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Rafael del Naranco: Rosas y geranios reventones

 

Entre las manos, el pequeño libro de pastas blancas con  surcos y llagas en sus hojas.  Leo los primeros párrafos con sabor a heno fresco: “Tengo hambre de no ser sino piedra marina”.

El bardo de  rostro triangular, voz de trueno, es una descarga encendida. Al hablar, se agrieta la América cobriza, y el céfiro va a esconderse cabizbajo en las  resquebrajaduras más profundas de los Andes.

En ese amanecer, los  peces y los mástiles se hundieron en el océano y la misma luz del alba no se atrevió a romper el horizonte color escarlata.

Alguien, ante el cadáver del poeta de todos los abandonados del planeta, se abrió las venas y repujó sobre la mortaja: “Hay un mensaje escrito en las paredes / y el pueblo, sólo el pueblo, puede verlo.”

El juglar recorrió  envuelto en sudario, frente a  aquellos  acantilados cara a la furia del mar bravío, toda la progresión de la lírica.

En  su primera etapa – “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” – cruzó volando el  húmedo sendero vaporoso del romanticismo, y así, en “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” nos legó el libro que casi hunde toda la poesía amorosa europea, desde los romances anónimos del siglo XV, pasando por los resquemores apasionados de Jorge Manrique, Juan de Encina, Baltasar del Alcázar, Lope de Vega, hasta varar en las “Nanas de la cebolla” o en las faldas de aquella casada infiel que todos en algún momento, envuelta en polvo y sudor, nos  hemos llevado a la sombra de  los cañaverales del  río.

Al pie de la tumba lo esperaba esa mañana Gabriela Mistral, la  “maestra pequeña y frágil”,  cuya obra,   de una sexualidad erótica arrebatadora, se  levanta  sobre uvas y soplos. De ella bebió hasta el hastío.  Era agua fresca para el jolgorio de su espíritu.

Ese día de adiós perpetuo, el viento  había huido a los promontorios, mientras  las  botas de la  soldadesca pisaban la uva  de los intrínsicos valores y hacía con ella vino de sangre.

En los bajíos, gorriones de casero vuelo se acurrucaban cuando los tizones de la fragua se habían convertido en carámbanos y Pablo Neruda dormía.

Cada ciclo de luna llena  o aún antes, se sienten furiosos  movimientos en esta América Latina  nuestra, mil veces transgredida por uniformes verde-oliva ahora tachonados de banderolas. Se esparcen gritos entre  las sombras solidificadas y hay requiebros de campanas exclamando: “¡Libertad, amada patria mía!”.

Quien tenga tímpanos que escuche.

En alguna parte,  rosas color malva y geranios reventones cavan tumbas.

 

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