolítico, los habitantes del hemisferio Norte (Europa, Asia), cada año padecían la angustia de ver como el Sol se alejaba, se empequeñecía, se marchaba y en medio de su ignorancia y primitivismo – no tenían explicación del fenómeno natural – pensaban que el Sol no regresaría y morirían de frío por las bajas temperaturas de las nevadas que cubrían la tierra y hacían imposible la recolección de frutos en el bosque, la cacería de animales, la agricultura y la vida normal de la primavera y el verano. De igual manera, los habitantes del hemisferio Sur (América, Australia) padecían la misma angustia y temor. El regreso del Sol era motivo cada año de alegría y grandes celebraciones. Este es el verdadero origen de la festividad navideña que, sin motivo, por el invento y leyenda creada por la religión cristiana, le fue impuesta a los habitantes que vivimos en las regiones tropicales, ecuatoriales, y no tenemos nada que ver con la costumbre cuyo origen viene del temor al frío y congelamiento causado por las intensas nevadas. El Sol es la única fuente permanente de calor que tiene la Tierra y a los habitantes del trópico y el ecuador, lo que nos sobra es calor del Sol durante los doce meses del año con los equinoccios: 21 de marzo y 23 de septiembre).

Los pueblos del Paleolítico vivían en cuevas, no tenían TV, radio, bibliotecas, discotecas ni bares donde distraerse en las noches de insomnio y dedicaban ese tiempo para, noche a noche, sentados a la entrada de las cavernas, observar el firmamento poblado de estrellas. En medio de su ignorancia y primitivismo, no tenían explicación para los fenómenos naturales – desde los más sencillos (el viento, la lluvia) a los más espectaculares y tenebrosos (erupción de volcanes, terremotos) – o las nevadas, que se las atribuían a la marcha o alejamiento del Sol. De esa observación permanente del firmamento nocturno fue naciendo la Astrología, les dieron nombre a las estrellas y a todo lo que observaban en la noche, sólo iluminada por la Luna y el lejano resplandor de las estrellas. Inventaron leyendas, les dieron nombre a las constelaciones, seguían su movimiento de traslación por el cielo, ignoraban que no eran las constelaciones las que se movían, sino, la Tierra, por la rotación de 24 horas sobre su propio eje y la traslación durante 365 días alrededor del Sol.

Las palabras claves de esas observaciones son: virgo, nacimiento, sol. Virgo es una constelación, en la cual ubicaban el Sol el 21 de diciembre (solsticio). Nacimiento es el comienzo del retorno del Sol que se alejaba, se empequeñecía, pero regresa y de nuevo calienta la Tierra. La leyenda inventada por los pueblos del Paleolítico decía que, “el Sol niño, nacía en Virgo, regresaba para calentar la Tierra y alejar el angustiante frío de las nevadas.” [1] Motivo de inmensa alegría y gran fiesta para los habitantes del Paleolítico y Neolítico. El cristianismo, colcha de retazo, cuyas leyendas son tomadas de todo lo que el hombre inventó como fruto de su ignorancia y primitivismo, toma la leyenda creada por los pueblos antiguos y la acomoda al interés de su creencia religiosa. Es así como de la constelación Virgo, crea una mujer virgen, que da luz a un niño Jesús, que le trae beneficios al hombre. ¡Qué originalidad! Cualquier parecido con la leyenda de los pueblos del Neolítico no es simple coincidencia, hay premeditación y alevosía.

Este es el verdadero origen de las festividades que se realizan en diciembre por imposición del cristianismo, por cuanto, ¿Qué tenemos que ver los habitantes de las regiones tropicales y ecuatoriales con frío, nieve, niño, virgen? ¡Nada! Como se dice, es un cuento chimbo, ajeno a nuestra naturaleza de eterna primavera. El cristianismo, como todas las religiones, está hecho de paradojas, como esa, de una mujer virgen que pare a un niño. Como no tenemos nieve, se remplaza con escarcha de pote (aerosol), y como no tenemos pinos ni vinos ni aceitunas, peras, manzanas ni uvas, nos imponen el consumo. Aquí no tenemos nada que celebrar en diciembre, vivimos durante todo el año en eterna primavera. En tanto los habitantes de las zonas templadas tienen que inventar fiestas para salir del entumecimiento que les produce el frío, en el Trópico el calor hace que la fiesta dure 365 días al año.

