Inicio > Opinión > Antonio Sánchez García: Meditaciones sobre la guerra y la paz

Antonio Sánchez García: Meditaciones sobre la guerra y la paz

 

1

De la Historia de la Guerra del Peloponeso, del historiador y militar ateniense Tucídides, que debí casi que memorizar en mi primer año de estudio de historia universal con Genaro Godoy, el catedrático de historia antigua del mismo Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile donde en los años treinta aprendiera y enseñara don Mariano Picón Salas, se deduce lo que hecho épica ya había sido suficientemente esclarecido por Homero: no es la paz el estado normal de las relaciones entre los pueblos, es la guerra. La guerra es la política por otros medios, diría Von Clausewitz. O el mortal enfrentamiento amigo-enemigo, diría Carl Schmitt. Hobbes ya había llevado el principio a lo humano mismo: la guerra y no la paz define las relaciones entre los hombres. La esencia de la sociedad es el bellum omnia contra omnes: la guerra de todos contra todos. La paz, el interludio que interrumpe la guerra. Un reposo temporal de los pueblos en guerra para volver, fortalecidos, a empuñar las armas. ¿Si no lo sabremos los venezolanos, enguerrillados desde nuestro nacimiento?

Nací a fines de junio, dos meses antes de la invasión de Hitler a Polonia el primero de septiembre de 1939, que diera inicio al horror de la devastación más profunda e intensa vivida por la humanidad. Esa guerra, la Segunda Guerra Mundial, me acompañó durante toda mi infancia. Supe de ella por el cine, las habladurías de sobremesa y la felicidad que embargó a mi padre por la victoria de los rusos en Stalingrado. Él, un furibundo comunista. En su homenaje, mi hermana fue bautizada como Gloria Victoria. La adolescencia la viví sobre el trasfondo de la Guerra Fría, la guerra de Corea y Vietnam y las guerras de liberación anticolonialistas en África. Con la plena y estremecedora conciencia del Holocausto, el genocidio más espantoso y cruento sufrido por una minoría religiosa. Si a ello se agregan las revueltas universitarias, las insurrecciones, motines y revoluciones que viviera en primera persona y estos horrendos dieciocho años de castrocomunismo narcotraficante venezolano que me han impedido alcanzar una vejez tranquila, lo cierto es que nací en medio de la guerra, fui amamantado, crecí y fui educado, así fuera desde la distancia de un subcontinente en paz, bajo los ensordecedores ruidos de la guerra y me iré de este mundo, como nos iremos todos, sin haber conocido un mundo de paz. Siempre al borde de la guerra o sufriendo sus efectos. Lo propiamente humano es la guerra, la violencia, el enfrentamiento, la aniquilación del otro, la muerte. Todo lo demás y especialmente la paz entre las naciones es una ilusión perpetua. Un sueño inalcanzable. Estamos condenados a ser consumidos por la guerra, el terror, la violencia. Dos milenios de cristianismo no han sido suficientes como para apaciguar los espíritus. Es más: en muchos momentos de la historia los ha enardecido. El hombre fue y continúa siendo el peor enemigo del hombre. Ni Homo faber, ni Homo ludens: Homo bellum.

2

Viví los más feroces años de la Guerra Fría en Berlín Occidental, entonces un enclave de los aliados y la pax democrática, un islote en pleno corazón de la Alemania soviética. Para salir a Occidente por tierra debía apersonarme en el Ministerio del Interior de la dictadura de Walter Ulbricht, en Berlín Oriental, y solicitar una visa de tránsito: me daban dos horas para atravesar la llamada DDR por la autopista construida por Hitler desde el puesto de salida, custodiado simbólicamente por el primer tanque soviético que entró a Berlín en abril de 1945, veinte años antes, y llegar a la frontera con la República Federal. El reino de la libertad, la prosperidad, el progreso. La libertad de que se disfrutaba en Berlín Occidental bajo custodia de Estados Unidos, Inglaterra y Francia era tan notable, que nadie tenía la sensación de encontrarse en una isla rodeada por el Archipiélago Gulag. En esos largos años pude vivir las visitas de John F. Kennedy y Nikita Kruschev. Mi hijo mayor nació en la maternidad de Schöneberg, no muy lejos de la sede de la alcaldía que ocupaba Willy Brandt, el alemán más notable de la posguerra, de cuyo hijo éramos buenos amigos. Un socialdemócrata amigo de Carlos Andrés Pérez, a quien tuve el honor de conocer personalmente en Caracas, cuando Caracas era la capital del reino de la libertad heredado de Simón Bolívar.

