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Pedro R. García: En fin de la revolución como tragedia

 

Y el mito de la  Muerte de Sardanápalo.

Una acotación necesaria…

Eugène Delacroix plasmó en su lienzo una escena filosófica muy aristotélica, “La muerte de Sardanápalo” (1827-1828) no por describir el pensamiento del filósofo griego sino por mostrar aquello que Aristóteles atacaba en su obra: el hedonismo.  La búsqueda de los placeres, la entrega a las pasiones voluptuosas. “Este famoso cuadro de Eugène Delacroix fue expuesto en el Salón de Paris del año 1827, precisamente enfrente del que presentó su enemigo íntimo, el pintor Ingres, confrontando así las dos fuertes tendencias de la pintura del momento, el romanticismo y el  neoclasicismo. Hoy consideramos a “La Muerte de Sardanápalo” como la obra cumbre y el manifiesto del romanticismo, pero en aquella exposición fue muy criticado y supuso un enorme escándalo. Además, dado que no fue defendido ni por sus amigos, las críticas y burlas provocaron que Delacroix se retirara de cualquier comparecencia pública durante cinco años. Sin embargo esta maravillosa pintura es vista hoy con nuevos criterios que la ensalzan como uno de los puntales de la pintura universal. Históricamente debemos situarnos en plena Restauración, que fue un periodo histórico que siguió a la derrota de Napoleón en 1814 y a un pacto entre la monarquía y los revolucionarios para restaurar en el trono a los Borbones y también para restaurar las fronteras movidas tras las guerras iniciadas en 1792. Sin embargo, como se decía de los aristócratas franceses al regreso de su forzada emigración tras la revolución francesa de 1789 “No han olvidado nada y no han aprendido nada”, las clases dirigentes pretenden volver al absolutismo previo a la revolución, algo que al final no consiguen pues el sistema tradicional había desaparecido para dejar paso al despotismo ilustrado, (aquí entre nosotros a la constitución de 61). Existen entonces en Francia las dos marcadas tendencias sociales, la conservadora, representada en la pintura por el neoclasicismo, y la progresista, representada por los románticos que pretendían cambiar el régimen y superar el sistema social tradicional que pugnaba por sobrevivir, sustituyéndolo por el emanado del espíritu revolucionario, que en este cuadro se ve perfectamente reflejado. Como muchos otros románticos, Delacroix se basó en relatos literarios para componer esta escena. Fundamentalmente lo extrajo de un relato de Diodoro de Sicilia, que había actualizado en un poema yamado “Sardanapalus” Lord Bryon escrito en 1821, y traducido al francés en 1822, (Arte-Historia) en el que se puede leer: “Los revolucionarios lo asedian en su palacio. Desde su lecho, en la cima de una enorme pira, Sardanápalo ordena a los eunucos y a los funcionarios de palacio que degüellen a las mujeres, a los pajes y hasta a los caballos y perros favoritos: nada de cuanto había producido placer al rey debía sobrevivirle. Aisceh, mujer bactriana (antigua región de Afganistán), no soportando que un esclavo le dé muerte, se cuelga de una de las columnas que sostienen la techumbre por ultimo, Beleah, copero de Sardanápalo, prende fuego a la pira y se precipita en ella” Y esta es la escena que representa Delacroix: Sardanápalo es un rey legendario de Nínive que habría vivido en Asiria de 661 a. C. al 631 a. C. Podría ser una mitificación de Asurbanipal, o una corrupción de su nombre, un rey muy cultivado y pacífico. O también es posible que Sardanápalo fuera el hermano de Assurbanipal, y este último sería entonces el encargado de gobernar Babilonia. Sardanápalo posteriormente conspiró contra Assurbanipal y, para castigarle, su hermano pone sitio a la ciudad. Cuando Sardanápalo intuye la derrota inminente, decide suicidarse con todas sus mujeres y sus caballos e incendiar su palacio y la ciudad, para evitar que el enemigo se apropiase de sus bienes. Esta antigua leyenda no se mantiene hoy, pues a pesar de los escasos datos que existen sobre el asunto, al parecer, de haber existido Sardanápalo sería el ejemplo del rey dedicado a los placeres de la vida, como rezaba un perdido epitafio de una supuesta tumba suya. En primer plano, se destacan dos espacios cargados de violencia. A la izquierda detrás del caballo y del esclavo, hay mucha gente, el espacio está completamente yenó y oscurecido. Mientras que del otro lado del cuadro se ven más los personajes simplemente por su separación, pero también por su cromatismo. En el fondo vemos una especia de ruina antigua, que con su color sombra permite contrastar y poner en evidencia la cama y los cuerpos claros que constituyen la escena principal. El lugar está mal definido y la estancia parece prolongarse hacia el espectador, pero ya podemos observar unos colores, una composición y una sensualidad que hablan de una escena violenta y dramática en un entorno íntimo, características todas que serán las que definen el romanticismo. Al pie del rey está Myrrha, la esclava favorita y amante del rey, con la espalda desnuda, la cabeza recostada y los brazos abiertos sobre la cama. Frente a ella, un guardia está a punto de matar con su espada a una esclava de hombros desnudos. En la penumbra, arriba a la derecha, Aische, (mencionada por el pintor en la reseña que se escribía para explicar el cuadro en la libreta del Salón), se ahorca. A la derecha para la base del haz donde se ponen de acuerdo tonos ricos, quebrados  y refinados, un guardia mata por la espalda a una esclava voluptuosa, que solo comienza a perder su verticalidad bajo ellos un busto desnudo de mujer hace pensar en Aline una mulata amiga de Delacroix que ya había sido retratada por él, y a su derecha, un hombre con la cabeza entre las manos se somete a la fatalidad mientras que otro, con brazos extendidos, suplica al rey.  Arriba, a la altura del rey, el copero Baléah, nombrado también en la reseña, presenta en vano a Sardanápalo, aguamiel, copa y servilleta. Más abajo, una mujer se vela la cara delante de un hombre que se clava un puñal en el pecho. Por último, la cara tranquila del sátrapa, que parece admirar la escena como un elemental y hasta aburrido espectador, contrasta con la violencia de las matanzas y acentúa la virulencia del cuadro. Una escena en la que el pintor se permite tantas libertades formales que es difícil darse cuenta de que el rey descansa sobre una cama triangular antes podíamos notar la particularidad de Delacroix que se escapa del escena clásico tradicional. Tiene su propia manera de pintar y acentúa el color y la materia para destacar una escena caótica mas estética que temática, pues la intención de la representación es puramente teatral, algo muy frecuente en toda la pintura de la época, aunque casi ninguna tenía la espontaneidad de ésta, y como muestra valga observar el cuadro que Ingres presentó aquel año al Salón de París y que se expuso frente al que hoy estudiamos, se llama “La apoteosis de Homero” y es típicamente neoclásico, (“El Dibujante 2.0” (Grandes Maestros. 08 Febrero 2012)”. Para Aristóteles sólo se alcanza la felicidad en la polis, en ese espacio “entre” los ciudadanos, esa comunidad o koinônia de compañeros. Los amigos (ciudadanos libres) se encuentran en un plano de igualdad, hablan la misma lengua, los dirige un logos común. Como su maestro Platón, él concibe al lenguaje como aquello que posibilita desviar la violencia, neutralizar las agresiones. En el discurso se genera la convivencia pacífica, la armonía; es el lenguaje lo que hace posible la política y evita la guerra. Para alcanzar la felicidad hay que practicar hábitos buenos, justos, equitativos; esos hábitos están sostenidos por actos voluntarios. Los hombres desean conscientemente el bien común y por ende, persiguen la felicidad a sabiendas que ésta sólo se logra con esfuerzo, con el ánimo templado, con valor. En ese camino hacia la virtud, los seres humanos se dirigen hacia la felicidad. Nadie en su “sano juicio” puede actuar mal, ni prefiere la injusticia, el desacuerdo, la violencia. “Los daños que nosotros podemos causar en la vida de sociedad son de tres clases; los que van acompañados de ignorancia son faltas involuntarias… Cuando el daño se causa de una manera imprevista, se habla de negligencia; cuando se ha causado, no de manera imprevista, pero sí sin intención de dañar, hay falta, pues hay falta cuando el principio de nuestra ignorancia reside en nosotros, y descuido, cuando está fuera de nosotros este principio. Cuando obramos con pleno conocimiento de causa, pero sin reflexión previa, cometemos una injusticia. Hacer daño a alguien con propósito deliberado es cometer una injusticia”. Es así que la ética y la política van juntas, ya que cada acción es como una piedra arrojada al agua, las ondas expansivas son los alcances de ese movimiento. El hombre íntegro debe actuar entre el exceso y la falta, encontrando el justo medio; debe evitar los extremos, para optar entre el vicio y la virtud. El ideal de la sabiduría se identificaba con la “apatheia”, ya que las reacciones emocionales eran consideradas como perturbaciones del ánimo o procesos patológicos, los que debían ser fuertemente controlados por la razón. El sabio está inmerso en una actitud denominada “ataraxia”, por la cual logra el absoluto dominio del ser. La finalidad ética del estoicismo era semejante a la de las otras filosofías pos-aristotélicas, es decir, producir la autonomía y el bienestar individual. Para un estoico la autarquía se enseñaba a través de una rigurosa educación de la voluntad; sus virtudes eran la resolución, la fortaleza, la devoción al deber