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Antonio Sánchez García: La bella y la bestia

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Dicen lo mismo, pero en distintas tesituras y con otros instrumentos: Eduardo Fernández con violines, flautas y clarinetes. Claudio Fermín con tubas, trombones y cornos. Son la bella y la bestia de la inteligencia política cuarto republicana. El político versallesco y el tribuno popular. Identificados ideológicamente con el socialismo de José Luis Rodríguez Zapatero y con el eclecismo progre de Alejandro Mario Bergoglio. Se resumen en el clamor por el entendimiento, la sumisión y la obediencia al fait accomplie, al factum, a la realitas. Cuya dimensión de crueldad y barbarie ni siquiera reconocen. Eduardo Fernández suelta una boutade asombrosa, digna de un malvado y cínico personaje de Pierrault o los hermanos Grimm: “En el caso concreto de Venezuela lo que se busca con una transición es pasar de una situación de menos democracia a más democracia”

Pensando en personajes públicos de este jaez Bismarck encontró el concepto perfecto: Realpolitik, realismo político. Y los llamaba con soberano e imperial desprecio: Realpolitiker. Textualmente: políticos realistas. En traducción más fiel: politiqueros, maniobreros, muñequeros. Son la Bella y la Bestia de que se sirve la tiranía para lavar sus trapos sucios.

En perfecta sinfonía concertante, uno en andante con brio, el otro en melancólico adagio, nos dan las claves de sus melodías. Dice Fernández, con ponderada sabiduría digna de las Variaciones Goldberg del gran Juan Sebastián Bach: “El desenlace de la crisis venezolana debe ser electoral. El único árbitro posible en la situación actual, es el pueblo venezolano. Más tarde o más temprano, habrá que consultar al soberano en unas elecciones transparentes, bien organizadas y respetadas por todos los que participan en ella.” Ilusiones que matan, si fueran honestas. No lo son, pues un político viejo y avisado como Fernández sabe que ninguna de esas condiciones existen ni existirán en Venezuela, mientras no se tumbe al tirano. El orden de los factores, en este caso concreto, si altera el producto y desenmascara un lapsus lingüe que muestra en toda su crudeza la disposición a bajarse los pantalones y mostrarse culo al aire ante el tirano. No sigue la tradición del refranero que dice :”más temprano que tarde…”. Confiesa que ante una tiranía hasta los refranes deben someterse a la voluntad del sátrapa: “Más tarde o más temprano”, dicen las esperanzas de la Bella. Resuena en sus invocaciones la voluntad de pasar por las horcas caudinas, arrastrándose arrodillado y complacido, poco importa si de esta brutal y obscena tiranía se sale más tarde que temprano. Él ya obtuvo el pago de su vileza: un pasaporte. Sería canallesco recordar el precedente de Bolívar recibiéndolo a cambio de entregar a Miranda. Aún en sus momentos de graves caídas en él cabe pensar en pasos hacia el pleno desarrollo de su grandeza.

Como nadie acepta gustoso tener que calarse a la tiranía que ha hecho del hambre, del renunciamiento, del desamparo, de la enfermedad y la muerte moneda cotidiana, el viejo presidenciable, que sabe que se le acabaron sus fatigadas esperanzas de alcanzar algún día la presidencia de la República – cual caperucita verde, se le opuso el engominado lobo feroz que jamás soltó prenda – abre su botiquín de consuelos: “Ahora toca apelar a la política, al patriotismo, a la inteligencia, al diálogo serio y constructivo y a la solidaridad.” ¿Con quién? Con el tirano. Cayó de bruces ante el altar de Miraflores y termina dándose por vencido a los pies de Rodríguez Zapatero.

La Bestia es infinitamente más desconsiderada ante los victimados. Carente de toda educación cortesana, a pesar de su remilgada oratoria, sus nunca apartadas ambiciones palaciegas y el sedoso tono de su murmurante discurso – el Gran Cabrujas hablaba del ritmo y la melodía de su hablar como del zumbido de una máquina de afeitar eléctrica -, las emprende con la delicadeza de un elefante en una cristalería. La ley no interviene en sus consideraciones. La justicia, menos. Piensa con el logos de un carbonero y calcula con la racionalidad de un ambulante comprador de huesos. Llevado al universo metafórico dice algo así como “déjense de pendejadas, articulados constitucionales y sifrinerías humanitarias: aquí el presidente es Nicolás Maduro. Y los abogados se me pueden ir bien al carajo.”

“Hay que poner los pies en el suelo y el presidente es Nicolás Maduro”. Goebbels hubiera dicho, Wachen Sie auf! Der einzige Machthaber Deutschlands ist unser Führer Adolf Hitler!” Despierten, que el único detentor del Poder en Alemania es nuestro jefe y caudillo, Adolfo Hitler!”

En alguno de mis artículos anteriores – La Opera de los Trillones – me referí a esta bacanal del robo, el narcotráfico y la prostitución como a la versión chabacana y tropical de La Ópera de Tres Centavos, de Bertolt Brecht. De regreso de los bajos fondos no encuentro otra referencia a la irrupción de Eduardo Fernández y Claudio Fermín que en el imaginario literario infantil francés de La Belle et la Bête, la Bella y la Bestia. Traspasados ciertos íimites de obscenidad en la traición, sólo cabe encontrar referencias en el mundo de brujas y hadas de los cuentos infantiles. Ya entran al escenario monstruos y madrastras. El ogro observa complacido.

@sandaracs

 

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