Las glorias de la Alemania decimonónica y del Berlín de Hitler, Goebbels y Göhring, que antes de 1933 habían sido las de Brecht, de Thomas Mann y de Albert Einstein, se encontraban todas del lado soviético, donde las sorprendiera la partición de la capital del Reich luego de la invasión de los rusos, con la excepción del Parlamento del Reino, el Reichstag, el mismo que fuera incendiado a los pocos meses del asalto de Hitler al poder en un atentado realizado por un solitario comunista holandés que sirvió el pretexto perfecto para dar inicio a la brutal cacería de los nazis y los 12 años de terror del reinado hitleriano. Al hacer la partición y construir el Muro, las ruinas del Reichstag quedaron del lado occidental de la famosa Puerta de Brandenburgo. Del otro lado estaba la plaza Karl Marx, la isla de los Museos –entre ellos el que guarda las deslumbrantes ruinas del Altar de Pérgamo o la imponente Puerta de Ishtar–, la Universidad Humboldt, el Teatro de la Ópera y el afamado Berliner Ensamble, el templo del teatro brechtiano, dirigido entonces por la viuda del gran dramaturgo alemán, la actriz Helene Weigel.

Solía pasar la frontera con mi destartalado Opel por Checkpoint Charlie, en el barrio obrero de Kreuzberg, para ver los montajes de las más famosas obras de Brecht: La Ópera de Tres Centavos, Coroliano, Madre Coraje, Puntilla y su siervo Matti, entre otras. Disfrutar luego de un gulasch en un excelente restaurante húngaro de la Karl Marx Allée, habitual de funcionarios y diplomáticos, en donde éramos mal vistos por llevar el pelo largo y vestir a la moda hippy de los años sesenta. Y comprar discos clásicos a precios ridículos. Pero los apremios a los que éramos sometidos al cruzar la frontera, los cateos, las amenazas, los reflectores sobre la tierra de nadie fronteriza, las largas esperas y el mal trato nos recordaban que en cualquier momento estallaba la guerra, como la viéramos estallar en la Checoslovaquia de Alexander Dubcek (https://es.wikipedia.org/wiki/Alexander_Dub%C4%8Dek), tal como ardía bajo el napalm en Hanoi, como se cebaba asesinando y martirizando en China, Laos y Camboya. Volvíamos de la maravillosa Praga primaveral y nos cruzamos con la caravana de tanques del Pacto de Varsovia que se dirigían a aplastar en forma inclemente y brutal al pueblo checo que luchaba por emanciparse de la tutela del comunismo soviético.

Si ese era el escenario de la gran guerra, pronto viviría el de la pequeña guerra, que marcaría a sangre y fuego la segunda mitad de mi vida: la Unidad Popular, el gobierno de Salvador Allende y el golpe de Estado del general Augusto Pinochet. No viví la dictadura. Al cabo de los meses pude salir del país e irme a Starnberg, cerca de Múnich, en los Alpes bávaros. Ubicado en la torre del viejo edificio que albergaba al Max Planck, disfruta de una vista de 360 grados sobre el lago Starnberg, donde encontrara la muerte Ludovico I, y los Alpes bávaros. Una visión de ensueño a pocos kilómetros del refugio montañés de Hitler. Jamás hubiera creído que esa maravillosa paz terminaría por devolverles a los alemanes su ansiada unidad nacional.

Alemania y Chile, guardando las debidas distancias, terminaron sus brutales tragedias en paz. ¿La terminaremos en paz los venezolanos, tan brutalmente sometidos por la oscura barbarie africana que yace en su trasfondo? Comienzo el nuevo año con esa esperanza. Como dicen los venezolanos, es lo último que se pierde. Aún la conservo.

 

Te puede interesar

Cargando...
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducción »