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Fernando Mires: Los héroes

Al leer las notas que escribiera Yoani Sánchez, una descripción entre lo que fue para muchos la revolución cubana después de 60 años-y lo que llegó a ser para los que la viven (o la sufren) – recordé un texto de 20 años atrás. Fue escrito por la socióloga argentina Claudia Hilb quien hace trascender la reflexión sobre el caso Cuba hacia la noción de “la revolución” concebida como acto histórico destinado a crear la igualdad en una o en varias naciones. Acto que obliga a los revolucionarios -independiente a la buena voluntad que pudieron haber tenido- a autoelegirse como forjadores del futuro, convirtiendo, por eso mismo, a los ciudadanos en modelable arcilla humana. Los orígenes del totalitarismo, según Arendt y Hilb, hay que buscarlos en la misma idea de la revolución, vale decir, en proyectos orientados a cambiar la realidad desde el poder de un modo total y radical a la vez.

Estando de acuerdo con esta – llamémosla así – tesis, fue imposible preguntarme, en tanto yo mismo había sido partícipe del clima que produjo en casi todo el continente la revolución cubana, si el enorme apoyo que dieron artistas, escritores, estudiantes de casi todo el mundo occidental al proyecto castrista, devenía de una utopía igualitaria o de “algo más”, de algo no percibido, de un llamado que precede a la misma noción de utopía. Tuve que rememorar.

Efectivamente, parece que había “algo más”. A ese “algo más” lo llamaré aquí: un deseo colectivo de identificación, uno que cada cierto tiempo aparece en torno a personas a quienes le son conferidas cualidades heroicas, es decir, héroes. La teoría, o racionalización del culto al héroe viene después. La utopía que encierra cada teoría, también. Lo que quiero afirmar, en consecuencia, es que casi toda una generación política emergente llegó a identificarse con los héroes de la revolución cubana estableciendo con ellos una relación política-libidinosa, o si se prefiere: una relación de amor en formato político. Fidel, Camilo, el Che, y otros, fueron sin duda nuestros héroes. Y eso quiere decir: los ideales de justicia e igualdad que representaban no eran más que la superestructura ideológica de recónditos deseos de ser a fin de trascender lo que éramos.

¿Que representaban esos héroes? Evidente, lo que no teníamos: una razón para vivir (y morir) una noción vaga y muy elemental de libertad, y – me atrevería a decir, sobre todo – un principio de desobediencia contrapuesto al de nuestras autoridades, nuestras leyes y sobre todo, nuestros padres. Fidel, Camilo, el Che eran en primera línea lo que no éramos y lo que habríamos deseado ser de acuerdo al imaginario de nuestras fantasías primarias: hijos transgresivos y desobedientes frente a la autoridad. ¿Y había autoridad mas grande en el mundo que el llamado imperialismo norteamericano? EE UU era en ese entonces -no solo en el imaginario de la izquierda mundial- el Gran Padre Universal Castrador de la historia.

Suele suceder que en ese periodo de transición que va desde la adolescencia -la que en muchos no termina nunca- hacia la supuesta madurez, necesitamos figuras sustitutivas del padre originario las que han de simbolizar la rebelión en contra de la autoridad frente a la cual deben constituirse en los representantes de una nueva autoridad. Fidel, Camilo y el Che se ajustaban perfectamente a ese rol.

Los tres, al momento del inicio de la revolución, eran jóvenes, provenían de “buenas familias” y por si fuera poco, eran apuestos (todo lo contrario a esas ordinarias criaturas que aparecieron después: reencarnadas en Evo, Ortega y Chávez). Además eran insolentes, intencionalmente mal educados, desgreñados, informales y, los que más nos gustaba, respondones. Y no por último, portaban armas.

Cuba, en fin, fue para los sesentistas, la vitrina de una rebelión edípica a la que llamábamos revolución. Es por eso que cuando la rebelión se transformó en revolución, en el sentido que asigna Hilb al término -un proceso que para ser cumplido requiere transformar a los ciudadanos en arcilla, una empresa que convierte a los sujetos en objeto, una realidad que en nombre de la libertad, la justicia y la igualdad niega los derechos humanos más elementales- comenzó la gran emigración ideológica. Por supuesto, nadie dijo que nos separábamos de otros padres castradores. A la nueva separación edípica le dimos, como suele ocurrir, un rango de ruptura ideológica. Algunos incluso llegamos a escribir libros sobre el tema.

Fidel Castro no era, no había sido, el liberador edípico creado por una imaginación colectiva. Era simplemente otro castrador amenazante como los que decía combatir. En lenguaje futurista, uno más entre tantos tiranos y tiranuelos que asolaron el Caribe. Así será recordado en los libros de historia. De eso no me cabe duda.

Hizo del paredón un templo de sacrificios humanos. Secundado por orates ideologías como las de Regis Debray y Che Guevara llamó a crear focos revolucionarios en toda América Latina. Mandó a morir a cientos de cubanos a Mozambique y Angola. En nombre del antimperialismo entregó “su” isla al imperio soviético. Torció el curso de procesos democráticos y populares como el de la UP en Chile -uno de los tantos que ha habido y habrá en América Latina- en una dirección suicida. Y por si eso fuera poco, estuvo a punto de llevar a la inmolación a toda la humanidad, en esa crisis de los mísiles de 1962 impulsada por el mismo para ocupar un lugar en la historia universal de la infamia. El pragmatismo de Nikita Kruschev y la astucia de Ted Kennedy nos salvaron del desaparecimiento como especie al que nos arrastraba el “máximo líder”. No contento con todo eso, terminó convirtiendo a Cuba en un lupanar, antro de usura sexista administrado por proxenetas color verde olivo, rodeados de poblados marginales habitados por miles de “orientales” a quienes los cubanos llaman con sorna “los palestinos”. Así al menos nos los describe Leonardo Padura en su novela La Transparencia del Tiempo. Fidel terminaría sus días escribiendo en Granma artículos sobre la vida de los extraterrestes.

Fidel, hecho a la altura de los más grandes criminales pero en una intrascendente isla del Caribe, llegó a ser el héroe de una generación desamparada a la cual pertenecen una serie de grandísimos escritores e intelectuales grandes y pequeños entre quienes no me excluyo.

Lo que quiero decir entonces es que el deseo de utopía precede a toda utopía, o dicho de otra forma: la utopía no es más que la racionalización de un deseo de ser más allá de nosotros mismos. Toda ideología es utópica y toda utopía es ideológica. Las ideologías y las utopías, luego, no son solo palabras. Aparecen primero representadas en los portadores de nuestros deseos más primarios. Son sin duda deseos de vivir (de ser). Pero para vivir hay que no morir. Los héroes, por lo mismo, son seres que aparentan representar la inmortalidad: el triunfo definitivo de la vida por sobre la muerte. Mas, al final, todos los héroes terminan siendo lo que son: “heraldos negros de la muerte”, para decirlo con las palabras del poeta César Vallejo.

La muerte es la casa de los héroes. Ese el sino de la tragedia griega universal. El que nos lleva al imperativo de aceptar de una vez por todas nuestra orfandad, fundamento de la condición humana. Solo el conocimiento de esa orfandad nos hará libres, ningún héroe nos salvará. O dicho con las palabras de Kant: “La Ilustración significa el movimiento del hombre al salir de una puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena” (Crítica de la Razón Pura).

Pero ¿quién leía a Kant en los tiempos de Fidel?

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