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Manuel Isidro Molina: A modo de despedida y bienvenida, 2018-2019

 

A modo de despedida y bienvenida, evaluar lo más importante de 2018 y especular analíticamente sobre lo que nos traerá 2019 es un esfuerzo arduo, dado que problemas y opciones son no solo complejos sino profundos, algunos irresolubles y otros inasibles, simplemente tendremos que cabalgarlos por mucho tiempo. Es decir, no habrá soluciones mágicas ni salidas fáciles: disculpen la franqueza, pero con tantos embrollos morales, políticos, económicos y sociales, sería demagogia pura o simple charlatanería esbozar optimismos bajo tantas sombras.

Lo serio es comprender que la macro crisis que nos agobia viene muy de atrás. Quien diga lo contrario, se equivoca aunque tenga la mejor voluntad de servicio; pero sí hay que desconfiar de quienes deliberadamente lo hacen para esconder sus culpas, complicidades y corruptelas.

En segundo lugar, debemos aceptar que con el actual cuadro político empobrecido y corrompido no vamos a ninguna parte, porque la reconstrucción moral de la República está entre las prioridades, aunque pocos quieran aceptarlo: ningún país del mundo, sociedad o sistema político-económico puede encarar dificultades, superar adversidades y construir futuro con la degradación moral, las insensateces y la irresponsabilidad social existente en la Venezuela actual.

Por si fuera poco lo anterior, Venezuela es hoy por hoy, el país más saqueado y descapitalizado del mundo, por tirios y troyanos. Tal grado de codicia, corrupción, irresponsabilidad generalizada y agresión autodestructiva no tiene precedente en nuestra historia ni en el mundo contemporáneo, salvo en unos pocos países africanos destrozados por guerras tribales de antología.

Huelga, entonces, detallar los declinantes acontecimientos de 2018. Sin embargo, es útil resaltar algunos rasgos especialmente importantes:

1-El gobierno alcanzó el zenit de la cadena de triunfos pírricos iniciados en 2017 con la elección de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Ahora, el PSUV de Nicolás Maduro cuenta con un poder institucional pasmoso, que ni el mismísimo Hugo Chávez soñó en sus mejores tiempos (2006-2010). Además de los Poderes Nacionales (incluyo la ANC reemplazando a la Asamblea Nacional por la vía de los hechos y con sometimiento a cargo del Tribunal Supremo de Justicia, a propósito de la propia torpeza de la mayoritaria “oposición” que la integra), controla 19 de 23 gobernaciones, 308 de 335 alcaldía, y casi todos los consejos legislativos regionales y concejos municipales. Solo en tiempos de Jaime Lusinchi (AD, 1984-1989) se vivió algo parecido, guardando las distancias.

2-La “oposición” política (MUD, hoy fracturada y desvencijada) -que vivió su gloria en diciembre de 2015 al capturar circunstancialmente los dos tercios de la Asamblea Nacional- siguió su errático camino de autodestrucción, lo que evidentemente oxigena al gobierno.

3- Venezuela siguió siendo víctima del desastre económico con gravísimos efectos sobre la población empobrecida, enferma y desesperanzada, que en medio de la crisis ha acelerado el éxodo hacia el exterior, tanto de venezolanos como de extranjeros radicados en nuestro país, cuyas estimaciones van de 3 a 4 millones de peresonas entre 2013 y 2018, con posibilidad de aumentar a 6 millones o más en 2019.

4-Ese desastre económico tiene cuatro fuentes claras:

a) La asquerosa corrupción del gobierno Chávez-Maduro con rasgos mafiosos civiles y militares, que ya la población identifica y aborrece;

b) Las políticas económicas y financieras gubernamentales inconsistentes, estatistas, arbitrarias bajo un manto de opacidad;

c) La exportación masiva de capitales -limpios y sucios-, la desinversión privada, la voracidad especulativa y el escaso sentido nacional de buena parte del empresariado;

d) El cerco económico y financiero internacional por parte del gobierno de Estados Unidos, y con él la Unión Europea y los países del llamado “Grupo de Lima”, del cual se ha deslindado México desde que López Obrador asumió la Presidencia de la República, el pasado 1ro. de diciembre.

5-Marca el 2018 el fracaso rotundo del anunciado por Maduro, el 17 de agosto pasado, “Plan de Recuperación Económica”, un fiasco tremendo que aceleró las tres vertientes de nuestro empobrecimiento socio-económico: caída del producto interno bruto (PIB), se estima en -18 %, con PDVSA a la cabeza en baja de su producción y productividad; hiperinflación desbocada y pulverización del bolívar (“Fuerte” y “Soberano”) con su carga de empobrecimiento social y desquiciamiento económico; impacto delictivo sobre la dinámica económica por la corrupción generalizada desde lo público y lo privado, más el accionar de bandas criminales estructuradas, que cada día golpean más a las unidades productivas y el desenvolvimiento económico general del país, tanto por inseguridad de bienes y personas como por inviabilidad económica y financiera de las empresas urbanas y rurales.

6-Los efectos destructivos sobre la población y áreas tan importantes como salud, educación, agricultura (vegetal, animal y forestal) turismo y seguridad de personas y bienes, son alarmantes e inocultables. La sensación es que en Venezuela, todo se cae a pedazos, lo que retroalimenta la desesperanza y el éxodo masivo, que a su vez profundiza la macro crisis.

Este es el panorama en el cual nos abrazaremos con el “cañonazo” de Año Nuevo. Nada halagador, ciertamente. Pero no será el “fin del mundo” para Venezuela, aunque 2019 pinta más oscuro y duro que 2018, lo que de entrada nos debe hacer reflexionar y actuar con mesura, única garantía de eficacia en lo social, político y económico.

Las complicaciones políticas cabalgarán sobre las sociales y económicas, porque de hecho enero es un mes casi muerto económicamente hablando, una especie de “hueco estacional” que marca al primer trimestre de cada año; y es a partir de marzo, superado el carnaval, cuando comienza a dinamizarse la economía venezolana. Enero es de inactividad o muy baja actividad en sus dos primeras semanas, tradicionalmente, lo que anuncia desabastecimiento (escasez) de productos de todo tipo, incluyendo los rubros alimentos y medicamentos, que a su vez presionará la inflación y el empobrecimiento social.

Es previsible también, que muchas empresas cesen sus actividades definitivamente o reinicien labores tardíamente y con menos plazas de trabajo, después de las vacaciones de Navidad y Año Nuevo. Y el gobierno no tiene cómo contrarrestar esa perspectiva, incluso en buena parte de las empresas del Estado y unidades de producción estatizadas, confiscadas o repentinamente asumidas por sus trabajadores con apoyo gubernamental después de ser abandonadas por sus dueños nacionales o extranjeros, como efectivamente ocurrió este último trimestre de 2018 con varias empresas estadounidenses (Ford, Goodyear, etc.), que parecieran acoplarse al anunciado boicot económico contra Venezuela, a partir del 10 de enero próximo.

Todas estas dificultades son ciertas y lacerantes, pero no tenemos por qué celebrarlas como augurio de la “caída” o “salida de Maduro” en el corto plazo. La expectativa del 5 de enero, cuando se inicia un nuevo período anual de la Asamblea Nacional (AN) es casi ritual y carente de eficacia política, tanto por la condición de “desacato” que pesa sobre el Legislativo desde el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) como por la inexistencia de “unidad” opositora, que se enfrenta al trago amargo de juramentar en la presidencia de la AN a un dirigente del partido Voluntad Popular que lidera desde su casa (por cárcel) Leopoldo López, condenado a más de trece años de prisión por los violentos acontecimientos callejeros de 2014, conocidos en Venezuela como “guarimbas”.

¿Y el 10-E? Será algo más enigmático e importante:

Enigmático, porque los factores en pugna -nacionales y extranjeros- son imprevisibles, más allá del desconocimiento o reconocimiento de Maduro como presidente constitucional de Venezuela para el período 2019-2025, por todos conocidos; e importante, porque puede ser hito para el desencadenamiento de acontecimientos violentos o de gran tensión política y militar que impactarán negativamente sobre el desempeño económico y la vida cotidiana de la nación.

Lo peor para Venezuela será que se imponga la tesis guerrerista de Álvaro Uribe Vélez desde Colombia, quien frenéticamente procura una acción militar colombo-estadounidense, desde el triunfo de su pupilo Iván Duque, un Presidente sin liderazgo propio y falto de sentido común, pues se le ve actuando más como mandadero que como Jefe de Estado, al menos en cuanto a las relaciones binacionales Colombia-Venezuela. Lo veo desbocado y en riesgo de quedar colgado de la brocha, lo que sería muy malo para Colombia.

La juramentación de Nicolás Maduro, el 10 de enero, seguramente será ante el TSJ, o en su defecto ante la ANC, recurso de última instancia, por razones obvias. Nadie debe abrigar dudas en cuanto a que Maduro seguirá al frente del Poder Ejecutivo en Miraflores, aun en peores dificultades de las que ha superado desde el 19 de abril de 2013 hasta hoy. Caso raro, con una masiva opinión en contra se ha mantenido en el cargo, ha sabido dividir para vencer y comprar para corromper, por lo que hoy no tiene, políticamente hablando, a nadie orgánicamente enfrente que lo amenace críticamente.

Sabe bien el presidente Maduro, que mientras no emerja en Venezuela un proyecto político consistente, respetable y creíble que le dispute los espacios sociales, con una propuesta diferente a la neoliberal y pro imperialista que gravita sobre la oposición conocida, difícilmente tenga mayores enemigos que sus propias carencias y sinvergüenzuras.

Enfrentemos el futuro con honestidad y valentía, para contribuir a superar las dificultades tan serias y profundas que nos martirizan. Las crisis son paridoras de opciones, si sabemos interpretarlas y aprovecharlas para su superación y la obtención de logros encomiables, mientras otros se dedican a la rapiña, como es evidente hoy.

Usufructuar el caos no es menos miserable que propiciarlo. La diferencia está en el plano moral y ético, en la responsabilidad social e histórica que podamos proyectar y construir al servicio del bien común, la sociedad y nuestra amada patria, en medio de tantas dificultades. Sí hay espacios para el amor y la esperanza, la solidaridad y la construcción: dejémosle la codicia y el hedonismo a la minoría que ha saqueado y arruinado a Venezuela; y la irresponsabilidad, a quienes siendo corresponsables de esta macro crisis, desde cada bando evaden culpas y hacen gala de un cinismo insultante.

Venezuela es rescatable, si queremos y nos dedicamos a reconstruirla integralmente. 2019 puede ser el comienzo de esa magna obra colectiva, camino a la felicidad y el bienestar productivo de la nación.

 

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