y a la indeferencia al placer. El sabio estoico es un ser impasible ante la felicidad y la tristeza, ante la riqueza y la pobreza, un ser al que nada ni nadie pueden perturbar. Para yegar a semejante estado una persona debe experimentar todos los extremos como por ejemplo el frío o el calor más intensos, para así yegar a superarlos reconciliando los opuestos y pasar por la vida totalmente desapegados no esclavizándose a nada ni a nadie, esto se logra controlando la mente por medio del cuerpo. Séneca  le dedica a su hijo Lucilio sus reflexiones morales; fue un político, pedagogo, educador, aconsejaba cultivar la filosofía para tener buena salud pues sin ella el alma está enferma y un alma enferma sólo puede producir un cuerpo enfermo. Las prácticas corporales tenían por consiguiente moderar y controlar las pasiones y los vicios ya fueran sexuales o alimenticios porque agobian el alma e impiden la sutileza mental. Séneca no prohibía desentenderse del mundo, al igual que Sócrates entendía al hombre como ocupándose de sí y cuidando de sí; pero a diferencia de la propuesta socrática, el maestro es quien enseña sin hacer preguntas y el discípulo escucha sin preguntar, ya no se trata de que el discípulo descubra  la verdad si no es recobrarla pues esta fue olvidada. Es de este modo que los conceptos de “razón” y “pasión” se divorcian, se presentan como opuestos, en virtud del dominio de sí, la razón debe controlar, conducir, apaciguar las pasiones vistas como fuente de infelicidad y malestar. por este motivo que las propuestas éticas y el pensamiento político de la modernidad se encuentra atrapado en el debate acerca de las pasiones y los sentimientos, para la tradición racionalista (salvo en el caso de Baruch Spinoza para quien las pasiones no debían descartarse), la razón debe controlar las pasiones y los sentimientos, a través de la educación de la voluntad y por medio de un sistema de gobierno que controle al grupo; se ponen en juego diversas concepciones acerca de la naturaleza humana. Para Immanuel Kant, de ningún modo puede fundarse un pensamiento moral desde la felicidad, concepto ambiguo que no lleva a una definición universal, ya que para cada individuo la felicidad se encuentra en cuestiones dispersas. Kant propone una ética del deber, el acto moral se fundamenta en la voluntad, buena en sí misma. No puede el hombre actuar moralmente desde los sentimientos, ya que éstos son involuntarios. Ya no se trata de ser feliz sino de actuar conforme a la razón, por deber, en la convicción de sacrificar nuestros deseos para lograr la civilización. Mientras que para Aristóteles la polis es el lugar de los amigos, los ciudadanos libres e iguales, conformada por hombres virtuosos y felices; para Kant no es la figura del amigo lo que importa sino cómo debemos actuar con el enemigo, ya que al controlar nuestras pasiones, deseos y sentimientos, entendemos que al enemigo no debemos darle un tratamiento inhumano, porque  como afirma el imperativo categórico el otro es un fin en sí mismo, un sujeto, y debe ser tratado en consecuencia con este principio universal (a priori) y universable a posteriori). Para Aristóteles la felicidad como bien supremo es un fin en sí mismo; para Kant el deber se sostiene en la voluntad que es un fin en sí mismo. Por no ser un medio, tanto una como la otra aseguran la virtud o el deber ser. Sacrificando nuestras inclinaciones hacemos posible la cultura fundada en la ley (prohibición) y la civilización anclada en el orden social (represión). El cuidado de sí se sostiene en el dominio de sí; en otras tradiciones filosóficas, se analizarán y se condenarán estas propuestas éticas desde la crítica radicalizada al concepto de razón, racionalidad, especulación del pensamiento filosófico expuesto en estas notas ¿Es posible matar a Sardanápalo?, he aquí la cuestión. Por qué los hombres que viven en completa libertad en el estado de naturaleza deciden resignarla para que otro los gobierne? El “miedo” es el motor del contrato en el que los ciudadanos delegan el poder a quien los organiza, los vigila, los castiga. Desde la ciencia política, desde la filosofía moral, los filósofos ahora se debaten entre las teorías sensualistas que definen a la felicidad como el estado en el que se evitan el sufrimiento y el dolor; y entre las éticas que proponen una férrea voluntad que los aleja de lo arbitrario del placer para actuar por deber. Comienza una lucha entre el placer y el deber, entre el deseo y la obligación moral. Mientras que, para la teoría política el pasaje del estado de naturaleza al estado social está marcado por la propiedad privada, desde el psicoanálisis o la antropología estructural, el paso de la naturaleza a la cultura está mediado por la ley. La ley es más importante por lo que prohíbe que por lo que permite; ya