La leyenda de la navidad cristiana resulta aburrida, indeseable o como dicen las figuras del best seller internacional “¡detestable!” La celebración navideña carece de fundamento, por cuanto inventa un mundo que no corresponde a nuestra realidad de sol y calor. Hace algunos años escribimos unos versos alusivos:

Diciembre está lleno con expectativas,

proverbios, esperas, incierto futuro,

probabilidades vestidas con pompas,

promesas ilusas, apariencias tontas.

Nuestros propios padres candorosamente

desde muy pequeños inculcan fantasmas,

de la ingenuidad;

correos celestiales que llevan regalos

y distribuyen con prodigalidad;

mensajes repletos de ensueños y risas,

de música y cantos, relatos de hadas,

promesas truncadas, fantasías soñadas

de luces brillantes que ciegan, fascinan

la infantilidad.

Transcurren los años, desde la niñez

a la pubertad, con la expectativa

que en ese diciembre…

por fin llegarán las luces brillantes,

el ambiente de ensueños y risas,

de música y cantos, de bellas promesas,

de cambios rotundos, de cuentos de hadas

con afectaciones de religiosidad.

Se marchan los meses, se anuncia diciembre,

regresan los mitos y el etéreo cuento

de un niño “bendito” que plena de gozo

a la Humanidad.

Mas todo culmina en cada diciembre

con la expectativa de una realidad

que no llega nunca, que nada nos trajo

y deja por siempre la incredulidad.

No hay nada más triste fabuloso y necio

que la Navidad;

titilantes luces, artificios fuegos,

vaporosos tules, que ocultan la farsa

de su vaguedad.

Entre campanitas, sonoros tilingos

se anuncian ¡hosannas!

a una vida diaria de perplejidad.

Nada tan fingido como Navidad,

ella representa el dingolondango

de la falsedad.

Cansado está el hombre del discurso estéril,

febril esperanza que lo ciega y cansa,

sin que halle el anhelo, el feliz consuelo

del mundo que cambia con sinceridad,

sin vanas promesas como en Navidad.

¡Es fiesta de ricos! de impuestas creencias;

preguntad a un pobre por los parabienes

de su ambigüedad.

Costumbre tediosa es la Navidad.

¡Quitadle! la sarta de embustes y engaños

y así recupere su origen pagano,

de un Sol que regresa, alumbra, calienta,

en cada solsticio, al Norte friolento

oscuro y violento.

No así, en el Trópico de eterno equinoccio,

que irradia su luz, fulgente esplendor

y tórrido ardor.

Aquí, la fiesta es del  Sol:

sin avieso engaño, de falsos augurios.

Ni la fatuidad de hadas y luces… 

¡Simple realidad!

La verdadera angustia de la Humanidad está en el calentamiento global y el cambio climático. El tiempo para que el proceso sea reversible, se agota cada día que pasa. El Informe más reciente de la ONU da un plazo de diez años más para el colapso total. La causa fundamental es el uso de petróleo y carbón que deben ser sustituidos por energía limpia. ¿Cuál debe ser el aporte de Venezuela al calentamiento global? ¿Transformar más petróleo en monóxido? Tenemos que escoger: ¡Planeta o petróleo! Da grima oír hablar a los analistas económicos y petroleros de activar la producción y llevarla a seis millones de barriles diarios. ¿En que mundo viven? De los gobernantes para que hablar ¡Viven en la Luna!

[1]  Conde de Volney, Las Ruinas de Palmira. Uno de los libros de cabecera del Libertador.

 

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