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Ramón Hernández: Gramática político-militar

 

En la vida pública y en todas las actividades propias de la polis abundan más los cazadores de gazapos que los buscadores de talentos; como si se tratara de un reality show que emula un programa de la visceral televisión española, los contertulios de las redes sociales están más atentos a los parpadeos equivocados que a los grandes pasos que cambian el rumbo de los acontecimientos. Les preocupa el color subido de la corbata que utiliza un jefe de Estado en la firma del documento y el estornudo que mal pudo disimular, mas no el contenido ni la gravedad de las implicaciones del texto rubricado. En el cotilleo y las discusiones bizantinas se les van rolincitos entre las piernas, también leñazos de alta intensidad.

Mis amigos de Catia, también los de Artigas, hablan poco de lingüística. Algunos son incapaces de diferenciar un adjetivo de un sustantivo, pero no tienen empacho en reconocerlo. Son indiferentes a la semántica, los significados de bien común o de patria no les quitan el sueño. Son un sentimiento, nada más. No discuten sobre legalidades ni hechos de facto. Su preocupación es existencial, no atravesarse en la trayectoria de una bala y resolver la papa diaria, lo demás es circunstancial. Sus fidelidades no son eternas ni sus lealtades definitivas. Cuando un poderoso se queda sin balas y sin pasta, se debilita, se aleja prudentemente y busca al que tiene más opciones de imponerse y ahí se arrima.

Ocurrió en la historia venezolana entre 1811 y 1821, también antes, durante y después de la Guerra Federal. Los letrados hacían los discursos, pero la historia se cincelaba en los campos de batalla, verdaderas degollinas. No es distinto en los pranatos y sus sucedáneos; al contrario, los ajustes de cuentas, deserciones y luchas por el mando se recrudecen a medida que hay menos qué repartir y el jefe se muestra indeciso, equivocado, cercado, irresoluto, amarrado de manos, débil.

Mientras Stalin fue fuerte, poderoso, las conspiraciones eran más imaginarias que reales, pero cuando su propio exceso de poder lo debilitó, sus fieles servidores se atrevieron a no ayudarlo. Corrieron el riesgo de que su desmayo no fuese la antesala de la muerte sino otra vergonzosa borrachera. En situaciones más tropicales y con todas las castañas en el fuego haciéndose carbón, los fieles subalternos suelen aparecer una madrugada o a la hora del almuerzo y desalojan al indeseable. Siendo los salvadores negocian con la insurgencia su propio perdón, su salida honorable. Los otros, con cuatro frases tomadas al azar, arman su propuesta de gobierno mientras se preguntan por qué, siendo tan fácil, no lo hicieron antes. No había las condiciones ni las bolas.

Quizás el mayor rasgo de lucidez de la izquierda desde 1848 hasta hoy fue aquella cantaleta de que no era posible hacer la revolución “porque no estaban dadas las condiciones”. Absolutamente cierto. Nunca las hay para instaurar utopías ni macarronadas contrarias a la naturaleza humana. Cuando lo hicieron construyeron los totalitarismos que devinieron en gobiernos mafiosos o, en el trópico, pranatos. Con la democracia, en cambio, las condiciones son esenciales y se paga muy caro no aprovecharlas por andar discutiendo sobre pequeñeces que corresponden al derecho, a la gramática, al juego de billar o al toreo, pero no a la política.

Si tomamos al pie de la letra algunas de las explicaciones de las individualidades que opinan y pontifican a través de las redes sociales, incluidos algunos sociólogos y muchos abogados de pacotilla, nada de lo ocurrió después del 19 de abril de 1810 era posible. Mira tú, querer independizarse después de haberse levantado para rechazar la defenestración del rey Fernando VII o seguir combatiendo a Boves cuando la Constitución española de 1812 nos daba los derechos que el asturiano nos negaba a lanzazos ensangrentados. La política no es lógica, ni gramatical ni militar, es civil, la hace la ciudadanía según su conveniencia y necesidades. Presto bastón de mando, esféricas incluidas.

 

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