sea ésta entendida como “complejo de Edipo” o como “prohibición del incesto”. Aceptar lo prohibido es ingresar al mundo de la cultura, del orden social, de lo instituido. En la sociedad poderosa esta organizada en torno al concepto de capital, de propiedad, de producción, la felicidad debe estar subordinada a la disciplina del trabajo. Para decirlo en los términos que plantea Marcuse: “ La felicidad debe ser subordinada a la norma del trabajo como una ocupación de tiempo completo, a la disciplina de la reproducción monogámica, al sistema establecido de la ley y el orden. El metódico sacrificio de la libido es una desviación provocada rígidamente para servir a actividades y expresiones socialmente útiles, es cultura”. Es en la represión de los instintos, de los impulsos, de los deseos, que la clase dominante desarrolla su propuesta moral para las clases trabajadoras, los obreros, los pobres sin capital ni propiedad que “venden su fuerza de trabajo”; concepto hoy reemplazado por el de “recursos humanos”. El sujeto ya no encuentra redención en los templos y en las iglesias, se redime en los centros comerciales, en el consumo. Dime qué consumes y te diré quién eres. Dime qué puedes comprar y te diré qué tipo de felicidad  con la dietética, síntomas tales como la anorexia y la bulimia, muestran en parte esta dificultad del proceso identitario en una sociedad de modo de producción activo. Una época marcada por una profunda vanidad, en el que el individuo se ahoga en su propio espejo. El hombre no encuentra en el mundo el resultado de su obra, de su acción; se encuentra adjudicado y en esa ajenidad se busca en un espejo imaginario de sí mismo. Como lo explica Freud en El malestar en la cultura, el soberbia sobrevive como un síntoma neurótico pero también como un elemento constitutivo en la construcción de lo real. La vanidad es considerada  tanto como un escape egoísta de la realidad como una relación existencial con el mundo. La felicidad anclada en el amor a sí mismo, en el culto de la propia imagen, en la sublimación del autoerotismo transformado en moda cultural, en pose histérica, que anula toda posibilidad de donar un legado a las generaciones que vienen. Esta crisis identitaria, tiene profundas consecuencias en la cultura, no sólo en los términos del intercambio sino en los términos de legar una tradición, un mundo simbólico a otro semejante pero no idéntico. Sardanápalo bien podría tomarse como símbolo del placer entendido como fin en sí mismo, su muerte representaría entonces el triunfo de la conciencia moral del hombre que encuentra la felicidad en la virtud y no en placer de los sentidos. Pero Sardanápalo también representa el abuso de poder, el goce orgiástico a expensas del sufrimiento del pueblo, su muerte sería la metáfora de la decadencia de una moral de la clase dominante, como la sobrevenida por avatares del fracaso de modelos políticos, (revoluciones del pueblo), que imponen un falso espejo en la producción de consumo por el consumo mismo; de una felicidad tan efímera como el mensaje de texto de un celular que comprime hasta dejar morir al lenguaje el corazón de mundo simbólico. Y en la comedia bufa nuestra quien pretende seguir ejerciendo el protagonismo épico de la malograda obra ni es la imitación mítica de el Sardanápalo, ni el que lapidariamente espeto: “No estoy enfadado les viene a decir Sócrates porque me hayáis condenado. ¿Quién sabe si la muerte es algo bueno? ¿Quién sabe si, como suelen decir, iré a parar al Hades, donde me encontraré con Ulises, con Agamenón, con Aquiles, con muchos hombres célebres que murieron hace tanto tiempo? (el nuestro con Bolívar, Zamora, Fidel y Chávez), será maravilloso aprovechar entonces para dialogar con ellos. En todo caso, los de ahí no podrán matarme por eso, pues ya estaré muerto. O quizás la muerte sea sólo la nada, como esas noches en que uno duerme sin soñar un solo sueño. Eso tampoco me parece muy malo. En cambio hay una cosa que seguro que sí que es mala: cometer injusticia y desobedecer al que es mejor, tanto dios como hombre, y hacer cosas impropias de un hombre libre. Es absurdo aferrarse a la vida si se pierde aquello por lo que merece la pena estar vivo. Ahora, yo tan sólo voy a perder la vida; vosotros, vais a perder aquello que hace a la vida digna de ser vivida. Así pues, ¡venga, atenienses!, aquí nos despedimos. Yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a un destino mejor es algo desconocido para todos, excepto para el dios” o la intención del Sardanápalo replicante criollo de dejarnos un escenario caótico y humillado como la sinfonía degradada en los acordes de su cansino y discorde estribillo, “No volverán”.

“La inmortalidad solo abre media hoja de su puerta estrecha deslumbrante”.

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