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Enrique Meléndez: La sexta República

 

De acuerdo al desarrollo de los acontecimientos, uno observa como se cumple esa sentencia del dicho popular, de que todo tiene su hora a la luz del día, y eso que Chávez en sus primeras peroratas, hablaba de que su impronta iba a perdurar por los siglos de los siglos; cuando, al final, hasta jugaron con su muerte. He allí las perspectivas perdidas, que este señor abrigaba en su imaginario; partiendo del hecho de que el liderazgo, que había asumido de la Venezuela de la partidocracia, le quedaba grande.

Si algo descubre el venezolano de hoy, es que antes era feliz, y no lo sabía: el barrio entero el día sábado se emborrachaba con la famosa cervecita Polar. Uno incluso veía malabarismos en las barracas de las colinas caraqueñas, a propósito de un parrillero, que se montaba dos cajas de cervezas sobre sus hombros, mientras el conductor de la moto lo llevaba cerro arriba. Entre tanto, el venezolano de clase media bebía whisky de doce años para arriba: de aquí la expresión “con mi whisky no te metas”; cuando Chávez comenzó a meterse con todo. He allí la Venezuela que se comió el cuento, de que ella se estaba cayendo a pedazos; como lo vociferaba Chávez, y que, por lo tanto, en sus manos estaba su salvación.

Hay algo muy importante, que se descubre en esos momentos, y es que el desarrollo de nuestro país como potencia industrial, no ha sido posible; porque siempre se ha vivido de una renta, que es el petróleo, y de allí ha derivado un populismo, que ha llevado al venezolano a ser un mantenido del Estado. Los propiciadores de la teoría liberal lo han señalado: en Venezuela se estudia para llegar a ser determinado empleado de un ministerio, cuando no de la empresa privada; nunca para ser un agente emprendedor por sí solo con una unidad de producción, y esto porque nuestra estructura estatal es centralista por completo, y todo lo tiende a monopolizar.

Que es lo que se conoce como un capitalismo de Estado, y donde la clase burocrática pasa a detentar los recursos estatales como si fuesen propios o de intereses partidistas, y así que las instituciones se convierten en cotos de las cúpulas de los partidos; de donde nace la práctica del clientelismo político; cuya máxima expresión se tuvo en tiempos de Hugo Chávez, cuando el entonces presidente de Pdvsa, Rafael Ramírez, expresó que todo trabajador de la estatal petrolera tenía que ser rojo, rojito.

He allí a lo que le queda grande la Venezuela que hoy nace. Si de algo se cuidó la dirigencia de la República Civil fue de mantener gente con credenciales al frente de las instituciones; lo que explica el que hayan marchado mal que bien; como fue el caso de la propia Pdvsa que, aunque muy marcada por los gobiernos de turno, llegó a ser una de las transnacionales petroleras más importantes del mundo; con un personal que daba hasta diez veces más, que lo que rendía el trabajador del resto de las grandes petroleras internacionales, y eso que se consideraba en aquella República que un trabajador de Pdvsa era un privilegiado del Estado, y, en ese sentido, se hablaba de una “nómina mayor”, y la cual se regía por dos balances; para ocultar la corrupción de sus exclusivos integrantes; puesto que en este país nunca se ha dejado de perseguir a la meritocracia; por supuesto, por un problema de igualación hacia abajo, y que ha constituido siempre el sabotaje al proyecto de nación, encaminada al progreso, que algunos sectores de la sociedad civil han tratado de instaurar, y de allí el proyecto de Puntofijo, que duró 40 años, precisamente, y que se firmó con vistas a un año; es decir, el año que duraría la aplicación de un programa económico, que requería el consenso de todo el país, bajo un gobierno de ancha base, como sería el de Rómulo Betancourt.

En efecto, estamos en una Venezuela cuya regresión la llevó a mirarse a sí misma. Uno diría que, a partir de la instauración de un régimen militarista; que era uno de los grandes mitos, que arrastraba el inconsciente colectivo de nuestra sociedad, el alma del venezolano ha descubierto una ciudadanía, que abriga una serie de derechos, y que no los veía sino con una gran indiferencia. He allí la suerte y la dicha de Hugo Chávez: le tocó en suerte ver surgir su liderazgo, a raíz de su intento de golpe de estado, en un país insatisfecho con lo que consideraba su seudodemocracia, y, luego, la dicha de encontrarse en un medio; que veneraba el militarismo. Su camino al poder estaba empedrado, en ese sentido, y por eso escaló a lo que un Rómulo Betancourt o un Rafael Caldera no habían podido llegar, sino sobre la base de grandes esfuerzos, esto es, a la presidencia de la República de un día al otro. El presidente más improvisado, que hemos tenido en nuestra historia. Lo que se conocería como un aventurero político, y que es lo que explica la situación de esta Venezuela, que ha quedado en ruinas.

Pero así como nos hemos depurado del mito del militarismo, también nos hemos depurado del mito del bolivarianismo; esta gente agotó la figura del Libertador, hasta deformarlo desde el punto de vista de su linaje racial; de modo que ahora vemos que Bolívar no es más que un nombre, que se utiliza como ropaje, cuando más conviene; partiendo del culto a su imagen, que siempre se ha profesado; como también nos hemos depurado del mito del líder mesiánico: el ungido de los dioses; llamado a enderezar entuertos, socorrer viudas y amparar huérfanos. Porque ha sido una y otra la caída, que se ha tenido, en uno y otro caso, que se siente como que la sociedad está en capacidad de emanciparse, despojándose, precisamente, de ese otro mito, que sería el de sentirse incapaz para articular el progreso de su población, que se planteó justo la llamada Venezuela del puntofijismo, y que permitió un desarrollo del país a todos los niveles, hasta la llegada de Hugo Chávez; quien no comprendió nunca el proyecto de República liberal democrática, que se planteó desde el 5 de julio de 1811.

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